GARA > Idatzia > Iritzia> Azken puntua

La buenaventura en la mano

 

Parecía recién salida de un cuento de Dickens. Un cuento extraño, en cualquier caso, porque hay gestos y situaciones que no encajan en todos los escenarios. No tiene sentido que te lean la mano en la Estación del Norte de Donostia, y menos en un anochecer de nieve blanca y fría, con guantes de doble lana. Cada gesto precisa de su coreografía. Y la mujer de rasgos gitanos que se ofrecía a leerme la buenaventura apareció allí como la pieza perdida de un puzzle ajeno. Me sorprendió la petición y dudé. Siempre he pensado que lo mejor del futuro es su misterio. Y lo peor de la globalización, que te sucedan cosas como ésta. Me dije a mí misma que dar la mano no es una tontería.

Sin manos no seríamos nada. O seríamos mucho menos. A Sarah Pallin le habían pillado ese día con unas notas escritas en su palma izquierda. Era para evitar un golpe de desmemoria en una conferencia. No es casualidad. Manos y memoria tienen mucho que ver. Sin manos, no habríamos experimentado igual el goce de una caricia y nada sabríamos de su tacto tranquilizador sobre la frente febril ni de su mágica capacidad protectora para los mareos absurdos. Además, dar la mano es mucho dar. Una de las imágenes más plácidas de la vida es la de esas parejas de ancianos que pasean parejos, con las palmas entrelazadas, en una conexión que sólo da la sabiduría del aprendizaje humano. Y hasta en ese trance en el que vamos muriendo, cuando poco nos une ya con los vivos, la presión en una mano es el último gesto que muchos haremos. Por todo esto no quise que aquella mujer me leyera la mano, por muy buena que fuese la ventura.

Imprimatu 
Gehitu artikuloa: Delicious Zabaldu
Igo