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Jaime Mendia Miembro de EHGAM

Las víctimas del 11-M en el Euskalduna

Creemos que las víctimas del 11-M merecen nuestro cariño y nuestro respeto, nuestro reconocimiento y nuestro silencio ante el dolor dejado por su ausencia Vamos, matamos, volvemos, lloramos a nuestros muertos. Pero no pensamos en la enorme responsabilidad que tenemos en la muerte de todos esos miles de inocentes

EHGAM (Euskal Herriko Gay Askapen Mugimendua), el grupo en el que milito desde hace ya bastantes años, como miembro del Foro Vasco por los Derechos Humanos que es, va a estar presente este próximo viernes, día 4 de abril, en el Euskalduna con motivo del acto en recuerdo de las víctimas del 11-M.

EHGAM estará allí porque sus militantes creemos que las víctimas del 11-M merecen nuestro cariño y nuestro respeto, nuestro reconocimiento y nuestro silencio ante el dolor dejado por su ausencia. Sin ninguna duda, sin ninguna reserva.

Sin embargo, no nos sentimos cómodos con este acto. Al menos yo y más gente como yo, no nos sentimos cómodos. No con lo que dice, sino con todo lo que oculta. Oculta a la inmensa mayoría de las víctimas de esta guerra, y oculta a los culpables de todo este sufrimiento.

Porque, por más que intenten convencernos de que hace cuatro años unos «pirados asesinos» mataron a doscientos inocentes «que pasaban por allí», como si fuera uno de esos episodios que suelen ocurrir en los Estados Unidos cuando algún loco con arma de fuego se carga a todo el que se cruza a su paso; sabemos muy bien que no es eso lo sucedido en Madrid aquel 11 de marzo.

Nos encontramos ante unos tipos (me niego a llamarles hombres), Aznar y sus amigotes, avariciosos de poder y petróleo, fríos en su mente asesina, monstruosos en todo el sentido de la palabra, que inician una guerra ilegal (inmorales lo son todas las guerras) en la que mueren miles de civiles inocentes iraquíes, en manos del ejército invasor occidental. Ante esto, tenemos que tener claro que, en toda guerra, tan responsable de las muertes causadas es el soldado que dispara la bala como el obrero que la fabrica, el cocinero que le prepara la cena o el médico que le cura las heridas. (¡Y qué decir de los cuervos que le perdonan sus pecados del día y le dejan espiritualmente preparado para la matanza de la jornada siguiente! Esos no tienen perdón humano. Divino, seguro que sí: no hay invención humana con más tragaderas que cualquiera de sus dioses... para lo que les beneficia).

En esta guerra tenemos, enfrentados, un ejército agresor, el occidental, tecnológicamente muy avanzado, con otro, el iraquí, mucho más limitado de medios; y también tenemos unos sufridores claros, la población civil iraquí, que muere a miles en los bombardeos de sus ciudades. Pues bien, en un momento determinado de esta guerra una parte del ejército defensor consigue traspasar las líneas enemigas y atacar con suficiente virulencia su retaguardia como para causarle un daño tal que priva a parte de ese ejército (el compuesto por las tropas del Estado español) del apoyo necesario como para mantener la campaña, y le obliga a retirarse. Esto, aquí, en Madrid o en Miami, es una derrota en toda regla. España entró en guerra y la perdió. Y el gobierno responsable de tal fracaso, como ya ha ocurrido miles de veces antes en la sangrienta historia de la Humanidad, perdió el poder por ello. Puestos a perder, antiguamente los reyes al menos tenían la decencia de perder la cabeza cuando les pasaba algo así; lástima de siglo XXI.

Como consecuencia, nos quedan los muertos del 11-M, inocentes víctimas de los perros ejecutores de la guerra y de sus amos, los señores de esa guerra (¡Ah, esa imagen de las Azores!). Tan inocentes víctimas como sus compañeros de (mala) suerte bagdadíes, pero ¡cuidado!, no igualmente irresponsables. Las víctimas del 11-M son inocentes como la inmensa mayoría de los ciudadanos de este estado, pero, al igual que la inmensa mayoría de los ciudadanos del estado español, son responsables en parte de lo ocurrido, en la medida en que todos, tanto votantes del PP como de cualquier otra opción política, somos responsables de lo que elegimos, primero, y mantenemos, después, en el poder. Desde el que se pliega absolutamente a ese poder hasta el que daría su vida por destruirlo, somos igualmente responsables de todo lo que hace mientras está ahí. Porque todos nosotros aceptamos las reglas del juego que lo mantiene, y jugamos con sus cartas marcadas.

Vamos, matamos, volvemos, lloramos a nuestros muertos. Pero no pensamos en la enorme responsabilidad que tenemos en la muerte de todos esos miles de inocentes. Esto es lo que se nos está ocultando. O lo que nos estamos ocultando a nosotros mismos. Por eso hay que tener mucho cuidado con actos como el de esta semana en el Euskalduna.

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