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Skate también en Euskal Herria, un deporte para el siglo XXI

Pese a que asiduos al skate lo definen como machista y homofóbico, la actividad sobre ruedas forma parte de la cultura urbana y también de la deportiva. Euskal Herria fue pionera en Europa en la producción del monopatín. Ahora abundan los practicantes e incluso hay profesionales.

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Miren SÁENZ

Deporte, actividad, cultura urbana, forma de transporte, de diversión, de contacto, estilo de vida. Deporte de riesgo, de contusiones y esguinces, de periodos de reposo. Etiquetas y consecuencias asociadas al skate. Hay más.

La definición de Wilkipedia apunta: El skateboarding es un deporte que se practica con un skate o monopatín, en cualquier parte de una calle donde se pueda rodar, o en una pista especialmente diseñada para su práctica (skatepark). Se trata de buscar la belleza al probar la habilidad del exponente, conseguir realizar distintos trucos, deslizarse por largas barandillas (grinds o grindar), bordillos u otros elementos urbanos, o trucos de estilo libre (freestyle), donde cada persona muestra trucos originales y complejos. Está relacionado con la cultura callejera.

Mikel Arbiza es skater, licenciado en Bellas Artes y ha realizado cursos de doctorado en la Escuela Superior de Arquitectura de Donostia. Prepara su tesis sobre el skate, un trabajo de investigación del que posiblemente tiene tanto que contar que «espero terminar dentro de diez años», informa. Además, trabaja en la industria del monopatín, organiza el festival Street Zinema -relacionado con actividades de skateboarding, el último setiembre cumplió cuatro ediciones- y es el dueño de la galería Parafernalia ubicada en el centro de la capital guipuzcoana.

Poniéndolo así parece un tipo ocupado, con alma de pensador para dotar de contenido una especialidad que sigue practicando a sus casi 32 años y no quiere que sirva sólo para vender zapatillas y enriquecer a unos pocos. Se reconoce feliz dándose un rule con su patina. «¿Las definiciones?», al gusto del consumidor, dependiendo del usuario o de las escasas usuarias. A él le gusta pensar que el skate «es una herramienta contracultural». Insiste en que «el deporte ha mutado. Ya no es algo simplemente atlético, sólo de exhibición corporal. El monopatín es el ejemplo de lo que van a ser los deportes del siglo XXI para adelante, tiene otros componentes porque engloba un montón de cosas», afirma convencido.

Sobre el origen de los monopatines apunta a artilugios cercanos: «Aquí tenemos las goitibeheras y en Polonia habrá otra cosa, aunque donde se desarrolla es en California. Son como tablas de surf porque empezaron como sustitutos. Cogían las tablas de madera, les daban forma surfera, desmontaban las ruedas y los ejes de los patines, los clavaban y cuando no había olas andaban en el asfalto y hacían sus maniobras. Después, a finales del siglo XX el surf, el snowboard y el skate se acoplaron», señala en relación a los dos deportes hermanos.

Opina que el skate se fue por otro lado cuando la primera persona se hizo un aéreo y lo sitúa a finales de los 70. Luego llegaron las barandillas, las escaleras, cualquier elemento urbano atractivo para los practicantes. Pese al innegable toque estadounidense en la expansión del patinete, Euskal Herria ha tenido una relación directa con el artilugio. Sanchesky -cuyo nombre proviene de Sánchez y esquí- se fundó en Irun y fue la primera empresa que fabricó monopatines a escala europea. Sánchez, el propietario, se dedicaba a la producción de esquíes hasta que en los 70 sus hijos viajaron a California y descubrieron la novedad.

Sanchesky construyó los primeros patinetes baratos que rularon por estos lares pero, pese a que llegó a hacer una promoción con la multinacional Pepsi, no supo o quizás no quiso adaptarse al mercado que iba a crecer en torno al invento. Quince años después Jart abandera la industria vasca y le hace la competencia directa a los gigantes estadounidenses. La fábrica que produce monopatines también está en Irun. La empresa bidasoarra, que es además una marca, le planta cara a las tres compañías del sector que hasta entonces dominaban el cotarro.

Se trata de Fausto Vitello (San Francisco), Larry Balma (San Diego) y Paul Schmidt (Orange), cada una de las cuáles posee su propia marca de tablas, de ruedas, zapatillas y edita su correspondiente revista. Las firmas estadounidenses se hincharon de vender productos en casa y fuera. Hasta que enviaron sucursales a China y las resistentes tablas de arce norteamericanas pasaron a fabricarse con otros materiales menos duraderos. Así que Jart jugó sus cartas y se ha hecho un sitio en el mapa.

¿Pero quien compra monopatines? Arbiza traza el perfil del skater y apunta al hombre, hetereosexual y de clase media y alta. «Es machista y homofóbico. Hay muy pocas mujeres, pero es un reflejo de la sociedad porque a las chicas no se les enseña a ir llenas de moraduras y a sudar en público. La propia industria no ha invertido en ellas. Tampoco hay ningún profesional gay declarado». Hace seis años, la American Sports Data calculaba la existencia de 13,5 millones de skaters en el planeta. De ellos el 80% eran menores de 18 y de estos el 74% hombres.

También para el skate pasa el tiempo. No es extraño ver a practicantes con canas compartiendo espacio con chavales. La juventud cumple el tópico, aporta frescura y soltura. Las nuevas generaciones enriquecen el deporte, la habilidad a la hora de ejecutar movimientos tiene edad y memoria, y la agilidad se lleva bien con los adolescentes. «En los 80 nosotros, cuando empezamos a patinar, era un tema más duro. Te caías, te levantabas. Hoy el lema es yo no me quiero hacer daño, no me puedo permitir caerme porque me puedo quedar paralítico. Por eso el skate está evolucionando de una forma increíble. Así que los chavales tienen una técnica tan depurada y la cabeza tan en su sitio, que lo que hagan va a salir perfecto», matiza.

Multimillonarios

El skate mueve dinero. Las primeras figuras en Estados Unidos son multimillonarias, con sueldos similares a los futbolistas fichados por los grandes clubes europeos y piernas aseguradas en polizas de muchos dólares. Viven en Hollywood, pero no todos son estadounidenses porque también hay ingleses, franceses o brasileños con contratos yankis. «Los profesionales que se llevan todo el pastel son otro mundo. Es como hablar de cine europeo y americano», compara.

A otro nivel se mueven los vascos, aunque algunos están consiguiendo vivir del patín y no sólo poner su nombre en una tabla. Los bilbainos Alain Goikoetxea e Iván Rivado, el gasteiztarra Javier Sarmiento, que ha sido «pro» para varias compañías estadounidenses, y el bayonés Matiu Dupuy pueden pagar sus facturas con su trabajo sobre ruedas. Ante la apariencia contestataria, hay cierta organización en lo referente al skate. Pese a su imagen informal y arriesgada no escapa a las reglas, «aunque sean invisibles». No existe una federación al uso pero sí alguna asociación creada al amparo de la posibilidad de que se convirtiera en deporte olímpico de cara a los cercanos Juegos de Beijing'2008. Algo que no ha ocurrido.

Se organizan campeonatos, pero el campeón mundial no tiene porqué ser el que más tablas vende. El componente callejero mantiene su importancia así que hay alguna otra manera de sacarle rendimiento a los pros mejor pagados. Las multinacionales, además de promocionarles a través de vídeos, se los llevan de gira. Unos días en Tokio, después a Moscú para patinar en las calles, aparecer en las revistas y a hacer caja. Pero no es fácil ser skater en estos tiempos que corren. Cruzar la raya, los límites establecidos por la autoridad, puede suponer el requisito del patín y multa económica.

«Cada vez vamos hacia una sociedad más controlada en muchas cosas, así que en esto nos ponen barreras arquitectónicas para que no podamos patinar. Lo que han conseguido es que en lugar de hacer la escalera, hagamos la barra. Se están creando nuevos movimientos. Hacen skateparks e intentan justificar que ya hay un espacio para ello, pero los que hacen y deciden este tipo de cosas no tienen la visión de los y las patinadoras», contraataca Mikel Arbiza.

Javi Cobo, un fotógrafo en monopatín

A Javi Cobo, autor de las imágenes que ilustran este reportaje, la fotografía le permite mantenerse ligado al skate cuando se producen los inevitables esguinces «si no puedo patinar hago fotos y así sigo en contacto», dice. El fotógrafo donostiarra, que es además técnico de telecomunicaciones, descubrió el mundo del monopatín «bastante tarde para lo que es lo normal» con 24 años, cuando su entonces novia le regaló su primera tabla. «Siempre me había gustado pero como no empiezas cuando eres un crío, nunca me lo había planteado». Aquello le abrió las puertas del mundillo. Hizo amigos. Con 30 recién cumplidos recuerda que su hermana estudió fotografía y en casa empezó a tener contacto con los conceptos de la imagen y las cámaras hace muchos años, pero no empezó a disparar en serio hasta descubrir otra de sus pasiones. Autodidacta, practicar ese deporte parece darle ventaja a la hora de captar esos movimientos imposibles: «Es conocerlo. Creo que cualquier fotógrafo dedicado a la moda o a la publicidad no es capaz de captar lo mismo que alguien que retrata lo que conoce». Las nuevas tecnologías permiten un sinfín de posibilidades, hasta la manipulación voluntaria de un producto que además a través de la red puede llegar hasta el último rincón del planeta. A Cobo le han tocado tiempos con enormes posibilidades para la imagen. «Ahora como es todo tan inmediato... Si no fuera por internet hubiera hecho mil fotos y nadie las habría visto nunca. El tema digital e internet permiten compartirlo con todo el mundo». Ese es su principal marco de expresión, también algunas exposiciones. Además del skate, otro de sus temas recurrentes es el paisaje urbano: «Me llaman mucho los lugares decadentes», admite. M.S.

MULTINACIONALES

Además de la faceta cultural y deportiva está la mercantil. El skate factura cifras enormes no sólo en monopatines, sino en industria textil y calzado. Las multinacionales, siempre atentas al negocio, están detrás.

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