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Isak Dinesen, ms all de sus memorias africanas

El pasado 7 de setiembre se cumplió el cincuenta aniversario de la muerte de la escritora danesa Isak Dinesen, el seudónimo más conocido que adoptó la aristócrata Karen Blixen para firmar su obra. Gracias a los recuerdos que cosechó durante su estancia en África, legaría para la posteridad una de sus obras más conocidas, «Out of África» («Lejos de África»), que inspiraría la célebre película de Sydney Pollack «Memorias de África» (1987).

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Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong. El ecuador atravesaba aquellas tierras altas a un centenar de millas al norte, y la granja se asentaba a una altura de unos seis mil pies. Durante el día te sentías a una gran altitud, cerca del sol, las primeras horas de la mañana y las tardes eran límpidas y sosegadas, y las noches frías». Así comienza una de las narraciones más conocidas de la escritora danesa Isak Dinesen, «Lejos de África» o «Memorias de África». Mientras sentimos la calidez de la sabana africana e imaginamos la luz que perfila esos paisajes añorados de Kenia, intuímos en su prosa una letanía heredada de los cuentos tradicionales nórdicos, aquellos que se inician con el consabido «Érase una vez...» y culminan de manera imprevista. Adoptada la fórmula, quizás sea conveniente iniciar este recorrido siguiendo las pautas establecidas.

Érase una vez en Rungsetlund una fastuosa finca ubicada al norte de Copenhague, hogar de una familia acomodada en la que nació, en abril de 1885, una niña llamada Karen Christenze Dinesen. Su padre fue militar y político y sentía una gran pasión por la caza -plasmada en varios libros- y por encontrar el placer sexual en camas ajenas o graneros solitarios. Fruto de esta última afición contrajo una sífilis que solucionó drásticamente quitándose la vida. En 1903, Karen subvirtió las normas de los cuentos y se enfrentó a su familia cuando anunció su intención de estudiar Arte en la Academia Real de Copenhague y publicó sus primeros cuentos. Nueve años más tarde, y a falta de un Príncipe Azul, nuestra protagonista se casó con su primo, el barón Bror Blixen-Finecke (hermano gemelo de aquel del que se enamoró durante su adolescencia), y junto a él iniciaría su primera gran aventura, aquella que la marcaría definitivamente en cuanto se trasladó a Kenia con intención de instalar una plantación de café. La boda se celebró en Mombasa y Karen no tardó en darse cuenta que el barón también pertenecía a esa clase de hombres que buscaba placer en camas ajenas. Fruto de esta afición, Karen Blixen contrajo la misma enfermedad que su padre y, en 1921, decidió separarse de este lúbrico barón rampante.

Antes de abandonar este capítulo, no podemos olvidar que la baronesa Blixen, quizás aburrida de las constantes fugas de su marido o bien seducida por el exótico encanto africano -los atardeceres de Kenia siempre provocan todo tipo de calores-, mantuvo una relación con el aguerrido cazador y hacendado británico Denys Finch-Hatton. El final de esta aventura fue determinado por un fatídico accidente de avioneta, y el romance africano comenzó a debilitarse en cuanto un incendio y una serie de pésimas cosechas marcaron el declive definitivo de la Leona -así denominaban a la granja africana los nativos kikuyus-, lo que provocó que la baronesa Blixen se viera en la obligación de malvender su adorada finca y regresar a Europa.

A comienzos de los años treinta topamos con ella en Dinamarca, en su hacienda familiar de Rungsetlund, donde invirtió dos años de su vida en la escritura de «Siete cuentos góticos». Las editoriales rechazaron este manuscrito y la baronesa, siguiendo la fórmula que adoptaron con anterioridad George Sand o George Eliot, adoptó un seudónimo masculino: Isak Dinesen. Así logró que el libro, escrito en inglés, fuera publicado en Estados Unidos. El éxito fue tan fulgurante como inesperado y el nombre real que ocultaba su seudónimo no fue revelado hasta que transcurrieron tres años, cuando publicó «Lejos de África», el relato de sus experiencias keniatas. A partir de entonces, nuestra protagonista se transformó en una especie leyenda viviente, rodeada de un misterio que ella misma se encargó de cultivar de manera minuciosa.

Gracias a la biografía que sobre ella publicó Judith Thurman se supieron los capítulos que hemos narrado y la célebre película de Sydney Pollack «Memorias de África» propició el redescubrimiento de Dinesen pero, como suele ocurrir en muchas ocasiones, la novela en la que se basa el filme terminó por eclipsar el resto de su obra.

Por fortuna, la edición de «Cuentos reunidos» permitió recuperar la parte más importante de su literatura y nos descubrió su enraizamiento en la tradición del romanticismo clásico. Los treinta y cinco relatos de «Cuentos reunidos» pertenecen a los cuatro libros de relatos que Dinesen publicó en vida: «Siete cuentos góticos»(1934), «Cuentos de invierno»(1942), «Anécdotas del destino» (1960) y «Últimos cuentos»(1957). Con posterioridad, se ampliaría la bibliografía con la edición póstuma de «Ehrengard» y «Carnaval».

Aunque comenzó a publicar libros tardíamente, la vocación de Karen ya había despuntado en su juventud. Con 22 años publicó en varias revistas danesas «Los eremitas» y «El labrador». Otro cuento, «La familia De Cats», de 1909, fue recopilado, a diferencia de los anteriores, en la obra póstuma «Carnaval». Después de «Siete cuentos góticos», a mediados de los años treinta, publicó otros tres libros de relatos -citados anteriormente-, dos memorias africanas -«Lejos de África» y «Sombras en la hierba»-, y una novela, «Las vengadoras angelicales»(1944), firmada con otro seudónimo: Pierre Andrézel.

La popularidad de Blixen encontró su clímax en 1959, cuando fue invitada a una gira por los Estados Unidos, que se prolongó durante algunos meses. Además, en dos ocasiones estuvo a punto de ganar el Premio Nobel de Literatura: en 1954 se lo concedieron a Ernest Hemingway y este señaló que el galardón debía haber sido adjudicado a Isak Dinesen. En 1957, el premiado fue Albert Camus.

La escritora Carson McCuller decía de ella que solo se alimentaba a base de ostras y champagne, y entre su singular y rico anecdotario figura una escena que espolea nuestra imaginación. Un día, le preguntaron a quién quería conocer y ella no dudó en nombrar a Marilyn Monroe. Este encuentro se produjo durante un almuerzo en que, según narran fuentes de primera mano, tras una animada conversación, Dinesen y Marilyn acabaron bailando sobre una mesa y quien sabe si, al igual que ocurría en la película «Uno, dos, tres» del gran Billy Wilder, la música que dictó este frenesí fue «La danza del sable», de Aram Jachaturián. Ignoramos cómo terminó el festival, pero lo que sí se sabe es que, desde ese instante, la escritora siempre albergó un sentido cariño hacia el mito dorado de Hollywood: «Marilyn irradiaba una ilimitada vitalidad y una especie de increíble inocencia. Sólo había visto algo parecido en un cachorro de león que me mostraron en África mis sirvientes nativos...». Su pasión por la literatura era directamente proporcional a su alegría vital, tal y como confesó a su gran admirador Truman Capote: «Leo tan rápidamente que me es difícil estar abastecida. Lo que le pido al arte es atmósfera, ambiente. Algo que escasea en el menú de hoy. Nunca me canso de los libros que me gustan, puedo leerlos veinte veces. Puedo, y lo he hecho. «El rey Lear». Siempre juzgo a una persona según su opinión sobre el rey Lear. Naturalmente, uno quiere una página nueva, un rostro diferente. Tengo un talento especial para la amistad; con lo que más disfruto es con mis amigos: moverme, salir, conocer nuevas personas y ganármelas».

Koldo LANDALUZE

Secuencia:Truman Capote-Isak Dinesen
Truman Capote está a punto de desaparecer, engullido por un enorme y mullido sillón. Cuando por fin logra acomodarse, pone en práctica una de sus grandes pasiones: diseccionar a su anfitriones. «La baronesa –señala Capote–, que pesa como una pluma y es tan frágil como un puñado de conchas, recibe a sus visitantes en un salón amplio y resplandeciente, salpicado de perros dormidos y calentado por una chimenea y una estufa de porcelana; en el salón, como creación imponente surgida de uno de sus propios cuentos góticos, está sentada ella, cubierta de peludas pieles de lobo y tweeds británicos, con botas de piel, medias de lana en sus piernas, delgadas como los muslos de un hortelano». La baronesa le recuerda que durante su juventud le gustaba mucho cazar, pero su mayor interés durante los muchos años que pasó en África fueron los nativos africanos de todas las tribus –la baronesa suspira, pero ignoramos el tono y sentido de este suspiro–, en particular los somalíes y los masai. «Estimado Truman –responde ella–, la vida no era fácil dirigiendo una plantación de café. Más de cuatro mil hectáreas de labranza, y langostas y sequía… y nos dimos cuenta demasiado tarde de que la meseta donde estábamos ubicados resultaba demasiado elevada para poder cultivar café». Capote topa con una muralla infranqueable de libros, millones de libros leídos por su anfitriona quien, esbozando una sonrisa misteriosa, sentencia «En realidad, tengo tres mil años y he cenado con Sócrates. Descubrí muy pronto a Shakespeare, y ahora siento que la vida no sería nada sin él».
K. L.
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