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Antonio Alvarez-SolŪs | Periodista

El dictador en el andamio

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El Sr. Aznar ha dicho en Méjico que «nadie va a romper España». Y ha añadido que quienes pretenden «romperla» cometen «una deslealtad». «Romper» es un término demasiado rudo para usarlo en política. El Sr. Aznar es especialista en el empleo de términos contundentes. Ante una circunstancia que demanda negociaciones, acuerdos o reflexión, el expresidente del Gobierno español encara a sus adversarios nacionalistas acusándoles de «romper», de escacharrar, de destrozar España, ese delicado jarrón en el que nadie jamás ha puesto una flor de inteligencia.

El Sr. Aznar pretende que el debate sobre el futuro nacional de Catalunya o de Euskadi tribute a la raíz transgénica de la Transición, una «serie de pilares que no se deben poner en cuestión». España sigue siendo para la casta dictatorial la amada inmóvil, un ser que siempre está a punto de ser algo espléndido al que malogran los malvados. España no constituye una dinámica histórica sino que es un tope, un final de camino. En este sentido el sucesor ideológico de Franco -yo le veo así- subraya que «hemos tocado el cielo con los dedos muy recientemente, pero que ahora tenemos problemas serios». Supongo que el líder se refiere a la presunta esplendidez económica que entrañó su mandato, cuando él se subió a un andamio y edificó la fachada potemkiniana, tras la que no había nada que significase una construcción moderna de España. Ahora que se ha derrumbado ese caro biombo de ladrillo España vuelve a ser la amada inmóvil sostenida por caballeros que hablan con la vieja espada. Sobre todo no pensemos, porque el pensamiento es una deslealtad. La práctica intelectual sigue siendo para muchos españoles un sendero en cuyo final está sentado un juez administrando justicia.

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