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Ainara Lertxundi Periodista

Genio y figura hasta la sepultura

El transcurso de los años ha pasado cierta factura al ex capitán de fragata Alfredo Astiz. Ya no es aquel joven rubio, de ojos celestes y modales refinados que engañó, traicionó y entregó a quienes le arroparon como a un hijo. Azucena Villaflor, Esther Ballestrino de Careaga y María Eugenia Ponce de Bianco, al igual que otras muchas madres de la Plaza de Mayo, confiaron plenamente en él, abriéndole sus corazones. También lo hicieron las religiosas francesas Alice Domon y Léonie Duquet. Bajo el seudónimo de «Gustavo niño» sólo buscaba descabezar aquel incipiente movimiento ciudadano en búsqueda de la verdad. Treinta y dos años después, se sienta en el banquillo de los acusados junto a una veintena de represores de la ESMA. La lista de crímenes que se les imputa es tan larga como cruel.

Desde el inicio de la vista oral, se ha mostrado altivo, desafiante y orgulloso de su pasado. En ningún momento ha bajado la mirada ni expresado el más mínimo atisbo de arrepentimiento ante los familiares de desaparecidos y ex detenidos que, a pocos metros de distancia, siguen las sesiones en el Tribunal Federal número 5 de Buenos Aires.

Hace unas semanas le tocó prestar declaración. Lo hizo durante setenta y ocho minutos, en los que, parafraseando al ex presidente Perón, defendió la necesidad de «exterminar terroristas» y denunció «un ataque organizado y sistemático al grupo de personas que combatió el terrorismo». Astiz finalizó su intervención con una advertencia o, más bien, una amenaza a quienes reclaman justicia. Quien alardeaba de ser «el mejor preparado para matar políticos y periodistas», advirtió a los presentes que «los implicados en esta persecución deberán responder en el futuro». No cabe duda de que Astiz y sus compañeros de banquillo no traicionan sus raíces.

Pero pese al complejo tejido que dejó la dictadura, la sociedad argentina y, sobre todo, los supervivientes han logrado poner contra las cuerdas a sus responsables y mitigar tantos años de impunidad. En otras latitudes ni siquiera hay procesos judiciales y los Astiz de turno continúan como si nada.

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