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J. Ibarzabal Licenciado en Derecho y en Ciencias Económicas

«¡Gora Tibet! ¡Gora Txina!»

Uno se pregunta muchas veces cómo la izquierda abertzale ha podido capear el temporal y estar cada vez más fuerte. Pienso que alguna vez se escribirá como es debido sobre esta epopeya, protagonizada en gran parte por los presos, presas y familiares.

Pero de momento, y a corto plazo, creo que tengo respuesta para la pregunta. El párrafo segundo de la moción ética presentada por el PNV y por el PSOE en el Ayuntamiento de Arrasate dice textualmente: «La defensa de todos los derechos humanos, de todas las personas, y el rechazo a cualquier vulneración de los mismos».

Y esta moción la firman los galosos (que todavía no han condenado el GAL), los que dan cobertura a las torturas, los que han participado en el diseño de la dispersión de los presos... en fin, para qué seguir.

Pero lo que me interesa destacar ahora no son las tropelías cometidas de forma directa o indirecta por el PSOE y por el PNV contra Euskal Herria, sino las consecuencias políticas del mencionado párrafo. Por muchos medios de comunicación que tengan (prácticamente todos), por mucho lavado de cerebro, gran parte de la opinión pública vasca se quedará perpleja cuando lea la citada moción. Y dirán: ¡qué caraduras! Y a medida que pase el tiempo ellos serán menos y nosotros seremos más. ¡Así de simple!

Ya que estamos hablando de caraduras, hay otro episodio actual que vale la pena destacar. Me refiero a la olimpiada china. La actitud de Bush, Sarkozy, Gordon Brown, Zapatero y el Parlamente Europeo exigiendo a China el respeto de los derechos humanos y el diálogo con el Dalai Lama es hipócrita y repugnante. Todos ellos están infringiendo los derechos humanos tanto a nivel individual como colectivo: Bush con Irak; Sarkozy, continuador de la arquitectura neocolonial francesa en Africa; Bown compinche de Bush; Zapatero y Sarkozy (otra vez Sarkozy) con Euskal Herria; el Parlamento Europeo, consintiendo el genocidio palestino.

¿Por qué esta actitud? Sencillamente porque China los tiene acongojados y ven en serio peligro la hegemonía de Occidente (en especial la de EUA). Resulta curioso que en la obra filofascista «Choque de civilizaciones», de Samuel P. Huntington (1993), sea sobre todo el Islam el enemigo a abatir, a controlar por Occidente. A China apenas se la cita ¡Qué despiste de Huntington! En cualquier caso, se cura en salud transcribiendo una afirmación de V. S. Naipaul: «...la civilización occidental es la civilización universal que conviene a todos los hombres...».

El auténtico peligro en la actualidad es China. País que irrumpe en el mercado mundial exportando no sólo camisetas, relojes... sino también productos de alta tecnología. Sus multinacionales son cada vez más potentes y numerosas, y los acuerdos con los países del tercer mundo (Africa, Latinoamérica), ofreciendo condiciones crediticias más favorables que el Banco Mundial y la banca occidental, intensifican su penetración mundial. ¡Ah!, y no olvidemos que la estabilidad del dólar depende en buena parte de cómo gestione China las divisas americanas que posee, que son inmensas.

En este contexto, un éxito de los Juegos Olímpicos sería un revés para la hegemonía occidental y había que recurrir a la guerra sucia, en la que Occidente tiene tanta experiencia. La guerra dialéctica dirigida por la CIA tiene una importancia clave. Se trata de que las palabras China, chinos, olimpiada china... tengan para nosotros, los occidentales, un sentido peyorativo porque «no respetan la democracia ni los derechos humanos».

También la divina gauche, consciente o inconscientemente, hace el juego a la CIA. Critica la gestión económica de China por su talante capitalista. Denuncia que hay fuertes desigualdades, que no son tolerables en un país comunista. Estas desigualdades hieren su sensibilidad de revolucionarios de salón. ¿De dónde proviene su información? ¿Cuántos capitalistas hay en China? ¿Está bien gestionado el sector público? ¿Cómo está repartida la riqueza? ¿El desarrollo chino es un desarrollo digno o indigno como el de la India? ¿Hay indicios de fraude en la administración? ¿El nivel de vida de los 1.300 millones de chinos y chinas ha avanzado o ha retrocedido desde que se empezó a aplicar la nueva política económica? ¿Qué otro tipo de desarrollo podía haber adoptado China? ¿Tienen conciencia las autoridades públicas de la desigualdad existente en la distribución de la riqueza entre la costa y el interior, entre la ciudad y el campo, y tienen previstas medidas para hacer frente a esta desigualdad?

La divina gauche es muy crítica. Repiten hasta la saciedad que en China hay capitalistas, sin tener en cuenta el hecho de que en China el gran capitalista sigue siendo el estado, y que su gestión tiene muy poco que ver con el neoliberalismo que impera en el mundo.

Hay algo que me gustaría mucho:

Primero. Estar en Pekín en la inauguración de los Juegos Olímpicos, para aplaudir a rabiar.

Segundo. Que las autoridades chinas y el pueblo tibetano progresista aborden «a su manera» (y, por favor, no a nuestra manera, manera occidental) la autonomía del Tibet.

Así que, caraduras en Euskal Herria, caraduras en Europa, caraduras en EUA. Y frente a tanto caradura, «¡Gora Tibet! ¡Gora Txina!».

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