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Raimundo Fitero

Gomina

Los signos externos acostumbran a ser una especie de autorretrato en acción, una proyección de nuestras intenciones estéticas, que dibujan sin apenas control nuestras oscuras intenciones. La gomina, en todos los casos, es una declaración de principios. Los más finos trileros no se tatúan nada en los antebrazos, ni en la nuca, usan la gomina como seña de identidad, ni siquiera un «amor de madre» rudimentario en sus pasos accidentales por los lugares de reclusión penal. Otros tienen la suerte de que la alopecia les ayuda a camuflarse mejor aunque mantengan las mismas actividades peligrosas.

Las últimas cabezas engominadas que hemos visto reiteradamente en nuestra pantalla nos han deparado pistas sobre un tipo de delincuencia: Mario Conde, sufrido taleguero, jugador de ventaja en la banca privada, comercial y en la bolsa o la vida, al que vimos interpretar un papelón televisivo; Francisco Correa, engominada y esbelta figura en la boda de la ignominia, la gomina bendecida por Rouco y los pelotazos, pieza fundamental de un proceso en donde nos enseñan a los ciudadanos despistados cómo acumular riqueza a la sombra del poder y desde hace unas horas un tal Muniz Fernández, un señor vestido de amarillo cumpliendo un perfecto plan de provocación, destrucción y desquiciamiento, siempre al servicio del mejor postor.

Un señor con bronceado sospechoso, embadurnado con tanta gomina que se viste de corto, con traje amarillo, salta a un campo de fútbol y sabe que tiene dieciséis cámaras retransmitiendo en directo todas sus acciones debería ser apartado de sus funciones y llevado, primero a un estilista, después a comisaría, para declarar por sus ingresos atípicos y en tercer lugar al siquiatra. Se puede variar el orden que no alterará el producto como se alteró un partido de fútbol, que no es nada comparado con la inmensidad del mar, con la corrupción que nos rodea o con las imposturas políticas, pero que refleja en términos cuantitativos, los intereses circunstanciales y externos de unas mayorías de entregados mental y emocionalmente a un deporte de masas, a un estupefaciente, pero que reclamamos, por lo menos, nos lo sirvan sin adulterar. O sea, sin gomina.

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