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«The End» o cómo comprarse una bonita casa en Bel Air

David Mamet reflexiona sobre la importancia de encontrar un buen final de película: «La sabiduría popular de Hollywood lo expresa de la siguiente manera: da un giro en los últimos minutos y vivirás muy bien. Da otro giro en los últimos diez segundos y podrás comprarte una casa en Bel Air». No obstante, Mamet condena el rutinario efectismo del final sorpresa.

Iñaki LAZKANO | Periodista y profesor de Ciencias Sociales y de la Comunicación

No hay nada mejor que un buen final. El último capítulo del libro «Bambi contra Godzilla» es una clara muestra de ello. Sarcástico y mordaz, David Mamet culmina con elegante ironía un excelente retrato de la «Fábrica de las Pesadillas» que no deja títere con cabeza. Directores, críticos, guionistas y demás maleantes que pueblan las callejuelas más infectas de Hollywood caen víctima de la venenosa pluma del autor de la turbia obra teatral «Glengarry Glen Ross» (premio Pulitzer en 1984).

Mamet reflexiona, con exquisita agudeza, sobre la importancia de encontrar un buen final de película. La ironía, hiriente siempre, llega a cotas inusitadas: «Stanislavski dijo que los últimos noventa segundos son los más importantes de una obra. La sabiduría popular de Hollywood lo expresa de la siguiente manera: da un giro en los últimos minutos y vivirás muy bien. Da otro giro en los últimos diez segundos y podrás comprarte una casa en Bel Air».

No obstante, Mamet no condena el final sorpresa; sino su rutinario efectismo. En ese sentido, nos congratula que rehabilite la figura de M. Night Shyamalan -cineasta masacrado por la crítica más selecta- y revalorice «El sexto sentido» (1999). Porque, tal como nos lo cuenta, al final el espectador se percata de que no ha sido testigo de los compasivos esfuerzos de Bruce Willis por ayudar a un niño perturbado por sus visiones, sino que ha visto al niño ayudar a Willis a reconciliarse con la idea de su muerte. Mamet aboga por una segunda lectura más profunda en la que el presunto final es siempre aparente; la punta del iceberg que oculta el verdadero final concebido por la reflexión.

Hollywood siempre ha optado por la apología del «happy end». Una elección tan fatua como el abuso del «sad end» en las películas pseudoindependientes. Posiblemente fue Truffaut el cineasta que formuló la reflexión más certera sobre el tema. Es, quizá, el mejor final posible: «No se puede poner un final optimista, porque la vida no es optimista; tampoco se puede poner un final pesimista, porque sería un desastre comercial. Es necesario un final que incluya los dos. De ahí el final de `Los cuatrocientos golpes' (1959) y el de casi todas mis películas. Hago finales ambiguos, siempre pensando un poco en Chaplin. Es su idea de marchar por la carretera y cruzarse con los policías, es la idea de la libertad amenazada. Creo que es la verdadera solución».

 
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