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Joxean Agirre Agirre | Sociůlogo

Rebeldes con causa

El autor parte de la gran movilización de Barcelona, «una auténtica demostración de fuerza en clave nacional», para acercarse al momento político que vivimos en Euskal Herria y responder a quienes se muestran agoreros, despachan sin contemplaciones el trabajo que se está haciendo y devalúan la aportación de tantos y tantos militantes. Agirre recuerda también que «la organización, la desobediencia civil, pero también el trabajo desde las instituciones y la sonrisa cuando toca sonreír, son parte del patrimonio de lucha de la izquierda abertzale».

Ha sido una auténtica demostración de fuerza en clave nacional, reconozcámoslo. La Diada de 2012 ha marcado un antes y un después en los logros movilizadores de Catalunya, gracias al empuje social de la Assemblea Nacional Catalana (ANC), heredera del movimiento que propició consultas sobre la independencia a lo largo y ancho del territorio catalán a partir de 2009, y al grado de exasperación y hartazgo transversal que el nacionalismo español ha extendido en los últimos tiempos sobre el Principat, sobre todo desde la laminación del nuevo estatuto de 2006. Desde España contemplan atónitos el hito movilizador del 11 de septiembre.

Otro tipo de miradas, de sana envidia podríamos decir, se han cernido sobre la histórica Diada. Entre ellas la de miles de independentistas vascos. Existe la percepción de que algo equiparable es imposible en Euskal Herria, al menos en la actual fase, dadas las dificultades del espectro independentista vasco para articular una estrategia de masas con el suficiente potencial político y movilizador. En las últimas semanas, distintos artículos de opinión han incidido en lo que califican como el retraso en la confección de una hoja de ruta soberanista. Su sustitución, añaden otros, por una estrategia autocomplaciente que otorga centralidad completa al institucionalismo. La pereza intelectual, el posibilismo, el complejo del neófito, el abandono de la ideología son parte del bagaje conceptual sobre el que se constituyen algunas dudas y desmarques, legítimas en su base, pero erróneas en su planteamiento.

La audacia y la falta de complejos hay que someterla a la prueba del algodón, que siempre pasa por afanarse en cambiar las cosas, sea el modelo social y económico, sea la estrategia, desde el compromiso permanente y la intervención directa allá en donde están los medios, los recursos y las oportunidades para hacerlo. Toda crítica y advertencia ha de ser discutida y tenida en cuenta, pero su credibilidad suele ser directamente proporcional al grado de coincidencia entre lo dicho y hecho por quienes critican.

La organización, la desobediencia civil, pero también el trabajo desde las instituciones y la sonrisa cuando toca sonreír, son parte del patrimonio de lucha de la izquierda abertzale. Con todas esas herramientas hemos hecho décadas de camino, pero la persistencia, la permanencia, la férrea determinación de pilotar desde dentro cualquier debate o cambio, han sido claves en la conformación de una nueva estrategia que tiene todo por demostrar, pero que es ilustrativa de la madurez de todas las tendencias y personas que, a costa de un gran desgaste, la siguen pergeñando. A pesar de todo lo que ha caído, todas esas personas me merecen el mayor de los respetos, defiendan lo que defiendan mientras discutimos. Así, en los últimos cincuenta años la estrategia ha ido reescribiéndose de forma constante, y en cada decisión se alojaba la semilla de su futuro cuestionamiento. Coherencia y pragmatismo en relación dialéctica.

Las hay de otra pasta. En Euskal Herria, pululan en la órbita intelectual de algunos movimientos que nada mueven, se parapetan en su blog con un seudónimo, o circulan como torcaces en otoño, sobrevolando las distintas expresiones del movimiento popular, poniendo los huevos aquí o allá, siempre huyendo del frío. Me vienen a la cabeza todos aquellos que han estado dos décadas exigiendo el fin de la lucha armada para dar paso a una estrategia civil, pacífica y de desobediencia y que, cuando encuentran el paso expedito para aportar, optan por seguir exigiendo a los de siempre que detallen en todos sus extremos el camino a recorrer para alcanzar nuestros objetivos sin miedo a sobrepasar la legalidad. Ni una idea, ni una iniciativa, avalada previamente con el compromiso personal o grupal. Ni antes, ni ahora.

No está de más decir que casi todas las críticas escuchadas estos días tienen un punto de partida honesto y que son bienvenidas. El reciente artículo de Antton Morcillo en GARA («Tiempo de rebeldía») es ilustrativo de ello. Sin embargo, cuando comparten espacio con la autoexclusión, se condimentan con insinuaciones acerca de que determinados modelos de gobierno y gestión son deudores del posibilismo, y de que se mina de forma consciente la tensión democrática y la importancia de las ideas, esas críticas me parecen fuera de lugar. Más aún en boca de quienes conocen mejor que nadie los límites e hipotecas de lo institucional, pero también los niveles de asamblearismo que concurrieron en su presencia previa en las listas, o el grado de debate que precedía a muchas de sus decisiones.

Es tremendamente difícil y complejo configurar una estrategia ganadora desde la plena coherencia y con todos los instrumentos y pasos intermedios definidos y ajustados a un único plan. Más aún cuando partimos de unas bases organizativas concretas, el ciclo de la ilegalización solo se ha cerrado en un pequeño tramo, y no caminamos solos, claro está.

Sea por desconocimiento o por desinterés, es obvio que esa visión de los hechos ignora o devalúa la aportación constante de cientos de militantes, y la ocasional de otros miles, en el ámbito de la socioeconomía, de la construcción nacional, de la vertebración territorial o de la normalización lingüística. También sus discusiones en torno a la gestión política e institucional, que no es más que la aplicación práctica -más o menos acertada- de lo debatido y acordado, en el marco correspondiente. La confrontación democrática, la necesidad de romper con una lógica asentada sobre lo que significa la política y la gestión pública, la desobediencia o la insumisión, no son juguetes para la dialéctica. Son la piedra angular de una estrategia aún en construcción, que necesita de todas las personas, de todas las ideas, de todos los compromisos que conforman cualquier debate ajeno a la soberbia intelectual. Quienes afirman que nada se discute y que nada se cuestiona, además de dejar patente que están alejados de cualquier marco de debate, desprecian a todos los que sí lo hacemos, desde la lealtad militante, y que, sin dejar de cabrearnos o preocuparnos en ocasiones, dejamos el vinagre para las ensaladas.

Con un año escaso de gestión política a sus espaldas, cabría esperar más del balance de resultados de Bildu, por supuesto. Lo cual no quiere decir que lo hecho sea poco. Como de sus antecesores en todas las instituciones, gobernasen o fueran oposición. Existirán fórmulas más ardientes y eficaces de combatir la lógica de los mercados o la del bloque político que sigue abogando por negar instrumentos democráticos a Euskal Herria, al igual que en la década anterior otros y otras fracasaron en el intento de acertar en el diagnóstico o en el de acelerar los tiempos. Pero juzgar, en vísperas de elecciones, las intenciones y caracterización del equipo que pondrá en marcha una ideas de cambio aún no hechas públicas es, cuando menos, provocador.

Cuando los prejuicios anteceden a las constataciones, la invitación enfática a despeinarnos más bien evoca la necesidad de vender peines a los calvos, y estamos, no lo olvidemos, en tiempos de sumar, de acumular fuerzas, para avanzar en lo nacional y romperle el espinazo al liberalismo en el terreno de lo social. En definitiva, además de actitud, la rebeldía será el precipitador del cambio, y esa, no otra, es nuestra causa.

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