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Los expertos reunidos en el panel contra el cambio climático no tienen quien les escuche

Hay ciclones y ciclones. Lo sucedido el jueves en Bangla Desh es buena muestra de ello. La tempestad que ha devastado el sur de este país desheredado, causando miles de muertos, apenas ha merecido espacio en los medios de comunicación. En la región, todos recuerdan el huracán que devastó el país en 1970 (medio millón de muertos), o el maremoto originado por otro ciclón en 1991 (183.000 víctimas mortales). En esta esquina olvidada del planeta los ciclones ni tan siquiera tienen categoría, nada que ver con lo que ocurre en cuanto una tormenta tropical amenaza los aledaños del Caribe (es decir, cuando amenaza especialmente a la costa estadounidense) y seguimos casi al minuto su evolución de tormenta a huracán de la categoría que sea. Como mucho, hemos podido saber que los vientos han alcanzado rachas sostenidas de 240 kilómetros por hora, pero seguro que nadie ha podido ver en ningún medio de comunicación las habituales infografías de evolución y dirección de la impresionante masa blanquecina (que ha recibido el nombre de Sidr) de 500 kilómetros de diámetro que se ha abatido sobre la región meridional de Bangla Desh, devastando todo a su paso y provocando un éxodo de casi cuatro millones de personas. Los escasos testimonios que llegan de los testigos de la tragedia hablan de «escenas terroríficas», del «infierno». En Europa, una vez conscientes de la dimensión de la catástrofe, los medios recordaremos que el 40% de los 144 millones de habitantes de Bangla Desh sobreviven con menos de un dólar al día. Y así cubriremos el expediente. O pasaremos página.

De momento, el mundo ni tan siquiera llega a cubrir el expediente en la lucha contra el cambio climático. Ayer, al recibir el cuarto informe de síntesis del Panel Intergubernamental de Cambio Climático que saltará a la mesa de la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático que se celebrará en Bali dentro de tres semanas, el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, insistió en que «el cambio climático afectará muy especialmente a los países en desarrollo» (Bangla Desh sería un buen ejemplo de ello, aunque ni tan siquiera llegue a la «categoría» oficial de país en desarrollo) y añadió lo siguiente: «No podemos dejar que eso suceda». Pero es obvio que las grandes potencias están dejando que eso suceda.

Las devastadoras conclusiones del informe aprobado ayer por el Panel Intergubernamental de Cambio Climático son conocidas; la cuestión sigue estribando en saber si las grandes potencias económicas y políticas están dispuestas a hacer algo al respecto, y está claro que no basta con pasar la pelota a los ciudadanos instándoles a que sean todo lo ecológicos y solidarios que ellos ni son ni quieren ser. Esas palabras (y los millones de dólares y de euros que gastan los gobiernos en sus campañas de marketing) seguirán siendo pura propaganda e hipocresía mientras no pongan en cuestión (de modo sincero, honrado y sobre todo eficaz) el actual modelo de desarrollo y producción.

Mientras tanto, seguiremos informando sobre el deshielo y la deforestación, los cambios de hábitos de algunas especies y la extinción de muchas de ellas, y Ban Ki-moon o su sucesor nos hablarán de las «escenas catastróficas» que han visto al sobrevolar la Amazonía, la Antártida o Groenlandia.

Se nos asegura ahora que la Conferencia de Naciones Unidas que se celebrará en la turística isla de Bali será trascendental, entre otras cosas porque en ella se comenzará a preparar un tratado que supla al de Kioto, tan maltratado y ninguneado. Lo dice la Organización de Naciones Unidas, tan maltratada, ninguneada e ineficaz como el mismo protocolo de Kioto. Tras tres días de informes y advertencias constantes de los científicos y expertos en la reunión de Valencia del Panel Intergubernamental de Cambio Climático, «The New York Times» titulaba la crónica firmada por Andrew C. Revkin de un modo ciertamente gráfico: «Cuarta alerta climática. ¿Hay alguien escuchando?».

Kosovo se hace oir

Quienes sí se hicieron oir fueron ayer los kosovares, que acudieron a votar en las elecciones legislativas y municiaples. «No aceptaremos ninguna propuesta que plantee obstáculos o que excluya la independencia de Kosovo», había advertido esta semana el presidente de Kosovo, Fatmir Sejdu. Por su parte, la Unión Europea sigue maniobrando para dilatar el proceso negociador y para condicionarlo, a sabiendas de que una declaración unilateral de independencia dividiría claramente a los 27 estados miembros. Es probable que algunos socios reconociesen tal declaración, pero otros, como Chipre, Grecia o Rumanía por una parte, y el Estado español por otra, ya han manifestado claramente que no lo harán, lo que, en el caso del Ejecutivo español, no constituye ninguna sorpresa. En conjunto, la Unión Europea sigue intentando marear la perdiz en este conflicto, aunque es plenamente consciente de que tratar de retrasar lo inevitable -algo que incluso los propios serbios reconocen- sólo puede acarrear consecuencias no deseadas, se supone, por nadie.

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