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Jesus Valencia Educador Social

Secuelas de un constitucionalismo corrosivo

Algún día conseguiremos romper las férreas argollas de esta Constitución monárquica y furriel. Será fecha memorable para Euskal Herria

El 6 de diciembre de 1978 fue día nefasto para quienes validaron con su sí la Constitución española. Como funesta ha sido esa fecha para otras muchas personas que, tras alcanzar su mayoría de edad o su minoría de conciencia, se han ido adhiriendo a tan pernicioso texto.

La Constitución se redactó a escondidas y en contubernio. Sus gestores ocultaban el contenido a la sociedad que debía refrendarlo. Estaban justificadas las cautelas. Un apestoso hedor franquista impregnaba el articulado. Y quienes lo iban redactando no quisieron abrir el documento a los aires renovadores que la sociedad demandaba. La Constitución de la pretendida nueva España fue concebida para legitimar una Monarquía preasignada, consolidar un capitalismo agresivo y secuestrar la soberanía de los pueblos del Estado; garantizaba la unidad española, recortaba el ejercicio democrático y encomendaba a las fuerzas armadas el control del cortijo. En sustancia, las mismas razones que habían dado lugar al golpe de estado fascista y a cuarenta años de gobierno autocrático.

La Constitución contemplaba novedades venenosas. A partir de su aprobación, el proyecto imperialista y oligárquico se sustentaría en unos partidos acobardados y en una ciudadanía obsecuente. Desde entonces, gozan de libertad tutelada quienes se avienen a jugar con cartas marcadas. Y quedan fuera de la partida quienes no aceptan la única opción que el franquismo ofreció; éstos engrosan el menguado núcleo de disidentes. La oligarquía consolidó sus conquistas y los militares no necesitaron desenfundar sus aperos; es la inmensa mayoría de ña sociedad española, pretendidamente civil y democrática, la que ahoga las voces discrepantes y asfixia cualquier anhelo de cambio. Las cúpulas gobernantes campan a sus anchas sabiendo que una ciudadanía rendida consiente sus «constitucionales» desmanes; la corrupción y el robo han sentado cátedra, el terrorismo de Estado obtiene carta de ciudadanía, la inseguridad jurídica y el recorte de libertades gozan del parabién colectivo. En nombre de tan intolerante Carta Magna, la «nueva» España ha cultivado un patriotismo fundamentalista que ha convertido al Estado en un erial desprovisto de sueños y de utopías.

Según Carlos Tena, los actuales gobernantes emulan a la derecha en su empeño degradante: «Los socialistas promueven la enajenación colectiva de los ciudadanos; éstos no perciben el daño terrible que están sufriendo». Carlos Aznárez aprecia que «La España actual no tiene nada que envidiar a la peor época del franquismo y las actuales medidas represivas sólo pueden ser llevadas adelante cuando los que tendrían que oponerse en la sociedad española, optan por callar o mirar a un costado».

Algún día conseguiremos romper las férreas argollas de esta Constitución monárquica y furriel. Será fecha memorable para Euskal Herria. Y para todos los ciudadanos del Estado que -náufragos en un océano de arrogancia, fanatismo y cutrez- siguen aspirando a vivir en libertad.

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