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CRíTICA: «Los diarios del ron»

Las crónicas etílicas de un joven periodista «gonzo»

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Mikel INSAUSTI

En «Los diarios del ron», Johnny Depp hace un encomiable esfuerzo por encarnar al Hunter S. Thompson de la primera época, tirando de su capacidad de transformación para parecer mucho más joven. No comete el error de priorizar el cambio de aspecto físico, porque lo que busca es profundizar en su conocimiento del mismo personaje al que ya encarnó en «Miedo y asco en Las Vegas», intentando imaginar cómo serían sus comienzos antes de convertirse en el padre del periodismo «gonzo». La caracterización resulta bastante menos alocada en esta nueva fase, debido a que en su juventud es descrito si no como un profesional más ingenuo, sí como alguien que todavía no se ha vuelto tan desengañado por la realidad como para situarse definitivamente al borde de la autodestrucción.

En consecuencia, tiene lógica que la película del inglés Bruce Robinson resulte menos salvaje y suicida que la de Terry Gilliam, inclinándose más hacia la estética del cine negro clásico por pura proximidad temporal con la década de los 50. La línea argumental también se presta a esa deriva genérica, porque, a fin de cuentas, se trata de una historia de corrupción investigada por un reportero al modo en que lo haría un detective. Todo remite al policiaco de ambiente colonial, con la diferencia de que el protagonista tiene una opinión política al respecto, gracias a su independencia dentro de la plantilla de un decadente diario de Puerto Rico publicado en la isla para los turistas estadounidenses.

El joven periodista no se venderá al hombre de negocios que pretende construir hoteles en una zona virgen, ya que lo único que le interesa del magnate es la mujer fatal que le acompaña, junto con el descapotable que el mafioso le presta para que la saque a pasear. A pesar de las continuas borracheras, nunca perderá del todo la consciencia, manteniéndose en su sitio sin cruzar la raya que delimita la libertad de opinión. Su alcoholismo tropical no alcanza en ningún instante el delirium tremens, salvo por la inserción de un plano subjetivo en el que los bolos son sustituidos por botellas de ron rotas en mil pedazos cuando la bola choca contra ellos. Eso y el momento puntual en que ve crecer la lengua de su colega bajo los efectos de una sustancia lisérgica.

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