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Campeonato del mundo

Una espina de color arco iris

Cadel Evans se resarció de su mala temporada adjudicándose el Mundial de Medrisio tras dejar a los favoritos en la última vuelta.

Amaia U. LASAGABASTER | BILBO

Italia endureció, Cancellara rompió, España volvió a hacer el primo y Evans se lo comió. Puede agradecérselo al trabajo y a las decisiones de sus rivales, pero también a sus propias piernas, que le permitieron lanzar uno de esos ataques que tan extraños le resultan para vestirse con el maillot arco iris.

Nueve años y 19 vueltas ha tenido que esperar el corredor australiano para hacerse con su primera gran victoria. Nueve años de ciclismo profesional en el que apenas ha engordado su palmarés con una veintena de triunfos de medio pelo y casi otros tantos larguerazos. 19 vueltas a un circuito que conocía como la palma de su mano. En las 18 primeras actuó como acostumbra, siempre presente, siempre invisible; en la última apretó los dientes, se lanzó imparable y nadie quiso -después no pudo- seguir la rueda del nuevo campeón del mundo.

Después llegaron los suspiros y las lágrimas. Las de emoción del propio Evans; las de satisfacción y alivio de Alexandr Kolobnev y Joaquim Rodríguez, que al menos subieron al podio; y las de rabia de los derrotados.

Casi siete horas antes, el pelotón echaba a rodar con un puñado de grandes favoritos, entre los que, con su motor diesel, resultaba difícil incluir a Cadel Evans. Se formó una escapada de inicio, con André Greipel como representante más destacado. Dejaron hacer los grandes y la ventaja de los fugados se fue hasta los diez minutos.

Hasta que apareció Italia y pegó una sacudida a la carrera. Se sucedieron los saltos hasta dejar en cabeza a una treintena de corredores con integrantes muy a tener en cuenta. La presencia del vigente campeón Alessandro Ballan, de Tom Boonen, Kim Kirchen o el «Purito» Rodríguez amenazaba con bloquear la carrera. Las grandes selecciones estaban representadas, pero -con excepción de la Bélgica de Boonen- no todas acababan de confiar en las opciones de su avanzadilla. Así que eludían la responsabilidad en el pelotón, pero confiaban en que alguien se hiciera con ella.

Fue Australia la que recogió el testigo para, poco a poco, ir limando diferencias y abocar la partida a los últimos movimientos. El golpe de gracia a la carrera lo dio Fabian Cancellara. Hipermotivado y con unas piernas de escándalo, el campeón suizo completó el trabajo de caza, rompió el pelotón, acabó con el contragolpe de Vinokourov y terminó por seleccionar el grupo de nueve corredores que, en la última vuelta, se jugaron la victoria. Tres de ellos, Samuel Sánchez, Joaquim Rodríguez y Alejandro Valverde, defendían el maillot rojigualdo, pero fueron incapaces se aprovechar su superioridad numérica. El catalán, al menos, se metió a rueda de Evans junto a Kolobnev, pero cuando el australiano soltó el último hachazo, sus compañeros fueron incapaces de reaccionar por detrás, demasiado preocupados por vigilar la estela de Cancellara que, finalmente, se hartó de trabajar en solitario.

Evans y, por detrás, Rodríguez y Kolobnev, no tuvieron más que mantener el ritmo para subir al podio.

El único representante euskaldun, Juanma Garate, se retiró tras haber completado una gran labor de equipo.

ALIVIO

«Ya estaba desmoralizado por haber acabado tantas veces en el segundo puesto -reconoció Cadel Evans-. Pero siempre he mirado hacia el futuro y siempre he creído en la posibilidad de ganar».

DISGUSTO

Fabian Cancellara no pudo reprimir las lágrimas en línea de meta. «Lo he intentando varias veces, pero los rivales no me han dado ni un metro. Soñaba con el doblete y además me sentía muy bien, así que supone una gran desilusión», admitió.

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