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Joseba Agudo Manzisidor Abogado

Dos palabras sobre la muerte de Endika Iztueta

Al revisar la vieja documentación de Endika, nos topamos con que él tenía además permiso para residir en territorio francés, incluso cuando fue detenido y deportado. Es decir, que hasta la expulsión de suelo «francés» fue ilegal

Nunca es grato escribir sobre la muerte de alguien; menos cuando se ha conocido a esa persona, y menos aún cuando se le tenía aprecio. Pero, en fin, es necesario tocar algunos temas vinculados a su muerte y he aquí una aproximación a este hecho que ha sido tan duro para todos los que lo hemos vivido en Cabo Verde, en especial para su familia y para sus compañeros de deportación.

Las generaciones de nuevos militantes de la izquierda abertzale casi no saben qué es o qué fue la deportación. La misma fue uno de los hechos más lamentables de la colaboración franco-española, que en los mismos días que dejaban unos o promovían otros la actuación de los GAL permitió también detener, secuestrar y enviar a terceros países a decenas de militantes independentistas vascos que vivían en Lapurdi, Baxenafarroa y Zuberoa o en el Estado francés.

GAL y deportación, antes de las expulsiones masivas que vendrían posteriormente, marcaron el inicio de la colaboración entre los mentirosos y traidores a sus propias palabras, González y Mitterrand, ambos del Partido Socialista, ese mismo partido que tanto debe a Euskal Herria como nación y a miles de personas por su actitud cuasi fascista y totalitaria sobre nuestro país.

La deportación se realizó a distintos países en vías de desarrollo, como Togo, Cabo Verde, Argelia, Ecuador, Venezuela, Panamá, República Dominicana... El principal «demócrata» en viajar y coordinar estos operativos fue Rafael Vera, condenado con posterioridad por participar en la trama del GAL y por corrupto. Incluso ante las críticas que recibían por parte de Alianza Popular referentes a que se llevaba a miembros de ETA a islas paradisíacas, Rafael Vera se defendía en el Congreso español diciendo que islas como Cabo Verde eran paradisíacas unos días, pero con el paso del tiempo eran cárceles. Entonces como ahora, circo mediático en torno a como hacer más daño a seres humanos sin derechos en su democracia (tanto ayer como hoy de ínfima calidad).

Luego vinieron hechos como las salvajes torturas que sufrieron Alfonso Etxegarai y Angel Aldana en Ecuador, infligidas por agentes españoles desplazados al efecto hasta allí. A Angel lo sacaron hacia Panamá y a Alfonso a Sao Tomé y Príncipe. Y comenzaron las muertes de compañeros en Togo y Cabo Verde.

Fue pasando el tiempo. Llegó 1995, y el Gobierno español dejó de enviar dinero a los países de deportación, dinero que iba destinado a las personas deportadas, evidentemente nada de generosas cantidades, sino una especie de cuota de responsabilidad por haberles llevado a esos países.

Luego los deportados decidieron romper con la deportación y muchos de ellos, de la mano de la iniciativa planteada por el Colectivo de Exiliadas y Exiliados Políticos Vascos, volvieron a los tres territorios de Ipar Euskal Herria dentro de la dinámica reivindicativa del derecho de vivir libres en Euskal Herria. Incluso algunos volvieron a ingresar en ETA, muriendo dos de ellos luchando dentro de la organización armada (Bustinza en 1997 y Patxi Rementeria en 2000).

La deportación trajo mucho sufrimiento, muchas dificultades para los compañeros y compañeras que lo sufrieron, así como para sus familias. Fue muy duro.

Siguió pasando el tiempo, y los que se quedaron en el lugar de la deportación ahí siguen. Y a pesar de que la mayoría de ellos ha conseguido la nacionalidad de los países de acogida, algunos siguen en un limbo jurídico sin documentación ni nada.

Y en estas estábamos cuando moría Endika en Cabo Verde. Los hechos son los siguientes: el 18 de enero es atacado por dos jóvenes delincuentes que le roban el reloj de su difunto padre (era lo que más pena le daba), dos euros y un pen drive donde tenía fotos de su hija Oihana. Era el tercer intento de robo en los últimos años, fruto del aumento de la delincuencia en Praia, la capital del archipiélago.

Durante los días posteriores, él se encontraba bien, aunque se quejaba de un dolor en las costillas. Ya el miércoles por la noche (día 23), se ausentó de una cena porque no se encontraba bien, y en la mañana moría tras un desangramiento masivo. La autopsia no pudo revelar la causa exacta del derramamiento interno que sufrió, aunque sí se pudo comprobar que los daños de la paliza sufrida cuando fue asaltado habían sido mayores que los que aparentemente tenía: se le encontró un coágulo de sangre en la zona del pulmón del que se había quejado. Los médicos caboverdianos, compañeros de Endika en el hospital, nos dijeron que tal vez se le infectó aquella herida, que esa infección llevó a otra, y una cadena de mala suerte hizo el resto. A pesar del cariño que pusieron, la autopsia fue hecha en un hospital que no tiene ni mucho menos los instrumentos necesarios para llevar a cabo un análisis con fundamento.

La cuestión es que un compañero de lucha, un gudari de este pueblo, moría a 4.000 kilometros de su casa por una medida admnistrativa y política de hace unos años. Al revisar la vieja documentación de Endika, nos topamos con que él tenía además permiso para residir en territorio francés, incluso cuando fue detenido y deportado. Es decir, que hasta la expulsión de suelo «francés» fue ilegal.

Aprovechemos este hecho para recordar que algunos vascos y vascas siguen en sus lugares de deportación en Sao Tomé, Panamá, Venezuela y Cabo Verde, donde los cuatro compañeros que quedan tendrán que hacer frente a la perdida de un compañero más (antes murieron Juanra Aranburu y Anjel Lete). Y aprovechemos a su vez estas líneas para mandar un fuerte abrazo a toda la familia de Endika, que tanto ha sufrido y está sufriendo todavía.

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