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Abel Ferrara se siente atracado por Werner Herzog

«Teniente corrupto»

Werner Herzog ha encontrado un contrincante de altura en Abel Ferrara, otro loco del cine con el que reverdercer la rivalidad que le enfrentó al difunto Klaus Kinski. El cineasta alemán declara no haber visto la película original del italoamericano, en un gesto de arrogante indiferencia que ha provocado un choque de egos para deleite de la cinefilia más morbosa.

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Mikel INSAUSTI |

Mal que le pese a Abel Ferrara, no es Werner Herzog quien decide hacer un remake de «Teniente corrupto», sino el productor Edward R. Pressman. Él era el propietario de los derechos de la película y lo que quería hacer en realidad con ellos era una serie policiaca para televisión. Pero el mercado actual ha demostrado que, a la larga, las franquicias cinematográficas son más rentables, así que Pressman decide resucitar el personaje creado por Ferrara para ir produciendo sucesivas entregas. El guión del que se parte ahora es totalmente nuevo y lo firma William M. Finkelstein, y ya no tiene nada que ver con el drama sobre la corrupción moral que escribió el autor original en colaboración con algunos de los intérpretes secundarios, sin que el protagónico Harvey Keitel interviniera en el mismo. Herzog lee el guión de Finkelstein y le gusta, aceptando además la principal condición de que el temido Nicolas Cage protagonice la película. El alemán, después de trabajar tantos años con Klaus Kinski, no le tiene miedo a ningún actor por muy histriónico que sea. Y también acepta gustoso rodar en Nueva Orleans, aunque el guión transcurre en Detroit, para así abaratar costes gracias a las excepciones fiscales que surgieron allí tras el desastre del huracán Katrina.

Está claro que Pressman es un productor que no tiene un pelo de tonto, y es de los que piensan que una polémica siempre ayuda a vender mejor la película, lo que ocurrió con «Gracias por fumar», a base de manejar hábilmente argumentos tanto en favor como en contra del tabaco. Esta vez sabía que para rehacer una obra de culto debida a un autor de personalidad muy extrema tenía que contar con otro no menos peculiar, asumiendo el riesgo que implica trabajar con un genio europeo dentro del contexto comercial de Hollywood. Se trata de una jugada perfecta para asegurarse de que el nuevo «Teniente corrupto» surja como algo totalmente distinto del anterior. Todos cuantos vean la versión de Herzog van a comprobar que no se parece en nada a la de Ferrara y que el viejo zorro ha conseguido que las comparaciones sobren, por ser imposibles.

Para echar aún más leña al fuego, durante la presentación en la Mostra de Venecia, Herzog declaró a los enviados especiales no haber visto nunca la película original. Esa afirmación pública es la que más ha molestado a Ferrara, que dice haberse sentido literalmente atracado por su colega de profesión. El italoamericano lleva años intentando revisitar de un modo personal y consecuente su emblemática realización de 1992, pero el nacimiento de la franquicia de Pressman le ha dejado sin posibilidades para otro posible tratamiento de un material que, a todos los efectos, es suyo y sólo suyo.

Parece evidente que Pressman no ha pretendido hacer dinero con el «Teniente corrupto» de Herzog, ya que la película es un puro delirio autoril que nunca va a interesar al gran público. Su intención ha sido más bien la de abrir una segunda vía para explotar un mito del cine moderno mediante sucesivas entregas. El primer paso dado le ha salido bien, porque la crítica ha remarcado los rasgos diferenciales propios del cine de Herzog en aras de un producto singular y atrayente.

Humor negro y cine negro

Las declaraciones del estelar Nicolas Cage han contribuido asimismo a acrecentar la polémica, ya que el actor desveló a los medios que el director de la película quería eliminar el tufillo a moral judeocristiana del original, algo que acerca el cine de Ferrara al del calvinista Paul Schrader, por coincidir en su obsesiva adicción al tema del pecado y la redención. En cambio, esas son cuestiones que a Herzog únicamente le interesan en cuanto ilustrativas de la locura humana. El cineasta alemán no se toma en serio los traumas de la educación cristiana, y hasta los ridiculiza en su versión de «Teniente corrupto». Lo que para otros es sagrado para él es objeto de profanación.

El realismo sucio utilizado para representar la corrupción policial desaparece en la película de Herzog, sustituido por una puesta en escena surrealista que es una extensión de los desvaríos mentales del protagonista, el cual es un adicto a sustancias de todo tipo, con las que trata de mitigar el dolor de espalda que padece desde que salvara a un preso de morir ahogado a causa del desastre del Katrina, acto que lejos de ser heróico derivó de su afición a las apuestas ilegales. Este policía, en medio de sus alucinaciones, es capaz de disparar al espíritu de un muerto para que, según él, deje de bailar breakdance.

La atmósfera de la Nueva Orleans devastada tras el paso del huracán se presta además a esa percepción distorsionada de las cosas, y así la cámara subjetiva emplea el punto de vista de una iguana, que hace que el confundido protagonista vea los objetos y las personas a ras de suelo. Es cierto que la intriga policial planteada sigue un caso criminal dentro de las convenciones del género negro, en concreto el asesinato de un grupo de inmigrantes africanos, pero al director no le interesa tanto dicha trama central como las subtramas que se van intercalando y que son las que definen el carácter errático de un policía que abusa de su poder sistemáticamente. Tanto para conseguir la droga como para obtener sexo, o librarse de sus muchos acreedores por uno u otro motivo, se sirve de su cargo sin ninguna clase de miramiento. Su perfil es tan dado a los excesos que no deja de ser una caricatura, en la que Nicolas Cage vuelca lo peor de sí mismo, sin disimular aquí su creciente alopecia o su incontrolada e histérica gestualidad propia de alguien adictivo, al dinero o a lo que se tercie. Por algo el cine negro se alimenta de los periodos de gran depresión.

Encuentros con werner herzog en el fin del mundo

Werner Herzog lleva mucho tiempo haciendo cine al límite, situado al borde el mundo, en esa última frontera donde la razón se pierde para dar paso al verdadero visionario que siempre ha llevado dentro el cineasta alemán. Son más de cuarenta años haciendo películas en las que el documental y la ficción se confunden, porque da igual que trabaje con personajes reales o actores profesionales, ya que siempre retrata a seres fuera de lo común. Un perfecto ejemplo de ello es aquel piloto alemán que combatió en Vietnam y al que primero dedicó el documental «El pequeño Dieter necesita volar» y, después, el drama bélico protagonizado por Christian Bale «Rescate al amanecer». Vaya donde vaya, Herzog encuentra una tipología increible, como la que reúne en su visita al Polo Sur con «Encuentros en el fin del mundo». Tiene un imán para atraer a la gente extraña, dado que ni en Hollywood es capaz de hacer una película normal. Pronto estrenará un trhriller sobre un psicópata producido por David Lynch con el título de «My Son, My Son, What Have Ye Done», al que seguirá una adaptación de la novela de Daniel Mason «El afinador de pianos», sobre un viajero del siglo XIX en Birmania. M. I.

La ruina económica del millonario nicolas cage

Por más vulgar y desmitificador que resulte, la explicación al descalabro de muchas carreras artísticas está en el vil metal. Son los problemas monetarios los que han llevado a Nicolas Cage a aceptar papeles que han hundido su credibilidad como actor, hasta el punto de hacer olvidar los tiempos en que fue descubierto por su tío Francis Ford Coppola como un prometedor talento. Lejos de reconocer sus errores, la todavía cotizada estrella de Hollywood ha culpado de su ruina económica a la mala administración de Samuel J. Levin, contra quien ha interpuesto una demanda millonaria, a su vez respondida con otra por parte del que fuera su gestor financiero en los últimos años.

Las cuentas de Nicolas Cage están siendo investigadas en estos momentos por el fisco norteamericano, mientras le llueven las demandas, entre otras la de la actriz Christina Fulton, que, por ser la madre de su hijo Weston, reclama en propiedad la vivienda que los dos comparten y que el ex reclama ahora en su desesperado intento para hacer frente a las deudas contraidas con tanto despilfarro. M.I.

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