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IŮaki LEKUONA | Periodista

A cuerno quemado

La República francesa está de enhorabuena: el Consejo Constitucional, garante de todos los derechos y libertades, azote de injusticias y desigualdades, tótem de toda sabiduría, súmmum de la justicia nacional, acaba de impartir una nueva lección de democracia bendiciendo como conforme a la Constitución el noble arte del toreo. Afirman los jueces supremos que «la diferencia de trato entre regiones» –las tauromáquicas y las que no, se entiende– no es en ningún modo anticonstitucional.
Sí que lo es, un suponer, ratificar la Carta europea de las lenguas, un texto que pretende otorgar un trato de favor a lenguas minoritarias que, en caso de ponerse en práctica, representaría un trato diferencial entre regiones. Porque, ¿qué es eso de que en unos territorios se hable una lengua que desconocen el resto de franceses? Eso es un ataque en toda regla a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad. Por ello la Constitución, ese  gran baluarte ciudadano, explicita claramente que el único idioma de Francia es, como no podría ser de otra manera, el francés.
Y por la misma regla de tres, Francia no puede permitirse una división territorial más allá de la región y del departamento, no puede admitir la creación de ninguna institución intermediaria, que así lo muge a la Constitución.
Y ante este panorama, mucho se tendrán que romper los cuernos los electos vascos para que las tres provincias vascas logren de París un reconocimiento institucional, cultural y lingüístico que alteraría el manso equilibrio actual. Máxime ante los requiebros que están haciendo los socialistas, verdaderos artistas del toreo político. Pues eso, que ya huele a aquello.

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