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Maite SOROA

Con el fútbol a vueltas

El partido entres las selecciones de Euskal Herria y Catalunya les ha puesto histéricos. E histéricas, claro. Edurne Uriarte, en «Abc», bramaba. Lean, lean: «El paisaje humano que ofrecía Bilbao el sábado en lo que este periódico tituló acertadamente `el aquelarre nacionalista' evocaba las identidades muertas, las de los españoles temerosos, callados, difuminados, perdidos entre las ikurriñas y senyeras agresivas, vociferantes, intransigentes, los gritos contra España y los petardos que explotaban como bombas en mitad de los transeúntes». Parece Pakistán, ¿verdad?

Uriarte -que me imagino que no estuvo en Bilbo esa tarde- quisiera «interrogar en aquel ambiente al presidente Zapatero y a esa ristra de asesores que se ríen de que España se rompa (...) los socialistas catalanes y gallegos han dado su visto bueno a este nuevo desafío independentista de las selecciones deportivas. Y el resto de socialistas españoles ni siquiera ha rechistado. Pero el rictus de la cara de Zapatero negando la ruptura de España en la Gran Vía bilbaína este sábado habría delatado su incomodidad interior. España aparecía rota y perdida en aquel lugar. No sólo en el País Vasco rural, también en el último resquicio de cosmopolitismo, tolerancia y pluralidad». ¡Qué paisaje!

Y ahora llega la desolación: «El lado cada día más relevante del desafío independentista en el País Vasco, y lo supongo comparable en Cataluña, es la muerte de la identidad española. Muerte en forma de silencio, de resignación, de adiós. `Hay que irse de aquí', `ya no hay nada que hacer'», dicen los españoles silenciosos de la Gran Vía bilbaína cuando se refugian en sus casas o en las cafeterías y restaurantes donde el lamento por la tierra que están perdiendo es el último de sus derechos». El mundo al revés. O sea que los que no tienen derechos son los españoles, que tienen un Estado...

Pero, claro, al final se delata: «las identidades no pueden sobrevivir sin la protección de un Estado cuando otro Estado, lo que de facto es otro Estado, el Estado nacionalista vasco, les presiona para el silencio y la desaparición. Y el Estado español, ni está ni se le espera ya por esas tierras». Lo que en realidad pasa es que las vascas (y los vascos) no tenemos un Estado. Esa es la triste realidad, aunque Uriarte intente disimularla.

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