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Codicia y cinismo ante el horror marfileño

Un espasmo de violencia mortífera sacude a Costa de Marfil. Tras las elecciones presidenciales de noviembre de 2010, verificadas por la ONU, el líder de la oposición Alassane Ouattara fue reconocido como ganador. El presidente, Laurent Gagbo, se negó a ceder el poder. Las elecciones se han transformado en una peligrosa disputa de poder cuya implosión ha derivado en una escalada de atrocidades indecible, algunas cometidas por el Ejército, y la mayoría, por las violentas y variopintas milicias que apoyan a ambos bandos. Las torturas, los atentados selectivos, las desapariciones forzosas, las violaciones sexuales de motivación política o calcinar en público seres vivos forman parte de la colección diaria de horrores que ya se ha cobrado centenares de muertos y obligado a decenas de miles a huir.

Si hace una generación se preguntaba a cualquier africano occidental que pensara en un país estable y próspero, la respuesta hubiera sido Costa de Marfil. Primer productor mundial de cacao, era un lugar de gente amable, que acogía a inmigrantes de los países más pobres del mundo, como Mali o Burkina Faso. Pero en 2002 se partió en dos. El norte, musulmán -como Ouattara-, con lazos étnicos y tribales con países vecinos, y el sur -dirigido por Gagbo-, que se considera guardián de la esencia marfileña, lucharon en una guerra abierta, con intervención de países regionales y potencias coloniales, especialmente el Estado francés. Las últimas elecciones presidenciales se suponían que serían las de la reunificación del país. Nada más lejos de la realidad. La transferencia pacífica de poderes a través de elecciones libres no es la norma en África.

Los marfileños querían un presidente, pero ahora tienen dos. Ouattara controla el Banco Central y Gagbo el Ejército. Querían paz y tienen guerra. Querían prosperidad y la economía cerró la persiana. Algunos líderes africanos se preguntan por qué los poderes mundiales centran su atención en Libia y no en Costa de Marfil. ¿Qué diferencia a la «población civil» de ambos países? La hipocresía, la codicia y un ejercicio cínico del poder a gran escala dominan una política internacional para la que Costa de Marfil puede esperar... desangrándose.

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