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Martin Garitano, Periodista

La obra de Telesforo

Estas primeras semanas de 2011 se nos muestran repletas de trigésimos aniversarios. Treinta años han pasado ya desde que ETA secuestrara y diera muerte al ingeniero jefe de Lemoiz, Ryan Estrada. La central nuclear nunca llegó a ponerse en marcha.

También se cumplen tres décadas del tormento hasta la muerte del zizurkildarra Joxe Arregi. Los torturadores fueron rehabilitados y algunos condecorados y ascendidos.

Luego vino la protesta de los electos de Herri Batasuna ante el rey de España, impuesto por Franco en sus Cortes de opereta y ratificado en aquel patético testamento que leyó con tristeza infinita el fascista Arias Navarro y escucharon con alborozo todos los demócratas.

Y el 23-F, la asonada militar que ha dado lugar a la mayor mentira de la reforma, urdida para proteger al heredero de Franco y que sirvió a los poderes del Estado para que el proceso de descentralización autonómico no se les fuera de las manos y los nudos, que estaban atados y bien atados, no se desataran.

Se podría escribir mucho sobre los cuatro sucesos citados y, con la perspectiva que dan las tres décadas pasadas, presentar conclusiones bien distintas a las que los voceros de la reforma posfranquista española pretenden grabar a fuego en las páginas de la Historia.

Pero el próximo día 9 se cumple también el aniversario del fallecimiento de Telesforo Monzón, una figura clave para entender el devenir del independentismo que representa la izquierda abertzale hoy en día.

Monzón, la elegancia en la política y la firmeza en la defensa de los principios, dejó atrás décadas de militancia en un jelkidismo inoperante y resignado a esperar la muerte natural de Franco y apostó por la nueva generación de combatientes por la libertad. Tuvo la claridad de ideas y el valor de romper con la comodidad e implicarse de hoz y coz en la fundación de Herri Batasuna, la unidad popular que se negaba a la asimilación en el nuevo sistema que, revestido con ropajes democráticos, mantenía -y mantiene- condenado al pueblo vasco al sometimiento.

Monzón lo vio claro y lo dijo. Lo expresó en sus escritos, en sus canciones, en sus mítines, y por ello fue vilipendiado, difamado, detenido, marginado y encarcelado. Pero nunca perdió la sonrisa ni el ánimo.

Ahí está su obra. Y en tiempos de esperanza es justo reconocer que hemos llegado aquí gracias a gente como Telesforo.

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