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Julio Medem hace una oda a la feminidad en clave mítica

«Caótica Ana»

Julio Medem vuelve a exorcizar sus fantasmas interiores, esta vez a través de un homenaje a su hermana Ana, mujer vitalista que dejó su huella de luminosidad en forma de obras de estilo naif. La debutante Manuela Vellés vuelca toda su energía juvenil en «Caótica Ana», para protagonizar un viaje de resonancias míticas que le hará cruzar el océano desafiando un destino trágico, como mujer intemporal enfrentada a la realidad de una sociedad machista.

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Mikel INSAUSTI | DONOSTIA

La esperada vuelta de Julio Medem al cine de ficción se llama «Caótica Ana», película que se perfila como la creación más ambiciosa del cineasta donostiarra a lo largo de su carrera. El propio autor dice sentirse más maduro, más preparado para afrontar el mayor reto al que se ha enfrentado. Un complejo proyecto que ha necesitado de tres años de meticulosa preparación y desarrollo, por tratarse de la plasmación de un viaje sin fronteras que tiene mucho de interior y de personal. Ha dicho que su séptimo largometraje es un homenaje a la feminidad, representada en su hermana Ana, a la que perdió hace siete años. Quiere ser un retrato vitalista, una búsqueda de la luz en medio de sombras y un destino trágico. El recuerdo de su pintura de colores vivos ilumina un recorrido que bordea los abismos mentales del subconsciente, según una manifestación poética en la que la expresión plástica y la cinematográfica se funden.

Una vez más Julio Medem profundiza en la psicología femenina, en cuanto depositaria de una terrible carga que acumula siglos de historia de la humanidad. Así el mito de la violencia simbolizado por el hombre cazador es contestado por el de la creación, siendo la mujer quien desde su capacidad para engendrar posee la llave del universo y su continuidad. Una tarea ciertamente titánica y extenuante, producto de no pocos traumas modernos que vienen de antiguo. La mujer avanza en el tiempo, pero sin perder esa conexión telúrica con la madre tierra que la hace tan fértil. En Ana confluyen todas esas fuerzas en conflicto, por lo que resulta ser una mujer joven y activa con una herencia milenaria por dentro. Es una especie de volcán en erupción, cuya lava candente envuelve y arrastra con ella a cuantos la rodean. En realidad, no es consciente de ese poso que permanece oculto en lo más profundo de su ser, aunque intuye la naturaleza remota de su caos interior. Esa es la razón por la que se proyecta hacia fuera, por la que huye hacia delante.

Julio Medem sitúa a su querida Ana de los ojos verdes en Ibiza, paraíso de la libertad y del idealismo cuyo espíritu ha quedado conservado a resguardo de las nuevas corrientes contaminantes en una cueva. De ahí que describa a la protagonista como un chica con rostro de ave y huesos de cavernícola, una criatura bella y pura que ha crecido bajo la protección de su padre, un viejo hippy alemán de gran estatura física y moral, que es quien también ha ejercido de madre ante la ausencia de la biológica. Fiel a su filosofía, este buen hombre deja que su niña levante el vuelo, si bien la guiará desde la distancia gracias a la íntima comunicación que existe entre ambos, así como a una sincera relación epistolar. Ana es descubierta y apadrinada por una mecenas de artistas, siendo la encargada de ejercer una vigilancia sobre ella, además de actuar como su intermediaria con la sociedad machista en la cual se va a tener que abrir paso, por lo que el término del «padrinazgo» resulta efectivamente oportuno.

La salida al exterior de Ana le va a aportar un conocimiento del mundo real, matizado por las distintas personalidades de sus compañeros en la residencia de artistas a la que se traslada en Madrid. Su amiga más inmediata es una videocreadora que tiene una visión de las relaciones entre hombres y mujeres muy directa, a la vez que sujeta a un lenguaje de la calle. Tan mundanal colega entiende que los hombres son unos violadores en potencia y las mujeres, por seguirles el juego, unas putas interesadas. Pero Ana se siente segura mediante el hilo invisible que la une con su padre, así que no tiene prisa en encontrar entre la multitud a quien sea digno de su entrega. Por la juventud que atesora y ganas de experimentar tendrá diferentes encuentros con otros chicos, cada uno de ellos abierto a las diferentes facetas de su personalidad. Será un joven saharaui el que le haga pasar de su perspectiva individualista de partida a otra de trascendencia colectiva, al transmitirle el problema de su pueblo, obligado a vivir en campamentos bajo la presión territorial del gobierno marroquí.

Odisea mítica

El muchacho del desierto tiene una causa por la que luchar y a ella dedica todo su aprendizaje, para poder ser útil mediante la preparación adecuada. En otro nivel mucho más puramente subjetivo se coloca su amigo norteamericano, al que por su procedencia llaman «anglo». Ana se somete a sus sesiones de hipnosis, así que la relación que les une pertenece por entero a un estado no consciente. El proceso hipnótico revelará la estrecha ligazón de Ana con otras existencias de mujeres que la precedieron, confirmando que nadie nace de la nada absoluta, sino que su entidad queda constituida por otras que han sido antes y sin las cuáles carecería de un verdadero perfil psicológico. En su caso concreto se tratarían de mujeres que, por distintas circunstancias, murieron a los 22 años de edad, en lo mejor y más fructífero. Algo que explicaría en consecuencia el carácter explosivo de la pintura de Ana, dispuesta a darlo todo de forma generosa sin pensar en un posible reconocimiento futuro. He ahí el trasfondo trágico de su paradoja vital, ya que esta hippy de nueva generación abandonó su isla y su cueva a los 18 años, con lo que sólo le restan cuatro más para viajar y para dejar una obra ilusionada, hecha sin mirar hacia atrás. La renovación plena surgirá con el salto a Nueva York, la capital del arte, donde nadie es juzgado por su pasado.

El ciclo creativo habrá de seguir su curso, por lo que Ana también alimentará la imaginación de nuevas mujeres que le sucederán en el tiempo. Su odisea mítica se cerrará en el desierto de Arizona, en comunión con culturas ancestrales nativas, las de aquellos indios navajos cuyos vestigios precolombinos afloran en excavaciones arqueológicas, hermanadas con su primigenia cueva ibicenca.

La gran dificultad de «Caótica Ana» era dar con la protagonista, dado que ningún casting convencional sirve para materializar una imagen grabada de manera imborrable en la memoria del cineasta. Sin embargo, Julio Medem se reencontró con su Ana ideal, que resultó ser una chica totalmente virgen en el mundo interpretativo. Manuela Vellés era en ese momento una chica de 19 años que justo empezaba a querer ser actriz, ya que venía de apuntarse a un curso de interpretación. Todo estaba por hacer.

Alicia produce se estrena en la ficción

La productora Alicia Produce había participado de forma asociada en «Los amantes del círculo polar» y en «Lucía y el sexo», pero «Caótica Ana» es la primera película de ficción que acomete en solitario. En medio había producido tres documentales, a raíz de la repercusión inicial alcanzada por «La pelota vasca. La piel contra la piedra» y su consiguiente debate político. Le siguieron «Uno por ciento, esquizofrenia» y «¿Qué tienes debajo del sombrero», ambos proyectos sobre las disfunciones mentales íntimamente ligados al origen mismo de la productora, cuyo nombre es el de la segunda hija del cineasta donostiarra. Después de unos trabajos tan divulgativos y de interés general, Medem y Alicia Produce se centran en su rodaje más costoso, aunque no ha superado los cinco millones de presupuesto. Ha resultado complicado, tanto por su duración de tres meses como por las muchas y distantes localizaciones visitadas. A la dificultad logística de filmar en Nueva York o en Arizona se unió la necesidad de recrear los campamentos saharauis en Fuerteventura. M.I.

 

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