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Un acuerdo y una huelga para sumar y multiplicar, en un escenario de resta y división

Latiguillos como «nada nuevo» se han convertido en el manual con el que muchos portavoces políticos y medios de comunicación despachan cualquier iniciativa de la izquierda abertzale. Muchos volvieron a caer en esa infantil tentación el pasado domingo, cuando en el Palacio Euskalduna de Bilbo la izquierda abertzale y EA rubricaron su acuerdo estratégico y nacional. Por su finalidad -impulso al Estado vasco-, por su diseño -definición clara de las vías a utilizar para ello-, por el amplio espectro sociopolítico al que va dirigido -de la socialdemocracia a la izquierda- y por su transparencia -luz y taquígrafos-, resulta incontestable que no sólo se trata de algo nuevo, muy nuevo, sino de un acuerdo revolucionario, en la medida en que no aspira a que la situación vasca «evolucione» por los mismos parámetros actuales, sino a cambiarlos de raíz y abrir un nuevo ciclo.

Todos los elementos objetivos y de contexto sitúan el acuerdo del Euskalduna como un hito. Para empezar, es muy difícil hallar en la historia reciente vasca un caso en el que dos formaciones de trayectorias e historias diversas hagan el esfuerzo de alcanzar un punto de consenso estratégico y firmar un documento que les comprometa a ambas. Los pactos que se han producido, de todos los colores, siempre han sido por intereses electorales o de gobernabilidad, mucho más espúreos. Por otro lado, que uno de los dos firmantes sea la izquierda abertzale, a la que se lleva una década intentando sacar del juego político a toda costa, es otro elemento imposible de obviar. Y la apuesta por unir fuerzas se produce, además, en un momento en que en el mapa político vasco imperan la disgregación y la discordia, en todos los puntos del espectro: UPN y PP rompieron en Nafarroa, Hamaikabat se marchó de EA, y Alternatiba de EB, que a su vez sigue viviendo un fuerte enfrentamiento interno... Antes surgieron también CDN, Aralar o UPyD, componiendo un puzzle imposible que se complica todavía más si toma en consideración a todo el conjunto del país. Y en este escenario, resultan habituales los ejemplos de partidos cuya actuación no está enfocada a resolver problemas ciudadanos, sino a garantizar su propia supervivencia.

«Pucherazos» políticos y sociales

En este panorama de restas y divisiones, la izquierda abertzale y EA han apostado por la suma, esperando además que se convierta en multiplicación. Al primer bote del acuerdo del Euskalduna le ha sucedido el segundo de la invitación formal a Aralar, que deja claro que no se trata de la estación final de un camino ni de una maniobra táctica y cortoplacista, sino de una apuesta estratégica consolidada y que busca el inicio de una nueva época en Euskal Herria. Una fase en la que el objetivo principal es sumar mayorías ciudadanas desde la acción política. Y esto, claro está, supone toda una revolución para quien llevan décadas de vetos a la libre voluntad de la ciudadanía vasca, y a fuerza de retorcer las legislaciones de excepción han llegado a los infumables «pucherazos» institucionales de este siglo XXI.

No es de extrañar, por tanto, que los sectores que más rentabilidad política están sacando de ese escenario manipulado se hayan revuelto como gato panza arriba contra el acuerdo. Y que ya apelen al antídoto de siempre, al único del que disponen: agravar el apartheid político sacando del mapa oficial a otro sector abertzale más. No entienden nada. No parecen haber reparado todavía, por ejemplo, en que casi una década de veto al sector más aguerrido del independentismo no ha servido para bloquearlo políticamente y mandarlo al monte. Y no parecen haber leído que los firmantes del acuerdo del Euskalduna no están solos en el mundo. Allí hubo representantes de formaciones que gobiernan en Europa: NV-A en Bélgica, ERC en Catalunya, Sinn Féin en Irlanda... Para su desgracia, hay vida más allá del Tribunal de Estrasburgo, de las «listas negras» o de Schengen.

El acuerdo es una semilla para construir otra mayo- ría política. Probablemente ni siquiera sea necesario crearla, sino simplemente plasmar en el juego político e institucional una realidad que quizás ya exista en la calle. Es decir, se trata de hacer efectiva esa mayoría social. Por ejemplo, los expertos internacionales en resolución de conflictos que se reunieron hace diez días en Donostia, con Brian Currin a la cabeza, coincidieron en que les sorprendía gratamente constatar cómo en las encuestas que se realizan periódicamente en Euskal Herria una amplísima mayoría del país apuesta por el diálogo y la solución. La cuestión es cómo trasladar ahora esa fuerza social a los ámbitos de poder, algunos de ellos secuestrados directamente por impostores. Hacia ese horizonte va el viaje emprendido por EA y la izquierda abertzale, por una vía que puede sumar muchas voluntades. Su destino final es el Estado vasco, pero en el tránsito hay estaciones intermedias que requerirán otro tipo de acuerdos: la del escenario democrático pendiente, la de la excarcelación de los presos políticos, la del reconocimiento del derecho a decidir de la sociedad vasca, la de la territorialidad...

En el ámbito social también se palpa una mayoría real que no coincide con la oficial. Son legión quienes no comulgan con la receta única de PSOE, PS, PP, UPN, UMP o PNV ante la crisis económica, también entre sus votantes. Para todos hay una cita este martes en la huelga general convocada por un sector que sí es mayoría reconocida hace tiempo: el sindicalismo abertzale.

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