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Joxean Agirre Agirre I Ex preso

La celda 762

Tomando como excusa la película «Celda 211», y poniendo como contrapunto la situación de las personas que conforman el Colectivo de Presos Políticos Vascos, Agirre defiende la necesidad de situar esta cuestión en la agenda política de Euskal Herria. La manifestación convocada para el día 2 de enero en Bilbo es, según el autor, una inmejorable ocasión para situar este tema en el lugar que se merece, el mismo que ocupa en la cabeza y los corazones de miles de ciudadanos.

Curiosamente, ha tenido que ser la cárcel y un sólido guión escrito sobre un trhiller carcelario, los ingredientes que han permitido al cine español lanzar una producción capaz de competir en las salas con las películas del gusto del público en general. «Celda 211» combina géneros cinematográficos varios, y los mezcla de una forma efectiva para plasmar una historia de corte social con tintes de crítica política. Humor, acción y drama se alternan hilando unos hechos que se suceden de modo trepidante, sin permitirnos coger aliento. Por más que incluya situaciones inimaginables y retratos poco veraces, Malamadre -el protagonista- convence. Sobre todo a la hora de trasladarnos a ese pozo anegado por la mierda que es el sistema penitenciario español.

El argumento tiene un punto de arranque marcado por la casualidad. Juan, un carcelero novato, se presenta en su nuevo destino un día antes de su incorporación oficial. Allí, sufre un percance minutos antes de que se desencadene un motín en el sector de los FIES, los presos sociales más reprimidos. Ante ese panorama, el resto de carceleros abandonan a su suerte el cuerpo desmayado de Juan en la Celda 211. La factoría de sueños producida, entre otros, por Telecinco, ha elegido una pirueta del destino poco menos que imposible para acercarse a las tripas de un Estado aferrado con garras de acero a la violencia. Pero el brutal drama penitenciario que a diario protagonizan los presos políticos vascos no cabe en ciento diez minutos de celuloide.

En la última celda habilitada para albergar «terroristas vascos», la número 762 atendiendo al número de personas que conforman, a día de hoy, el Colectivo de Presos Políticos Vascos, hay una joven acusada de militar en el movimiento juvenil. Todavía no ha podido arrancar de sus pesadillas las torturas, vejaciones, amenazas y la risa de hiena de sus captores, pero ya ha tenido oportunidad de sentir en el cuello el aliento canalla de la cárcel. Las yemas de los dedos tintadas, todas sus pertenencias retenidas, incomunicada en un módulo deshumanizado y obligada a pedir permiso hasta para ducharse. La carcelera que le abre y cierra la puerta tiene un carácter muy distinto al del coprotagonista de la película de Daniel Monzón.

Esa frialdad corporativa de los uniformados contrasta con la alegría de escuchar voces amigas por la ventana. Pegando el oído a la rejilla que clausura su única fuente de aire puro, escuchó desde el primer instante los ánimos de sus compañeras del módulo vecino. Así supo que en la misma operación se llevaron a otra treintena larga de jóvenes, y que la respuesta en Bilbo agrupó a una multitud. Pudo comprobar que las lágrimas hacen posible abrazar a tanta gente en un instante, y lo saludable de dejarlas deslizarse suavemente hasta la boca. La solidaridad es húmeda y templada, como una noche de agosto.

La primera compañera con la que habló lleva más de veinte años encarcelada. Cumplió su condena hace tres, pero la Audiencia Nacional tenía preparado el auto judicial por el cual se la prolongarían otros trece años. Le explicó que lo más duro fue asumir que su anhelada cuenta atrás, la que asociaba a proyectos y viajes, reencuentros y noches mirando al cielo estrellado, se había detenido bruscamente. Volver a sentir el tiempo, el transcurso de los meses, como un perro de presa acechante fue, le aseguró, mucho peor que leer la resolución que le acercó un triste secretario del juzgado.

Otra le explicó que el pasado viernes perdió su vis a vis mensual. Simplemente se lo robaron. Los carceleros de la entrada, circular en mano, pretendían registrar y revolver incluso los pañales de su hijo de veintiún meses para dejarle pasar. Fuera cual fuera el pretexto, lo que querían era impedir que disfrutaran de esas migajas de tiempo en común que administran con crueldad. Y lo consiguieron. Pero cualquier alternativa era peor. Es preferible cerrar los ojos y apretar los dientes, a que las manos enguantadas de un carcelero rocen la piel suave y blanca de su niño.

En la celda 762 las paredes hablan. La argolla soldada al jergón metálico delata las palizas que, esposados, han recibido cientos de presos; la suciedad acumulada denuncia la insalubridad que costó la vida a otros tantos. La luz blanca del techo ilumina los millares de días transcurridos en huelga de hambre y chapeos. El viejo calendario artesanal, los millones de horas aguardando la visita de los seres queridos. Encontrarse con la arquitectura enrejada de la cárcel emociona. Veintidós presos políticos vascos cruzaron, ya sin vida o desahuciados, su umbral; diecisiete familiares perdieron la vida tratando de alcanzar con puntualidad el locutorio de visitas. El óxido de los cerrojos es incapaz de corroer la memoria colectiva de las más de siete mil personas que han sido encarceladas en Euskal Herria por motivos políticos en los últimos cincuenta años.

El primer sábado del año 2010 hay que pisar con fuerza en las calles de Bilbo. El llamamiento a expresar la solidaridad con los presos políticos vascos no es un trámite estacional o una cita más en su defensa. Ahora que hablamos de acumular fuerzas y de sumar, ¿dónde encontraremos un caudal de energía mayor que el que encierran los muros de los estados? Traerlos a casa es también cuestión de eficacia política, y aunque los nudos del conflicto sean otros, cuanto antes movamos los cimientos de la estrategia de aniquilación de los presos, antes temblarán y caerán los muros que los encierran. No podemos esperar a la instauración de un marco democrático para empezar a construir Euskal Herria, y menos aún concebir la amnistía como el acto final de un acuerdo político con los estados, todavía lejano. Reivindicar a esas 762 personas y extender una pedagogía política impecable, según la cual respetar sus derechos y excarcelarlos es una de las mejores inversiones para avanzar en un proceso democrático, son un reto importantísimo para el año que arrancará el día 2 en Bilbo.

Al contrario de lo que ocurre en la película de éxito, Malamadre nunca secuestraría presos políticos vascos para presionar al Estado o forzar la mejora de sus condiciones de vida. Los presos FIES siempre han sabido identificar a sus aliados y poner en su lugar al enemigo común. Compartir el silencio de los módulos de aislamiento, saborear el café traído por una mano amiga, pasarse el «carro» de ventana a ventana, son parte de la solidaridad intuitiva intramuros. Pocas cosas existen ahí adentro tan vivas.

La celda 762 está abierta de par en par, y el sol ilumina todos sus rincones. La sordidez se ha esfumado, y en las galerías sólo restan huellas fugaces que conducen a la salida. La cámara persigue las sombras de quienes ya no están. El siguiente plano corresponde a Plaza Berri, en mi barrio. Flores y abrazos envuelven a la última en llegar, la auténtica protagonista de esas emociones que merecen filmarse. Hagamos realidad esta película y que sea un éxito en taquilla. Compremos la entrada el sábado 2 de enero en Aita Donosti.

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