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«Trenes de la muerte», sangrientos símbolos de una precipitada división

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Rana JAWAD | LAHORE

Iqbal Farooqi tenía 15 años cuando nació Pakistán, el 14 de agosto de 1947, pero de su memoria nunca se borrará el recuerdo de las abominables masacres entre hindúes, sijs y musulmanes que provocó la descolonización precipitada del British Raj. Se había comprometido como joven voluntario para cuidar a los refugiados musulmanes que llegaban a Lahore, histórico enclave musulmán en pleno corazón del Punjab, como consecuencia de lo que estaba sucediendo en la India independiente. Pero los trenes que llegaban a la estación «sólo transportaban cadáveres atrozmente mutilados, tanto mujeres y niños como hombres», relata completamente abrumado. «Las ruedas de los trenes proyectaban de la sangre cuando se detenían en la estación; luego, cuando entraba en los vagones, empapados de sangre hasta las clavijas, allí ya no había nadie vivo; ellos solamente habían pagado al conductor para que pudiera llevar el tren hasta Pakistán, para que se tomara como ejemplo», dice este antiguo funcionario. «En esta matanza, vi la muerte de la humanidad, aún podría llorar durante horas y horas», exclama.

La división de la ex colonia británica en dos naciones independientes, India y Pakistán, implicó la más grande y sangrienta migración forzada que el mundo moderno haya conocido. Entre abril y noviembre 1947, de 10 a 15 millones de personas cruzaron la frontera en los dos sentidos: musulmanes hacia el noroeste, en dirección al nuevo Pakistán, y hacia el este, hacia el Bangladesh actual; y los hindúes dirigiéndose al sur, hacia India.

Entre 500.000 y un millón de refugiados fallecieron en tan sólo unos meses, destrozados sobre las carreteras o en «los trenes de la muerte», a manos de grupos de musulmanes, por una parte, o de hindúes y sijs, por la otra.

Iqbal Farooqi se acuerda también de las matanzas sistemáticas de hindúes y sijs que contemplaba en Lahore. «Bastaba con mencionar las masacres de musulmanes del otro lado de la frontera o ver llegar los trenes para desencadenar verdaderas carnicerías. La Administración -prosigue- había abdicado completamente y había dejado las calles a las bandas armadas».

El Punjab, que concentró la parte fundamental de esas masacres, había vivido la paz entre las distintas comunidades durante siglos, cada una con su propia lengua y cualquiera que fuera la religión practicada. Los británicos lo dividieron en dos. Muchos historiadores reconocen ahora que ése fue el elemento desencadenante del desastre.

A sus 90 años, Chaudhry Proveer también recuerda aquella época, cuando era guarda de seguridad en una pequeña compañía del pueblo de Khewra, en el Punjab occidental.

El 24 de setiembre de 1947 su vida se transformó en un infierno. «Los británicos me pidieron que garantizara la seguridad en un tren que transportaba a cientos de hindúes hacia el Pendjab oriental», explica a AFP. «Éramos cuatro y se nos había dado una pistola a cada uno. Llegado a Kamonke, cerca de la frontera india, el tren se detuvo -recuerda-. Entonces, la Policía nos encerró en una parte de un vagón diciéndonos que no nos moviéramos. Luego, a través de las ventanas, vi cómo comprobaban que los pasajeros no transportaban armas. Al poco de marcharse, vi llegar a hombres armados de puñales, espadas y armas de fuego, y se pusieron a matar todos los hindúes. Aún me zumban los oídos cuando recuerdo los gritos de las mujeres y niños», declarar con la voz rota por la emoción.

En los ficheros de un diario local se lee que ese día, sólo en aquel tren, se mataron a 349 hindúes y hubo numerosos heridos.

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