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Anjel Ordoñez Periodista

Manos manchadas de alquitrán

El asunto del tabaco se ha vuelto a poner de moda. En Madrid andan rumiando una nueva ampliación de las restricciones a los fumadores y sus malos humos, y pronto veremos el cartelito de prohibido fumar colgando en todos los lugares públicos. Cerrados, se entiende. Los abiertos se guardan para una fase posterior, más ambiciosa. Al tiempo. Contra las prohibiciones tengo una especie de sensor natural que salta a la mínima y me pone alerta. Prohibir siempre conlleva coacción. No hagas esto o aquello, porque si no... Ahí es cuando empiezan mis problemas. No menos cierto es que fumar es un verbo que raramente se conjuga en primera persona, puesto que si alguien fuma, también lo hacemos quienes estamos alrededor. Menudo jardín, ¿verdad? La respuesta debe estar, como casi siempre, en el sentido común, que no suele ser el más común de los sentidos, pero que siempre será mejor que dejarlo en manos de la autoridad. Porque la autoridad podrá traer paz, pero ya saben ustedes qué tipo de paz.

Pero, si se me permite, pondré el foco en una parte del problema: los trabajadores de la hostelería. Desde la entrada en vigor de la Ley antitabaco, la presencia de nicotina en la saliva de los camareros y camareras se ha incrementado en un 20%, según un estudio realizado en Catalunya. Y se calcula que cada año mueren un millón de empleados de hostelería en el mundo por cáncer de pulmón, el preferido por el alquitrán. Ignoro si lo han hecho ya, pero si no es así, en el sector deberían empezar a organizarse para reivindicar el tabaquismo como enfermedad laboral. Y, claro está, los costes derivados del asunto deberían cargarse directamente a la cuenta de las empresas tabacaleras y detraerse de los jugosos ingresos por impuestos que el Gobierno obtiene en billetes manchados de nicotina. Y es que siempre he visto el tabaco como una de las sublimaciones de la hipocresía del Estado: por un lado limita, restringe, prohíbe, y por otro recauda a manos llenas, sin complejos. Es más, utiliza a su antojo el impuesto del tabaco -como el del alcohol- como corrector en sus índices económicos (IPC, por ejemplo). Nada más rastrero que aprovecharse de la adicción ajena.

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