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Aitxus IÑARRA I Profesora de la UPV/EHU

Una nueva metáfora para la Educación del siglo XXI

Desde la constatación de que la sociedad globalizada nos empuja a la atomización del individuo como medio para fabricar «clones» desprovistos de identidad, la autora afronta un análisis sobre la Educación y su papel en ese proceso de fragmentación. Y descubre que el sistema educativo «se olvida del individuo real y termina transformándose en un mero fomento de las habilidades de adaptación al sistema».

Wilma Mankiller comenta que en cada uno de los pueblos cherokees una vez al año se construía un gran fuego central y se hacía una ceremonia que duraba toda la noche. Se pedía a los asistentes que antes de ir apagaran el fuego en sus casas. Después de la ceremonia, cada persona cogía una brasa del fuego central para volver a encender el propio fuego. La ceremonia unía a las personas y les ayudaba a compartir no sólo su espacio geográfico, sino también su visión del mundo y un sentido de comunidad.

La individualización y lo colectivo se funden en una interdependencia donde dar y recibir se vuelve un único acto armonioso: cada uno da al grupo, extingue su fuego para poder ser junto con los otros -que a su vez han extinguido los suyos- el fuego colectivo. Y ese fuego común unitario, devuelve, a su vez, lo dado enriquecido. El fuego comunitario revierte lo de todos a cada uno.

No es fácil encontrar actualmente este tipo de relaciones de reciprocidad e interdependencia que ayuden al desarrollo del individuo, puesto que dichas relaciones se desarrollan en un contexto en el que existe un sentido de la comunidad. Contrariamente a esto, vivimos construyendo el contexto de una sociedad cada vez más tecnológica y mediatizada, que trae como consecuencia la pérdida de referentes tradicionales y la constatación de la inutilidad de asirse a creencias cada vez más banales y fugaces.

Se trata en definitiva de una sociedad dirigida al servicio del sistema económico-cultural dominante, que genera atomización social y determina al individuo proveyéndole de un sentido más fragmentado y contradictorio en sus relaciones, y en el modo de comprenderse. Así, el individuo atomizado, desprovisto de una identidad vivida, resulta ser el producto de una sociedad globalizada y de masas, en la que se magnifica al individuo para mejor fabricar clones.

En este contexto, del que el actual sistema educativo, uno de los más poderosos agentes de transformación social y cultural, forma parte, podemos preguntarnos si éste contribuye a dicho proceso de división, cada vez más generalizada, y de qué manera interviene en la construcción de la identidad individual. Por ello son preguntas obligadas cómo y para qué se educa y se forma.

Cualquier profesional de la enseñanza nos dirá que el actual modelo educativo tiene como destinatario un sujeto de derechos y deberes, al que se pretende educar en valores. Sin embargo, el receptor de este modelo resulta ser, en la práctica, un sujeto abstracto más que el alumno o alumna real (biográfico) de carne y hueso; de tal manera que el propósito perseguido por la educación actual, se olvida del individuo real y termina transformándose en un mero fomento de las habilidades de adaptación al sistema. Para lo cual debe encauzar al individuo en la atención a los estímulos externos, en consonancia con el modelo de producción y consumo predominante. El resultado es la construcción de identidades convencionales que viven fundamentalmente desde la idea y el hábito propagados por los medios.

Por ello consideramos necesario que se debata en el ámbito educativo si la finalidad prioritaria de la educación debe atender a la comprensión y el bienestar del individuo y de la comunidad o, por el contrario, debe continuar en su interesada visión de servir al sistema, omitiendo las necesidades de afecto, (auto)conocimiento, sabiduría, y de relación de reciprocidad de las personas. La cuestión radica en que los educadores, a sabiendas de que por los eventos que vemos, escuchamos y por lo que vivimos, afrontamos el mito de que la educación actual da una respuesta adecuada a las necesidades del ser humano en todas sus dimensiones psicofísicas y espirituales, cuando esto es falso. Por esta razón, necesitamos un cambio significativo con respecto a la forma de ver y vivir el individuo, es decir, un cambio de percepción basada en la receptividad del propio sujeto y, en consecuencia, en su relación con el otro.

En este sentido, la educación debe favorecer la asunción de la interioridad del individuo, es decir, la apertura a la conciencia de uno mismo, en vez su alienación con pautas, imágenes y valores altamente ideologizados. Promover este proceso de interiorización permitirá ofrecer a cada persona la posibilidad de poder reconocer la constelación de emociones, pensamientos, sensaciones de lo que está viviendo en su interior, posibilitando otras maneras de percepción y relación. Por ello, la educación que integra al individuo no plantea producir un ser humano de determinadas características y que cumpla determinadas funciones, sino que se interesa por el ser humano facilitándole ser en toda su complejidad, subjetiva, intersubjetiva y social.

En defensa de la educación convencional hay que decir que tiene como fin transmitir un conocimiento que se resume en saber «objetivo», saber técnico e información. Consideramos que el aprendizaje de estas destrezas son importantes en la vida cultural y social; sin embargo, una educación semejante no toma en cuenta al individuo más que para homologarlo a las necesidades de un sistema con intereses que a su vez son ajenos a los del bienestar de la comunidad, tal como resulta evidente para todos en tiempos como los actuales. Es, por consiguiente, una educación fallida.

Por ello la educación integral se diferencia de aquella en que sin obviar la importancia del aprendizaje del conocimiento y la técnica, tiene como epicentro la inclusión de la conciencia, es decir, la asunción, a través de la atención, de un sujeto integrado en su pensar, sentir y actuar. Hablamos de una educación que incluye los saberes empíricos y los de la mente. Que, por esto último facilita el descubrimiento del mundo interno, da una mayor independencia de los vaivenes del exterior, de la relación con los otros, y ayuda a sintonizar con lo más auténtico de uno, es decir, con sus necesidades reales. Se proyecta más allá de lo exterior, de lo social, pues su objetivo es rendir servicio a la existencia, y a la comprensión de la vida.

La educación integral procura experiencias significativas, activándose mediante ellas ese darse cuenta, es decir, ese desarrollo de la atención en lo interno y lo externo. Se convierte de esta manera en instrumento para facilitar el viaje interior de cada persona, posibilitando sentirse un viajero consciente de la propia vida. Desde esta conciencia de lo interno la conectividad con el exterior tiene otra cualidad pues el individuo integrado que se auto-conoce posee una nueva comprensión con respecto a sí mismo, a la relación con el otro y con la naturaleza.

Así se evidencia en una nueva manera vivirse: más desde el ser que desde el tener. Es una relación más natural con el otro, más desde la experiencia directa que desde la proyección, desde los prejuicios y estereotipos. La comunicación se vuelve más saludable, más afectuosa con el mundo del cual ya es y se siente parte. El otro ya no es vivido no como un competidor, sino como un compañero de creación y cooperación en un juego donde no existe ni vencedor ni vencido. Esta persona se percibe y se siente, asimismo, parte de una naturaleza viva. Lo que se manifiesta en una relación con ella en la que la utilidad y el beneficio, no son lo único ni lo primero sino que siguen y se desprenden del reconocimiento y disfrute de su magnífica belleza y diversidad.

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