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La «religión» del crecimiento como dictadura del presente

Desde que en el año 2007 las fuerzas económicas de los mercados, con las hipotecas subprime como herramienta, llevaron a la economía global al borde del abismo, el saqueo de los bienes colectivos no conoce descanso. La ideología neoliberal y la «religión» del crecimiento económico maquinan, y la política hace. Convertida la economía en un gran casino, ahora mandan jugar al dominó, y Atenas, Dublín, Lisboa, Madrid y Roma sucumben al dictado. La eurozona, incapaz de resolver el «problema griego» y acosada por los «tres gigantes» estadounidenses -las agencias de calificación Moody´s, Fitch y Standar & Pool-, se enfrenta ya a un desastre que amenaza no sólo su moneda única, sino también su credibilidad y el propio ideal europeo. Ni siquiera Barack Obama, impotente ante su minoría parlamentaria en Washington, puede escapar a unas maniobras especulativas que han conseguido que los bonos de Estados Unidos dejen de ser la «inversión más segura del mundo».

La estrategia para salir de este atolladero está haciendo aguas. Ni siquiera puede llamarse por ese nombre al ir saltando de país en país, rescate tras rescate, implementando medidas que sólo ganan tiempo a un coste socialmente inasumible. Esta semana el Banco Central Europeo dio otro buen ejemplo de ello: volvió a subir el precio del dinero apretando así, todavía más, la soga al cuello de los países «rescatados» o candidatos al rescate.

Nadie explica, dos más dos cuatro, la verdadera dimensión del problema. Pero cada vez son más quienes sienten, con mayor o menor impacto, los zarpazos de una bestia que no crearon y que ahora se revuelve para alimentarse a su costa.

La frustración y la indignación social son grandes y comprensibles. Pero quizá convendría plantear nuevos enfoques y cambiar ciertos esquemas.

¿Universalizar nuestro nivel de vida?

Cuando la Asamblea General de la ONU ratificó, allá por 1948, que «toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios; y asimismo la seguridad en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez», no tenía en mente el derecho a dos o tres coches por familia, televisiones con pantalla de plasma múltiples, aire acondicionado y frigoríficos para todos. Seguramente no podía imaginar que el uso global de energía crecería hasta el máximo histórico que ha alcanzado la humanidad a inicios del siglo XXI, que la demanda de petróleo superaría los 100 millones de barriles diarios -con el incremento de las emisiones y sus consecuencias medioambientales y climáticas-.

Difícilmente imaginaría que en una década los habitantes de mundo occidental han doblado la cantidad de ropa que compran. Que los bienes de consumo ya no son durables, que la vida útil de los instrumentos electrónicos se iría acortando. Y qué decir del 40% de la comida de EEUU o el 30% de la europea que es arrojada antes de llegar a ser consumida.

¿Pero qué significa un nivel de vida adecuado bajo los estándares universales de ese derecho humano básico? ¿Y cuál sería el resultado si fueran estandarizados en todo el mundo?

Una utopía para millones de personas

Está ocurriendo lo que se supone que debe ocurrir en una economía del crecimiento, en un mundo cada vez más «IKEAizado», de usar y tirar, que sólo puede funcionar inventando frenéticamente nuevas necesidades.

El nivel de vida que disfrutamos es una utopía para miles de millones de personas mientras 1200 personas sigan siendo propietarias del tres por ciento de los bienes privados del mundo y, a su vez, la mitad de la humanidad apenas posea un dos por ciento. Pretender que todo el mundo emule el estilo de vida occidental se asienta en una lógica perversa: quieren copiarlo, ergo tiene que ser correcto.

La creciente capacidad de destrucción masiva de las sociedades de consumo no sólo se asienta sobre la base de que los ganadores se hacen más ricos y los perdedores más pobres, sino también porque constituye una injusticia generacional de proporciones históricas. Podría describirse como una dictadura del presente a expensas del futuro. O quizá, simplemente, como lo contrario de la inteligencia.

Progreso como eliminación de privilegios

Alcanzar un futuro diferente es un reto para la política. Requiere un cambio radical de la economía y las formas de vida, una nueva intolerancia contra la violación crónica del derecho humano a la supervivencia futura. Si a los capitalistas de principios del siglo pasado se les hubiera preguntado sobre el trabajo infantil o la jornada laboral de 12 horas, hubiesen respondido que nada podría funcionar sin ello. Hubo que organizar la política, tomar decisiones frente a una resistencia masiva. Y luchar. El trabajo infantil fue prohibido y la jornada laboral de 8 horas implementada.

Estos ejemplos, y tantos otros, demuestran que la modernización y el progreso sólo puede ser el resultado de la laboriosa conquista de eliminar privilegios. La política no progresará si hace de la protección de los privilegios la razón de su existencia. Si no actualiza la conversación de desechar y reemplazar los fundamentos básicos de la sociedad capitalista de consumo.

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