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Bittor Nuñez Rodríguez Colaborador de Eguzki

Veinte años defendiendo la madre tierra

El documento «Ega: construir Euskal Herria desde la Ecología» vaticinaba el fenómeno de la globalización y sus perniciosos efectos uniformizadores sobre los modelos culturales, económico-sociales y de planificación territorial existentes

En Grecia 46º, inundaciones en Inglaterra, China e India, plaga de topos en Castilla La Mancha, de langostas en Málaga, peligros nuevos como el de la mosca negra diminuta en el noreste español, extrañas enfermedades afectando a las abejas... sí, tenían razón quienes hostigaban a esos ecologistas radi- cales, a esos alarmistas que como profetas de desastres y milenaristas jugaban a adivinos mesiánicos de lo que decían que sería el cambio climático. Sólo un pequeño detalle que añadir a la acertada visión de esos ecologistas como mesiánicos y alarmistas. Lamentablemente, sus predicciones se han cumplido y la alarma no era falsa y hace ya más de treinta años que se podía haber evitado el desastre ecológico que nos está afectando. Y éste, como ven, es un problema que afecta a todo el planeta.

Cuando uno hace ya quince años se preguntaba por qué los seres humanos padecen tan alta inconsciencia colectiva e incapacidad holística de comprender cómo dependemos de la naturaleza, esa amnesia a la hora de recordar que lo que hacemos a Gaia nos lo hacemos a nosotros mismos... no podía imaginarse, que el sistema, lejos de cambiar, iba a ser capaz de absorber los mensajes del movimiento ecologista para reconvertirlos en una nueva herramienta de ventas. Los grupos más comprometidos, aquellos que practicábamos la ecología social de denuncia, actuábamos con una amplia visión de la interrelación existente entre el hombre y la tierra, entre la cultura, la economía, el trabajo y el medioambiente.

Al norte de la Península, un grupo ecologista como Eguzki, abordaría y plantearía nuevos paradigmas, que por lo novedosos y visionarios, quedarían relegados porque en las vanguardias sociales son los ecologistas los más polémicos en sus planteamientos globales y sinérgicos. Estoy refiriéndome al documento «Ega: construir Euskal Herria desde la Ecología», que se mostraba especialmente revelador, porque vaticinaba muchos años antes el fenómeno de la globali- zación y sus perniciosos efectos uniformizadores sobre los modelos culturales, económico-sociales y de planificación territorial existentes, para confluir en una privatización arrolladora de los beneficios que el sistema producía y una colectivización de la crisis ambiental y externalización de esa responsabilidad.

Algunos años después, este grupo ecologista lanzaba un nuevo paradigma sobre la necesidad de superar los análisis sintomáticos y las luchas reparadoras de los devastadores efectos del modelo neoliberal, por un nuevo ámbito de actuación: el origen y verdadera causa de toda la crisis ambiental a escala planetaria estaba imbricada y tenía como principal origen el modelo de desarrollo existente. Este era el mensaje más urgente, el de saber que cada árbol que defendíamos del bosque debía servirnos para contemplar la amenaza global que iba a propiciar el gran desierto que hoy sigue avanzando. Desde este análisis se lanza la propuesta de Lurra, y a partir de ese análisis nace una coordinación entre diversos actores sociales que hacen de la causa ecologista una nueva tarea, una urgente y necesaria internalización en sus propias organizaciones y discursos de las ideas y sensibilidades defensoras de amalurra. El manifiesto Lurra, así como otras muchas iniciativas, como los «Diálogos por la Tierra», han consegui- do extender más si cabe la necesaria conciencia para frenar no sólo el cambio climático, sino el desarrollismo salvaje, el urbanismo metropolizador, la uniformización social y cultural bajo la fagocitadora happy-live de la América de la hamburguesa y la chispa de la vida.

Nos trataban de locos, agoreros y fanáticos; pues bien, esperemos que esa locura se prolongue veinte años más, y sea una locura activa, comprometida y decidida desde los muy diversos ámbitos en los que se puede y se debe accionar la conciencia pública y el cambio hacia otra relación entre los pueblos, los seres humanos y amalurra. Este pasado fin de semana, nos reunimos nuevamente todos esos profetas histriónicos, esos retrasados que pretendíamos volver a las cavernas, a iluminar con candelas y velas nuestras casas por oponernos a las centrales nucleares. Esos que se oponían a la autovía, y ahora van con sus coches por esa misma vía a Donostia.

Sí, nos reunimos volviendo a reinventar la utopía, sabedores de nuestras propias contradicciones, sin complejos ni purismos estériles, celebrando los veinte años de apuesta por la vida en nuestros ríos, mares, playas, montañas, barrios y pueblos. Pudimos recordar las acampadas, las marchas y las ensoñaciones en un valle sepultado ya por las aguas, en un valle en donde la luz de las estrellas dieron fuerza a nuestros sueños y nos inspiraron en cada una de nuestras caminatas. Eguzki se convirtió en ese sol abrasador de Bardenas, las marchas en bicicleta, la furgoneta blanca de Oskar, y los días grises de Tudela y el disparo asesino que sesgó la juventud de Gladys en aquella primavera coja y manca. Y nos volvimos poetas del futuro, sabiendo que nada está perdido, porque Amalurra se revolverá y buscará su equilibrio y un despertar de conciencia, devolverá a la tierra lo que es de la tierra, al sol lo que es del sol, al agua lo que es del agua y los mares volverán a vestirse con su siempre fresca espuma blanca.

Mi más sentida felicitación a todos los que desde Eguzki defendimos la tierra como una madre que todo lo abarca. Hogei urte lurraren defentsan, amalurra defenda dezagun!

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