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Crónica | El desfile de la ballena

El toro y el dragón articulados robaron el protagonismo a «Baly»

Baly», la protagonista del desfile, resopló tras acabar su marcha por la Gran Vía bilbaina. El sol lució y el espectáculo de este año gustó y mucho, sobre todo gracias al toro metálico y al dragón articulado, novedades de este año.

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Joseba VIVANCO

Suelen decir que lo mejor de una comida llega con la sobremesa, que lo bueno se hace esperar, que nunca es tarde si la dicha es buena. Pues el espectacular desfile de la Ballena por la Gran Vía bilbaina fue ayer fiel a este patrón. Pequeños y mayores ya conocen de sobra a Baly, la ballena, al Pulpo, su marido, y al novato Besugo, difícil injerto de ambos. Ellos fueron los que como siempre abrieron la comitiva desde Biribila Plaza hacia el Sagrado Corazón. Lo hicieron expulsando confeti, arroz y agua por doquier, haciendo las delicias, sobre todo, de los más menudos, que no se acostumbran a contemplar tan de cerca unos hinchables de tales dimensiones.

La música, que contagia los cuerpos como si fuera un domador de serpientes, la pusieron los percusionistas de la Banda del Surco y de Bloc Quilombo, amén de las canciones -parecían play back- de los integrantes del coro San Antón subidos, algunos, a una tuneada camioneta musical.

El desfile, dijeron días antes su organizadores, estaba dedicado al agua y habría vistosos montajes teatrales dedicados a las cuatro estaciones, pero todo pasó desapercibido cuando surgió el enorme toro Viriato, articulado y construido con placas de bronce, salido de una película del estilo Mad Max y al ritmo de la música casi infernal escupida desde la batería que guardaba su cola. Más de un pequeño corrió a refugiarse en una segunda fila.

Llegan los dos dragones

Pero si aquellos enormes cuernos dejaron boquiabiertas a las miles y miles de personas que se agolpaban en Biribila Plaza y la Gran Vía, qué decir de la aparición de los dos dragones, novedad también este año, que cerraban el cortejo. El primero, un hinchable de «rojo infierno» de 21 metros de largo y 7 de altura, sirvió para abrir boca para lo que luego venía.

Tras él, otro dragón recién capturado y que debía ser sujetado mientras bajaba su cabeza a ras de la acera para soltar humo contra el público. Rugía y movía con facilidad un esqueleto articulado de 21 metros de largo y nada menos que 12 de altura, lo que logró que miles y miles de cámaras digitales se disparasen a su paso, todas al unísono.

Ambos dragones cerraban un desfile al que, digno también de contemplar, siguió otro mucho menos estético y apenas conocido: el de la brigada de vehículos y personal de limpieza que en apenas diez minutos consiguió dejar la plaza como si nada hubiera pasado y encaminó toda su flota limpiadora tras la comitiva, como si del coche escoba se tratara. Es el otro desfile, aunque éste sea el de cada día y no aparezca en el programa.

 

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