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El preso político en la evolución del drama y del documental carcelarios

El cine de denuncia sobre abusos carcelarios ha tomado un nuevo giro a raíz de la circulación por internet de imágenes procedentes de Guantánamo o Abu Ghraib, tanto en el caso de la ficción como del documental

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Mikel INSAUSTI Crítico de cine

Entre otras muchas cosas, internet ha permitido conocer de primera mano la situación en cárceles y centros ilegales de detención de las víctimas de abusos y torturas generada por la beligerante reacción estadounidense a los atentados del 11-S. Por primera vez en la historia el cine ha podido contar con un material de referencia incontestable en su inmediatez. Esa urgencia que no admite dudas está presente en «Camino a Guantánamo» (2006), una fiel recreación por parte de Michael Winterbottom del secuestro de cuatro jóvenes de origen paquistaní, encerrados durante cuatro años en Guantánamo sin ninguna garantía judicial ni posible defensa.

En la misma línea se inscribe «Standard Operating Procedure» (2008), del oscarizado documentalista Errol Morris, que causó conmoción en la Berlinale ante el testimonio audiovisual de las prácticas sádicas del Ejército estadounidense durante la invasión de Irak en Abu Ghraib.

El conflicto norirlandés y otros similares. Todavía está muy reciente el impacto de «Hunger» (2008), la aclamada ópera prima del afroinglés Steve McQueen, por la que recibió la Cámara de Oro en el Festival de Cannes. Recrea la huelga de hambre de 1981 llevada a cabo por los presos del IRA en Maze Prison. El cineasta traza un impresionante retrato de la figura clave de Bobby Sands. No cabe duda de que es la mejor y más directa película que se ha hecho sobre el tema, aunque «En el nombre del padre» (1993) fue hecha para llegar a un público más amplio. No en vano, trataba sobre la injusticia cometida con Gerry Conlon, encarcelado en 1974 por un atentado en el que no había intervenido por el mero hecho de ser un norirlandés residente en Londres.

Se podrían citar otras películas de distinta procedencia que también inciden en el nacionalismo como causa de la represión carcelaria, pero más ejemplar que ninguna resulta la turca «El muro» (1983), en la que Yilmaz Güney describía las duras condiciones soportadas por los represaliados kurdos en una prisión de Ankara. Tampoco quisiera dejar de mencionar una obra tan importante como «La Question» (1977), donde Laurent Heynemann abordaba las atrocidades del Ejército colonialista francés en Argelia, con la aplicación sistemática de métodos de tortura nada democráticos a los independentistas.

Los años de plomo en Alemania. «Stammheim, el proceso» (1986) es la muestra más rigurosa y objetiva de cine político libre de servidumbres ideológicas, ya que todavia no ha sido superada a la hora de tratar con exactitud el juicio en la prisión de máxima seguridad del título seguido contra Baader-Meinhof, y que culminó con las muerte de los encausados en sus celdas, bajo la versión oficial del suicidio.

La democracia alemana quedó en entredicho, asunto que también trata en profundidad Margarethe Von Trotta en su drama «Las hermanas alemanas» (1981). El nuevo cine alemán de aquella época supo tratar mejor la realidad de los presos de la RAF que otras realizaciones más recientes.

Las cárceles de la dictadura. El cine brasileño se ha destacado en la producción de películas sobre los presos en tiempos de la dictadura militar, junto con el argentino. De la primera procedencia caben destacar «El beso de la mujer araña» (1985), de Héctor Babenco; «Pra frente, Brasil», (1982), de Roberto Farias; o «Casi dos hermanos» (2004), de Lúcia Murat. En la producción argentina sobresalen «Garage Olimpo» (1999), de Marco Bechis; «La noche de los lápices» (1986), de Héctor Olivera; o «Crónica de una fuga» (2006), de Adrián Caetano.

En el Estado español se han hecho muchas películas sobre el franquismo, pero no tantas centradas en la privación de libertad a causa de las ideas políticas. «Entre rojas (1995), «Salvador» (2006) o «La voz dor- mida» (2011) son además aproximaciones ficcionales muy poco comprometidas con la realidad.

Más interesantes son las dos aportaciones de nuestro cine, la pionera de Imanol Uribe con «La fuga de Segovia» (1981) y la actual de Mikel Rueda con «Izarren argia» (2010). Una localizada en el tardofranquismo y otra en la Guerra del 36.

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