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Los primeros nombramientos de Barack Obama diluyen aún más la promesa de cambio

Si bien es cierto que el discurso de Barack Obama presentó notables altibajos políticos e ideológicos a lo largo de la campaña electoral, también lo es que mantuvo una línea constante en torno a su promesa de cambio. Hoy, cuando el presidente electo comienza a perfilar no sólo su equipo de transición, sino también su verdadera administración, las voces que en su día alertaron de la deriva de Obama hacia el centro-derecha del Partido Demócrata (que aumentaron especialmente desde la elección de Joe Biden como candidato a la vicepresidencia) comienzan a ver hechos realidad sus temores. Esas pequeñas decepciones llegan, de momento, en torno a la configuración (confirmada en algunos casos, en otros no) de los miembros de su gabinete. Pero Barack Obama tendrá pronto la oportunidad de demostrar hacia dónde encamina su mandato, por ejemplo en lo concerniente a la penosa situación de los derechos y libertades civiles en Estados Unidos, agravada aún más si cabe desde el 11/S.

La obvia estela de Bill Clinton

Por lo que sabemos a esta hora, los nombramientos de sus principales asesores (los que asegurarán la transición hasta el 20 de enero, cuando asumirá plenamente sus poderes, relevando a George W. Bush) y los rumores sobre los altos cargos de su primer Gobierno apuntan a que Barack Obama mantiene la línea iniciada con la elección de Biden: la experiencia. Entre los nombres que se anuncian, además de sus leales Rahm Emanuel (como jefe del Gabinete) y David Axelrod (estratega de su campaña), están (a falta de confirmación) personajes ligados directamente a Bill Clinton como Gregory Craig (que lo defendió durante el impeachment por el caso Lewinsky), James Steinberg (viceconsejero de Seguridad), Jason Furman (asesor económico) o Mona Stuphen, Anthony Lake o Susan Rice (que fueron integrantes del Consejo Nacional de Seguridad de Clinton). Como posible fiscal general se menciona a Eric Holder; como secretario de Comercio a Bill Richardson, a Timothy Geithner al frente del Tesoro y a la archiconocida Hillary Clinton como todopoderosa secretaria de Estado. Pero, además de la experiencia, todos ellos tienen, además, otro común denominador: representan al centro-derecha del partido (o del espectro ideológico), con todos los lazos políticos, económicos y financieros que ello supone.

Curiosamente, los primeros pasos del presidente electo se asemejan bastante a los que protagonizó, hace dieciséis años, Bill Clinton. Tras una campaña en la que repitió el lema «Primero el pueblo» como si de un mantra se tratara, Clinton realizó un serie de nombramientos claves (Lloyd Bentsen, Mickey Kantor o Warren Christopher, por ejemplo) que reflejaron, más bien, su compromiso con las grandes corporaciones del poder económico entonces (y ahora) vigente. Clinton se escoró enseguida hacia la derecha de su partido, aunque, curiosamente, muchos europeos siguen creyendo aún hoy que se trató de un presidente de izquierdas, lo que, entre otras cosas, demuestra una vez más lo permeables que seguimos siendo a las operaciones mediáticas de algunos grandes grupos de comunicación. Esta situación fue descrita ya en 1993 con indudable inteligencia por la escritora y columnista Barbara Ehrenreich, quien subrayó que el golpe a la izquierda de Bill Clinton, simplemente, «nunca ha sucedido». Pero Ehrenreich puso sobre el tapete una cuestión que también podría aplicarse hoy a Europa: «Quizás hace ya mucho tiempo que hemos olvidado lo que significa `izquierda´».

En la línea de las primeras designaciones de Clinton, los expertos consideran que al menos la mitad del equipo económico de transición de Barack Obama tiene también lazos directos con las grandes compañías y con Wall Street; por ningún lado aparece alguien que pueda reclamarse representante de los trabajadores.

Algunos precedentes inquietantes

Si nos alejamos del personaje, de la figura, es mucho más fácil saber a qué atenernos en base a unos pocos ejemplos: Barack Obama votó a favor de confirmar la Patriot Act (que restringe derechos, garantías y libertades constitucionales, a fin de ampliar el poder represivo del Estado sin la intervención del poder judicial, con la excusa de la seguridad nacional y la lucha contra el terrorismo) en 2006; votó a favor del Foreign Intelligence Surveillance Act, cuya enmienda en 2008 otorga aún mayor impunidad a la red de espionaje -interna y externa- estadounidense; y votó muchas veces a favor de nuevos fondos para la guerra. Ahora, uno de los primeros exámenes que la Administración Obama deberá superar si quiere hacer creer realmente que está dispuesto a terminar con la era Bush, llegará precisamente cuando tenga que abordar varias sentencias judiciales que le exigirán hacer público material de los servicios secretos sobre casos de espionaje a ciudadanos estadounidenses. Tendrá dos opciones: invocar, como Bush, la seguridad nacional, o comenzar a restaurar derechos y libertades.

En espera de sus primeras decisiones, incluso en estos momentos de euforia colectiva por su elección, muchos le reprochan ya haber pasado del esperanzador «Change we can believe in» al mucho más conocido y triste «Business as usual». Obama ha podido crearse una imagen que muchos identifican con el cambio, pero la imagen no es suficiente, debe exigírsele muchísimo más.

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