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Alizia Sürtze | Historiadora

Amar el euskara y en euskara

Como muchos de mi generación a quienes, tras ser machacados política, social, sexual y culturalmente por el franquismo y su versión «post», el Ararteko Iñigo Lamarca pretende ahora «reeducar», en los años setenta, empecé a aprender euskara. Para entonces, además del castellano, dominaba el francés y el inglés, y controlaba el alemán. Y, desde ese plurilingüismo abierto, al conocimiento del euskara me fui aproximando por una serie de motivos creo que sentimental, cultural e intelectualmente profundos, positivos, enriquecedores y hermosos, que, sin orden de rango, voy a intentar desgranar brevemente, porque creo que constituyen una experiencia ampliamente compartida, que tiene que ver con el amor, la vida, la curiosidad y la dignidad. Y que hoy, una vez más, están intentando mancillar y destruir.

En primer lugar, me aproximé por lógico respeto. Al hecho de haber conocido lo que era, entre otros, el desprecio xenófobo hacia «les espagnols de merde» que mostraban ciertos franceses hacia los refugiados y los inmigrantes, se unió la incomodidad que me fue generando el forzar a hablar en «mi» lengua a numerosísimas personas que, estando en su país, tenían que expresarse en un idioma que ni era el suyo, ni controlaban, ni tenían por qué controlar. En la práctica, aun sin pretenderlo, obligaba a los baserritarras a explicarme en castellano si llevaba el camino correcto para subir al Ernio o a cualquier otro monte, a pesar de lo cual me ofrecían amablemente un vaso de agua... ni en el mercado era capaz de expresarme para pedir una lechuga o un kilo de vainas. Los unilingües, esos que, aunque conozcan otro idioma, viven la suya propia desde una supuesta superioridad «imperial», no pueden, claro está, entender este ineludible respeto. Su incultura y su racismo históricamente labrado se lo impide. Pero con ello no hacen sino mostrar pobreza intelectual, falta total de sensibilidad y de empatía y espíritu discriminatorio. Que, aún hoy en día, haya aitonas, amonas y pequeños euskoparlantes que, estando por ejemplo en el hospital, tengan que padecer la racista situación de inferioridad e indefensión que implica tener que expresar algo tan íntimo como el dolor o la enfermedad en una lengua que no dominan, es lamentable, doloroso, injusto, clasista y, por supuesto, absolutamente irrespetuoso. Y, cosa sabida es, que uno no puede respetarse a sí mismo si no sabe respetar a los demás.

Pero sigamos con el relato de por qué me incluyo entre los que decidimos ir descubriendo el euskara (no es lo mismo aprender una lengua que descubrirla y penetrarla), con una cierta dosis de sacrificio y de placer personal. Aunque casi totalmente oculto por años de discriminación y represión, Donostia, donde había nacido, no era sólo «San Sebastián», con sus festivales, sus veraneantes madrileños, su «elegancia» y sus playas: la misteriosa toponimia, la euskal dantza, la música, las palabras que utilizaba pero no entendía (bertan txulo, txerri-jana, mamia...), el ambiente que rodeaba a las regatas de traineras, los amigos de Lazkao de mi attona y el caserío Etxeberri de Alzaga de la familia de mi amoña, mis apellidos Mendia, Urrestarazu y Gaztañaga, el Olentzero y los coros de Santa Águeda, el incipiente movimiento de ikastolas, los trabajos de Barandiarán... vivía en un entorno que me era ajeno en parte y que, sin embargo, intuía, me atraía, tenía una curiosidad vital por conocer, y sentía que estaba constreñido y vejado. Y el poder relacionarme en euskara (y, sobre todo, desde el amor al euskara), me fue permitiendo integrarme, desde una cierta igualdad de condiciones (siempre a mi favor, digan lo que digan los euskarófobos sobre la supuesta discriminación que padecen), en un universo que, hasta entonces, no estaba a mi alcance, y que no hizo, y sigue haciendo, sino enriquecerme.

Me sigo encontrando en el ascensor, el autobús o el mercado, con gente de cierta edad, de «la provincia», que maneja un mal castellano traducido del euskara, y que tiene un acomplejado empeño en negar su identidad. Eso, aunque en versión mucho más dura, le ocurrió a mi amoña, baqueteada por su monolingüismo en euskara cuando tuvo que venir a Donostia a trabajar de criada, y a quien nunca oí hablar en su lengua materna, porque, desde la vergüenza, renunció a ella. Así, el aprender euskara, además, me sirvió para desagraviar, en cierta medida, la marginación y racismo que, por ser «de caserío», han sufrido tantísimas personas en su propio país, y, al tiempo, para ejercer de hermoso y luminoso puente entre esas generaciones despreciadas y las nuevas que podían, ¡por fin!, estudiar en euskara y ejercer con orgullo como euskaldunes.

Ese descubrimiento paulatino de la lingua navarrorum no me ha aportado, pues, más que cosas positivas. Por eso, y desde esa defensa de la multiculturalidad, el plurilingüismo, la empatía, la transversalidad y demás conceptos que tanto predican políticos y periodistas, resulta, a primera vista, difícil comprender por qué y para qué se sigue reprimiendo, excluyendo, demonizando, ridiculizando, odiando y deslegitimando la lengua y la cultura de un pueblo secularmente abierto al y tolerante con el exterior; y claramente minorizado.

Sin embargo, la experiencia de estos largos años de transición, nos ofrece herramientas para «entender» (y racionalmente combatir) el cruel e implacable interés del estado (y la burguesía vasco-española) por reprimir el derecho de Euskal Herria a su pervivencia y emancipación cultural, social y política, y por profundizar en las estrategias de represión selectiva que ha ido utilizando, y que incluyen experimentos de incentivo o persuasión (potenciación de Euskadiko Ezkerra o Aralar...), de clara coerción y castigo (persecución brutal de la izquierda abertzale), y, cómo no, siguiendo con las prácticas franquistas, la sempiterna minorización y violencia simbólica contra el euskara.

De acuerdo con la tradición inquisitorial, que consideraba el vasco como lengua del diablo, ahora defienden que el euskara es el vehículo comunicativo del crimen y el terror. Y, con todo el aparato de estado a su disposición, repiten mediáticamente perlas como la de calificar el euskara «como la lengua en que se mata» (M. Azurmendi); «la lengua en la que se enseña a disculpar el crimen» (S. González); o emplean el dinero público para realizar aviesas encuestas como la reciente del Ararteko, que relaciona el posicionamiento de los escolares de la CAV frente al terrorismo con el modelo lingüístico en el que estudian. Los del modelo D, faltaría más, son mucho más «permisivos». Tras el primer atentado de Mallorca, los medios enseguida apuntaron como sospechosa a una pareja joven cuyo signo delator era, al parecer, hablar euskara entre ellos. Llamarse Julen, Ibai, Alaitz o Haizea son, per se, indicativos de peligro...

Pero que el Estado considere adecuado seguir incluyendo la deslegitimación y arrinconamiento del euskara en sus estrategias represivas, no explica el universo mental de todos esos sectores populares o de la pequeña burguesía, de aquí de siempre unos, inmigrantes de largo plazo otros, o recién llegados los menos, que mantienen ese extraño autismo o, aún peor, verdadero odio y rechazo ante la lengua, cultura y valores de una rica parte de la sociedad con la que conviven, y de cuya creatividad, sistema de valores y relaciones (Piratak, Marijaia...) muy a menudo participan. Que, tras treinta años de «transición», en la percepción que ese sector de la población tiene de nuestro rico idioma haya habido un claro retroceso; que los unilingües castellanoparlantes se hayan envalentonado últimamente hasta el punto de defender su «derecho a elegir» la lengua en que escolarizar a sus hijos y evitar que «se les ningunee»; que siga habiendo multitud de médicos, profesores y demás funcionarios que se niegan a aprender incluso un mínimo vocabulario de cortesía; que, en sus intervenciones, los nuevos miembros del Gobierno vasco muestren, con respecto al euskara, la nula sensibilidad que están mostrando... todo ello nos tiene que poner en alerta, e impulsar a retomar la conciencia sobre el euskara que antes teníamos.

Porque, frente a las amenazas uniformizadoras y unificadoras, queremos una sociedad de seres libres, y, para eso, junto a otras muchas cosas, tenemos que conseguir ser mayoría los que nos sentimos enriquecidos amando el y en euskara.

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