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Xabier Silveira Bertsolari

Fu-fu-fu-fuera caretas

 

En Tolosa, Iñauteriak / Txema El Bajo tiende la colada./ Y una porra salchichón... pero qué coño haces tú sin disfrazar./ Una Mani, borroka ere bai/ Pero éstos no van de carnaval/ Y esta porra es de verdad. ¡Ay!/ pero qué coño haces tú sin disfrazar/ pero qué coño haces tú sin disfrazar...». Son varias las canciones, temas, piezas que hablan sobre el carnaval; sin ir más lejos esa que dice: «Carnaval, carnaval, carnaval te quiero». Pedazo de letra, sin duda. O esa otra que dice «fu-fu-fu-fuera caretas, y mira que no estamos en carnaval, fu-fu-fu- fuera caretas...».

Nos pasamos el año fingiendo realidades («Fingiendo realidades con sombra vana, delante del Deseo va la Esperanza. Y sus mentiras, como el Fénix, renacen de sus cenizas», escribió Bécquer). Nos pasamos el año fingiendo realidades, digo, que me enrollo como los cables, y deseando imposibles hacemos de la felicidad algo tan improbable como que nos salga una escalera de color en el flop; vamos, que podemos hacer la ruina padre antes de ser quien deseamos ser. Nos quedaremos sin todo, o con nada, como se quiera ver. Y conste que no seré yo quien diga que la riqueza está en el interior de las personas estando el mundo como está lleno de hijos de puta. Pero que todo lo que tenemos somos nosotros mismos lo tengo bastante claro. De ahí mi -quizás un tanto infantil- pregunta: ¿Por qué ésta nuestra obsesión por disfrazarnos todos los días? ¿A qué se debe? ¿Será que no queremos ser quien somos o será que intentamos ser la persona que desean ver en nosotros quienes nos rodean?

Y a todo esto nos cae el carnaval, brindándonos la oportunidad de ejercer de nuestro reprimido alter ego que, si me lo permitís, creo que es quien somos en realidad. Pero esto último entre nosotros, que luego a la gente no le gusta lo que digo y mandan cartas a «Berria» denunciando lo injusto que resulta el hecho de que yo exista. Se siente.

¡Fu-fu-fu-fuera caretas que ya estamos en carnaval! Ya está. Durante estos días podremos disfrutar de gentes, personas en su mayoría, interpretando el papel de su vida y, al que se lo curra lo suyo, buscando el reconocimiento del público que para ellos es el resto del mundo. Evidentemente, la palma se la llevaran los hombres vestidos de mujer y viceversa. Pero se ha de ver también mucho gánster con ropa de la cara, mucha cheer-leader en micro-falda (nada que objetar a la prenda en sí, ni a la falda), indios y vaqueros con maquillaje en abundancia y cabareteras sospechosamente apañadas. Super-héroes de punta en blanco, zombis de a cien euros la máscara y todo tipo de maniquíes desfilando en el escaparate de su ser y no ser. Pero todos tan a gusto y tan contentos como si por un día se sintieran liberados de las cadenas que se imponen a sí mismos. Y no es poco en los tiempos que corren, tan dados ellos a curarlo todo antaño y tan crueles hoy día. Si es que está todo muy mal. ¡Fu-fu-fu-fuera caretas!

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