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Funes deberá construir el pacto social que El Salvador nunca tuvo

El pollo de la niña Tránsito picotea sus granos en el patio de una casita de tejas en Suchitoto, ajeno a su destino. En breve morirá para ofrecer un rico caldo con el que la anciana piensa celebrar, a su humilde manera, la llegada del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional a la presidencia.

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Blanche PETRICH | Enviada de «La Jornada» a El Salvador

Ella y la niña Chali, amorosas abuelas, prepararon durante la guerra muchos caldos para los compas, aunque fueran de puras hierbas, cuando ambas se convirtieron en el alma de la guerrilla que libró cruentas batallas en el frente de Guazapa. Será un banquete íntimo, expresión de esperanza que Tránsito comparte con millones de salvadoreños. Llegó el cambio, dice con su boquita desdentada y se pone a llorar.

Eduardo Sancho, que se define como un ciudadano intelectual, ofrece en entrevista su propia interpretación del motivo que tiene la anciana de Suchitoto para sacrificar su pollo. Este es el momento para que Mauricio Funes pueda construir el pacto social que El Salvador nunca tuvo. Es ahora y es con él. No va a ser fácil que la historia nos regale otro momento como éste.

Sancho ha hablado poco en público en los últimos tiempos. Fue, con su seudónimo Fermán Cienfuegos, fundador del primer núcleo guerrillero en 1972; tras una escisión por la ejecución del poeta Roque Dalton, comandó las Fuerzas Armadas de la Resistencia Nacional, una de las cinco organizaciones militares que conformaron en 1980 el FMLN y después de construir uno de los ejércitos rebeldes más eficaces del siglo XX y llevar al Ejército regular asesorado por Estados Unidos a una situación de empate en el teatro de guerra, participó con el resto de la comandancia nacional en las negociaciones de paz que culminaron en enero de 1992.

En el periodo de la posguerra, sin embargo, su liderazgo se desdibujó. Dentro del FMLN, reconvertido en partido político, dominaron las Fuerzas de Liberación Nacional y el Partido Comunista de Shafick Handal. Él y Joaquín Villalobos fueron aislados. Él optó por la academia. Villalobos tomó el camino hacia la derecha, asesor de Álvaro Uribe y del procurador Eduardo Medina Mora, entre otras consultorías. Cienfuegos no deja resquicio de duda sobre su aval a Funes: «Darle el beneficio de la duda me parece una posición mediocre. Lo que hay que hacer es apoyar activamente a este gobierno que, quiérase o no, la crisis global obliga a ser de unidad en la práctica».

Hace unos días, el periódico digital «El Faro», que representa el producto mediático de la transición entre la guerra y la paz, definía su interpretación del momento con un editorial que tituló «Fin de la postguerra».

Su director, Carlos Dada, comenta que aquí la guerra terminó hace 16 años, un lapso mayor que los once años que duró el conflicto armado. Pero la retórica bélica nunca salió del vocabulario del grupo gobernante, de marcada factura anticomunista, porque durante dos décadas le dejó muy buenos dividendos para descalificar a la oposición del FMLN como «los secuestradores, los que hicieron la guerra, los terroristas».

Viejas herramientas del voto del miedo que en el pasado funcionaron se vieron obsoletas en el actual proceso electoral. Las advertencias del caos por venir que esgrimieron el presidente Antonio Saca y su candidato Rodrigo Ávila, los empresarios y los medios de comunicación conservadores ya no sintonizan ni con la sociedad ni con las empresas trasnacionales que dominan la economía salvadoreña.

Un buen ejemplo es el mexicano Carlos Slim. Sus intereses empresariales en este país son importantes y además simpatiza enormemente con Funes, al grado de que lo ha invitado dos veces a viajar con él en su avión privado. Otro empresario mexicano, Ricardo Salinas Pliego, que como patrón de Funes ordenó su despido, se ha apresurado a recomponer su relación con él.

Carlos Dada, periodista e hijo del que será ministro de Economía Héctor Dada Hirezi, advierte de que Funes tomará el timón en un contexto de triple crisis: criminalidad e inseguridad extremas, crisis económica y política de las fuerzas tradicionales.

Esta última ha demolido la imagen de Elías Saca. Su gestión es acusada de corrupción, hasta el punto de que el ex ministro de Gobernación y fundador de Arena, Mario Acosta Oertel, reveló a «El Faro» que un grupo del partido evalúa solicitar que se le retire el título de presidente honorario.

El haber perdido las elecciones después de tres triunfos sucesivos de su partido ya le costó la dirección de Arena. En su lugar fue nombrado el ex presidente Alfredo Cristiani. A él le tocó ser el firmante de los acuerdos de paz, pero en su hoja de servicio también consta que, bajo su mandato, murieron los seis sacerdotes jesuitas de la Universidad Centroamericana. Fue el único mandatario latinoamericano que mandó bombardear intensivamente la ciudad capital, una de las ciudades de mayor densidad poblacional del continente. Es, además, uno de los hombres más ricos del país. Perteneciente a las rancia oligarquía cafetalera y algodonera, por cuna y matrimonio, pasó al mundo de los negocios y la banca. Fue dueño de Banco Cuscatlán, vendido luego a Citibank, y domina el mercado de las farmacias en este país donde los medicamentos se venden a la población a los precios más altos de la región.

A diferencia de sus antecesores, que acataron lo establecido en los acuerdos de paz -que dejan fuera de la disputa política a los militares-, Saca permitió que algunos oficiales veteranos de guerra con fuertes intereses económicos participaran en la campaña electoral en favor de Ávila.

Pero la crisis del ahora opositor Arena no es la única. En el FMLN, la administración de la victoria también ha creado tensiones y fricciones. Por lo pronto, como el caldo de la niña Tránsito, en San Salvador hay cohetes y baile en cada barrio.

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