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Raimundo Fitero

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La 2 emite muy temprano música clásica los fines de semana, y ayer domingo pusieron a una banda militar interpretando canciones populares patrióticas, entre ellas la famosa cancioncilla perteneciente a «Las Corsarias», que es un canto a la banderita rojigualda, un detalle del programador que tuvo la oportunidad de mostrarnos por la vía musical que existen unos públicos en el propio teatro que jaleaban, cantaban y seguían el ritmo con las manos de esta marcha. El nacionalismo español en traje de gala. La bandera. El estribillo, la enseña presidiendo el mismo concierto, los uniformes militares, las cornetas, los cornetines. ¿Dónde está el mando?

Esta no es la mejor manera de acabar con una resaca. Pero así es la programación matinal de los domingos en la mayoría de los canales. Infumable. Dibujos animados de todas las morfologías, series tan antiguas que parecen formar parte de un museo, y casi nada más. Esto a primera hora, después empiezan los espacios religiosos, un ecumenismo que visto en pantalla plana, plasma o tubo catódico, hace imposible entender que el desarrollo de la sociedad se fundamente en unas creencias en donde no existe ni empirismo ni historia, solamente fe o si me apuran superchería. Y desde esos principios tan alejados de la esencia del ser humano, se han hecho, se hacen y se seguirán haciendo las guerras.

Aunque a todas horas, pero especialmente en estos horarios matutinos en los que el programador comprende perfectamente la función de guardería del electrodoméstico esencial, es cuando proliferan los anuncios de muñecas, juguetes y juegos, en una cantidad que a mi manera de entender la economía de escala, se trata de un abuso, de una incitación al despilfarro, y por la colocación estratégica de los anuncios, sus formas y sus mensajes, una manera de crear conflictos familiares, traumas, y un camino irremediable para que esos niños y niñas sean en el futuro o funcionarios o delincuentes. O ambas cosas a la vez. ¿Quién regula los anuncios para los infantes en horarios protegidos? ¿Quién paga después a los sicólogos? ¿Quién genera violencia familiar, escolar y callejera? La música a veces no calma, sino que enciende los instintos.

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