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ANÁLISIS elecciones en Paraguay

La hipótesis del cambio inercial

Las elecciones de hoy abren la interrogante sobre las condiciones sociales de posibilidad de modificar una estructura social con innumerables problemas y desafíos. El autor aporta algunas claves sobre quién es quién en este panorama electoral. El Partido Colorado, en el Gobierno hace casi 62 años (entre ellos, los 35 años de dictadura a la que sirvió de sustento), hace todo de su parte, incluso la tentativa de fraude electoral, para mantenerse en el poder. Y es que todo indica que hoy -tras varios intentos fallidos- la abigarrada gama de fracciones políticas opositoras al coloradismo, bajo el rótulo de Alianza Patriótica para el Cambio (APC), tiene la posibilidad de tomar el poder por las urnas.

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Luis ORTIZ SANDOVAL Sociólogo e investigador (Alai-Amlatina)

Lo que está en juego en los sufragios de hoy no es un punto en el tiempo, un quiebre razonado de dos momentos distintos de la historia paraguaya. Se juega más bien la necesidad de revertir políticamente un cambio inercial que ha venido dándose en los últimos 25 años. Eso sí, un cambio para mal.

(...) Se juega el voto contra el Partido Colorado como única posibilidad de romper con la Administración «stronista» del Estado. Y es que ahora, tras casi 20 años del derrocamiento de Alfredo Stroessner, el Estado autoritario que lo sostuvo está haciendo aguas, proceso que como muchos otros en Paraguay, fue posible más a causa del tiempo y la inercia que por una decidida voluntad política de la sociedad.

El voto por Fernando Lugo, ex obispo católico y candidato a presidente por la APC, es un acto político que traduce la única elección social soportada por miles de paraguayos en los últimos diez años: resistir estoicamente en el país o «dejar todo y largarse». Entonces, votar hoy, puede ser el golpe de gracia al inminente desmoronamiento del «Estado oligárquico colorado», en una situación crítica del país que recuerda la de aquel 2 de marzo de 1870, en que un país en ruinas debía renacer como el Ave Fénix de sus cenizas.

(...) Un modelo que aprovecha las instituciones formales de la democracia para disimular un modelo de acumulación económica antidemocrática, ya no se sostiene. La legitimación política de la reproducción social ha llegado al límite en que dejó de mostrarse como «dictadura perfecta». El Partido Colorado, desangrado en su disputa interna por la Administración «democrática» del saqueo, ha construido paradójicamente su propio desgaste: el rezago económico, el incremento del poder fáctico de la mafia y el empobrecimiento sin precedentes de su población-cliente, le valen hoy una inminente derrota electoral.

La dominación por empate hegemónico establecida entre los sectores del coloradismo durante los años de transición y concentrados en la oligarquía agroexportadora-terrateniente, la burocracia estatal y el empresariado de obras públicas, se ha agotado. (...) Para las elecciones de 2008, al Partido Colorado sólo le queda su oligarquía latifundista, núcleo duro de dicha asociación partidaria, impotente también de resolver su crisis económica y su legitimidad en un contexto sitiado por las invasiones de tierras por parte de campesinos indigentes y la presión de productores agrícolas brasileños. Una considerable parte de su base electoral ya no podrá ser «acarreada» como ganado a las urnas ya que ahora es una población que se reparte con el «oviedismo» y el reciente fenómeno «luguista».

Lino Oviedo,de una fracción de la clase dominante, de la agroexportación, del capital financiero y de las importaciones, refuncionaliza a su favor el viejo el populismo agrarista conservador colorado, que ya no tiene la misma fuerza, pues padece de los mismos dilemas con su base social clientelista: abandona el país o migra a la ciudad para diversificarse en experiencias y elecciones políticas variadas. Una de ellas, precisamente, la candidatura de Fernando Lugo.

Por su parte, Pedro Fadul, hombre políticamente «neutro», representa a una pequeña proporción de la población enriquecida gracias a la extrema desigualdad social y económica, encargándose de hacer circular -y cobrar caro- dinero volátil en un país donde las clases sociales empobrecidas hipotecan hasta lo que no tienen para acceder a miserables empréstitos, con intereses leoninos a favor de financieras y bancos. Su sector financiero-importador es de los más retrógrados de la economía paraguaya que, para no culpabilizarse del antiguamente condenado pecado de la «usura», lava su conciencia con su pertenencia a uno de los grupos más conservadores de la Iglesia católica.

Al igual que el partido del Gobierno, éstos proponen más de lo mismo. Apuestan por maquillar un sistema en ruinas sin tocar las causas de su decadencia: la insostenible desigualdad social y la extrema dependencia respecto a las fluctuaciones del mercado financiero mundial para una economía que importa la mayor parte de sus mercancías manufacturadas. Igual- mente, ni «oviedistas» ni »patriaqueridistas» pretenden tratar la controvertida pérdida de soberanía energética ante los dos grandes vecinos del MERCOSUR (Brasil y Argentina) y ni hablar de la cereza del pastel de problemas: la penetración brasileña a lo largo de la frontera este.

La pregunta de por qué UNACE y Patria Querida no formaron parte de la coalición opositora que está a punto de dar su golpe de gracia al Partido Colorado, debe hallar su respuesta en que los intereses que defienden y sus proyectos políticos no se distinguen del cometido de mantener, con otro ropaje, el status quo: Oviedo apuesta por la continuidad de la estructura socioeconómica tamizada por una Administración populista y Fadul, por reproducir la desigualdad social revestida de neoliberalismo.

Pero del lado de la APC el panorama no es de color de rosa. Conformada en su mayoría por el segundo partido en importancia electoral, el Partido Liberal (PLRA), se debate entre un proyecto democrático o la continuidad oligárquica del orden social. El Partido Liberal, de fuerte composición latifundista, no pudo distanciarse, en la «transición democrática» del Partido Colorado e impugnarlo (...). Sin embargo, a condición de ser «primera minoría», encabeza la coalición multipartidista y multisectorial, con Lugo al frente, como última alternativa para revertir su progresivo debilitamiento.

Mientras tanto, pese a su merma demográfica, la fuerza social más amenazadora del orden existente se sigue situando en el espacio rural. Los campesinos paraguayos construyeron alternativas de impugnación al Estado oligárquico y se mantuvie- ron en sus luchas a pesar de sus contradicciones. Es lo que podría llamarse la «izquierda social», que se constituyó y fortaleció pese a la indiferencia de los «socialistas de convento», que ven en la «cuestión urbana» la salida más fácil a un compromiso repartido entre la comodidad de la pequeña burguesía y la buena conciencia de apostar por la «cuestión social».

Si esto es cierto, y dada la constante atomización y discordia en la izquierda paraguaya, pueden verse excepciones como el de un sobrio sector socialdemócrata que va ganando fuerza en el mapa político: el Movimiento Político Tekojoja. Éste no ha cesado de crecer electoralmente y su principal base social se halla -acertadamente- en la población rural, convirtiéndose en el grupo política de izquierda con mayor probabilidad de representación parlamentaria.

Otro partido de izquierda, el Partido del Movimiento Al Socialismo (P-MAS), que consiguió una concejalía en Asunción en las últimas elecciones municipales, realiza, pese a compartir algunos errores con la izquierda conceptual, un trabajo cercano y minucioso con los sectores marginales de la capital y la juventud de la fracción baja de la clase media asuncena.

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