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Martin Garitano Periodista

Otra proeza real

La última «machada» de Juan Carlos I de España ante el bolivariano -electo- Hugo Chávez ha inflamado la vena patriótica del más caduco nacionalismo español. Los «progres» no se han quedado atrás y su líder, Zapatero, les ha marcado el camino: «Si alguien ataca a un compatriota, aunque sea un rival, hay que defenderlo». Diga lo que diga, haga lo que haga y sea quien sea.

Como a Felipe II ya le dijera nuestro paisano Lope de Agirre en aquel lejano siglo XVI, Chávez -que tampoco tiene que ser santo de devoción obligatoria- le ha recordado a Juan Carlos Borbón que ya se acabó el imperio y que no corresponde ahora a España nombrar gobernantes en países soberanos que tiempo atrás se libraron del yugo de Castilla.

Más aún. Le dijo dos verdades como dos templos. Primera: que Aznar es un personaje que parece sacado de un catálogo de fascistas. Y segunda: que el Gobierno español estuvo en la conspiración golpista contra el gobierno legítimamente constituido en Venezuela. Y es que a la derecha española lo de conspirar y golpear a gobiernos legítimamente constituidos siempre le ha ido de maravilla.

Hugo Chávez se lo dijo a la cara y el rey de los españoles, como si se dirigiera a un gobernador de colonias, a un súbdito indígena o a un palafrenero de palacio, intentó hacerle callar con tono y vozarrón tabernarios. En vano. Y cuando el también electo Daniel Ortega -que, como el anterior, tampoco tiene por qué estar en todos los altares- denunció el carroñeo de importantes empresas españolas en tierras de América, al rey de los españoles la situación se le hizo insufrible y se largó con viento fresco.

El único antecedente de tan chusco espectáculo diplomático que me viene a la memoria es el del embajador español Juan Pablo Lojendio, que quiso abofetear a Fidel Castro en la televisión cubana por criticar a Franco. Como Chávez ahora, Castro acusó entonces a la Embajada española en La Habana de conspirar para dar un golpe contra su Gobierno.

Pero, claro, ahora caigo en la cuenta: a Lojendio, como a Juan Carlos I, los nombró el mismo Franco. Los designados a dedo pierden los estribos con facilidad.

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