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CRíTICA: «El enigma del cuervo»

Una ficción sobre la misteriosa muerte de Poe

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Mikel INSAUSTI

Cuenta la leyenda que Edgar Allan Poe fue visto poco antes de morir en Baltimore, a mediados del siglo XIX, vagando por las calles desoriantado y repitiendo obsesivamente un nombre: Reynolds. También dicen que la última frase que pronunció fue: «¡Qué dios se apiade de mi pobre alma!». Con tan inconexo par de pistas, los guionistas Ben Livingston y Hannah Shakespeare han inventado una intriga criminal que llena el vacío del misterio por el camino de la pura ficción. Su propuesta viene a ser una original revisión del clásico «who-do-nit» de las novelas de Agatha Christie, al hacer participar al propio Poe en la investigación de una serie de asesinatos inspirados en muertes descritas en sus poemas y cuentos de terror.

La puesta en escena literaria de los crímenes coincide bastante con los textos de referencia, salvo por alguna licencia que no rompe la unidad del conjunto. Están sacados de «El cuervo», «Annabel Lee», «El entierro prematuro», «El corazón delator», «El misterio de Marie Rogêt», «Los crímenes de la calle Morgue», «La máscara de la muerte roja», «El pozo y el péndulo», «Un sueño es un sueño», «La verdad sobre el caso del señor Valdemar» y «El tonel de amontillado». Ya que se trata de resolver el consabido «¿quién-lo-hizo?», es ahí donde el guión no sorprende, porque el culpable resulta ser alguien demasiado cercano al principal sospechoso. Aún así la responsabilidad de que la película no ofrezca finalmente lo que promete su planteamiento argumental no es de los guionistas, sino única y exclusivamente del realizador.

Debe ser que James McTeigue no funciona fuera del cine de acción, o que sin el respaldo de los hermanos Wachowski se aleja demasiado del impactante resultado conseguido en «V de Vendetta». Sea como fuere, se vuelve irreconocible y es incapaz de imprimir verdadera tensión al relato y de dar continuidad a la narración, por lo que las escenas de los crímenes quedan como cuadros sueltos de horror gótico. Tampoco acierta con la dirección interpretativa, dejando que John Cusack se salga de la película, en lo que acaba siendo una imitación involuntaria del Nicolas Cage más histriónico, con problemas de teñido y postizo capilar incluidos.

 

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