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Floren Aoiz www.elomendia.com

¿Que traigan la paz ellos?

El nacionalismo español parece empeñado ahora en ponerse a la altura del sionismo más extremista, como un macarra arrogante capaz de amenazar con el puño a cualquiera, pero ésta no es la manera más inteligente de responder a la mirada de la comunidad internacional

Podíamos haber pasado del «que inventen ellos», expresión del desprecio a la innovación y el progreso, al «que traigan la paz ellos». Por lo menos, habría sido una manera de dejar hacer a otros lo que los nacionalistas españoles son incapaces de hacer. Pero, como el famoso perro del hortelano, ni solucionan el conflicto ni permiten a los demás que lo intenten, así que han respondido con un sonoro coro de rebuznos a los esfuerzos de destacados agentes de la comunidad internacional para colaborar en la búsqueda de una solución civilizada al mal llamado conflicto vasco. Pero no ha debido de parecerles suficiente, de modo que han querido adornarlo con una sarta de necedades impensables donde existe una mínima cultura democrática. Así, se han permitido despreciar a personas que han desempeñado un destacado papel en la solución de conflictos graves y dolorosos. Les han acusado de defender oscuros intereses personales. Han llegado a presentar como colaborador de ETA al ex secretario general de Interpol. Hemos leído y oído estupideces que suenan como un canto a la intolerancia, la cerrazón y el fanatismo. Otra vez nos han querido vender el cuento de la línea roja marcada por la solidaridad con las víctimas, con quienes ellos dicen que son víctimas, claro. Ellos, que han construido su «democracia» sobre la impunidad de millares de criminales.

No esperamos que lo entiendan pero, fuera del fanatismo españolista, a la gente le extraña bastante que se salvaguarde la memoria del brazo derecho de Franco, considerado ni más ni menos que víctima del terrorismo. El nacionalismo español parece empeñado ahora en ponerse a la altura del sionismo más extremista, como un macarra arrogante capaz de amenazar con el puño a cualquiera, pero ésta no es la manera más inteligente de responder a la mirada de la comunidad internacional.

¿Creen que esas personalidades han firmado la declaración de Bruselas porque han sufrido una insolación? ¿Piensan que los han abducido en una herriko taberna atiborrándolos a chipirones y buen vino? ¿No son capaces de comprender que detrás de su aparición ante la opinión pública hay un tejido de apoyos al más alto nivel? ¿Ni siquiera lo han captado tras el fracaso de sus intentos para que algunos de ellos echaran marcha atrás?

Esas personas no se han caído de un guindo. Tendrán uno u otro nivel de conocimiento sobre nuestra situación, pero es obvio que no han sucumbido a la versión española del conflicto no político ha de revolverse policialmente. Dicho de otro modo, son la demostración del fracaso del nacionalismo español en su intento de lograr la complicidad absoluta de la comunidad internacional con su estrategia represiva.

La Declaración de Bruselas debe entenderse en esa clave. No la firma ningún gobierno, es obvio, pero «ya tú sabes». Es más, muchos gobiernos proclamarán su pleno apoyo al español y lo aplaudirán públicamente. Pero la Declaración de Bruselas ha surgido por y para algo.

La partida principal se está jugando en Euskal Herria, y la protagonista principal es la sociedad vasca, pero no está mal que nos preguntemos qué hay detrás de los estallidos de furia de los nacionalistas españoles.

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