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EEUU da por terminada al tercer día la «madre de todas las batallas»

Anunciada a bombo y platillo, la macro-operación para conquistar el valle de Marjah, en el sur de Afganistán, agonizaba tras cumplir escasas 72 horas. El guión no da más, sobre todo cuando los talibán se niegan a participar en la farsa. Lo peor para los estadounidenses viene ahora, en la guerra diaria de desgaste y frente una población que, pese al miedo, apenas oculta sus simpatías por la resistencia, mil veces preferida a la corrupción del Gobierno títere de Kabul.

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La milicia de Kabul anunció que la práctica totalidad de la localidad de Marjah y alrededores estaba bajo control y que los talibán habrían huido tres días después del inicio de la presentada como la mayor ofensiva ocupante en los últimos ocho años en Afganistán.

«La totalidad de las zonas de Marjah y de Nad Ali han sido tomadas por las fuerzas conjuntas y están bajo control»., declaró el general Aminullah Patiani, comandante en jefe de la milicia de Kabul en el sur del país.

La operación Mushtarak (Juntos, en lengua dari), se ha saldado hasta el momento con la muerte de 42 afganos -al menos doce de ellos civiles- y de tres soldados extranjeros, dos británicos y un estadounidense.

«Los talibán han abandonado la zona pero la amenaza de artefactos explosivos artesanales persiste», añadió Patiani.

Un portavoz de los marines estadounidenses matizó las palabras del general afgano. «Es cierto que hemos encontrado una débil resistencia, pero quedan focos peligrosos en los que se lucha contra una resistencia obstinada», aseguró el capitán estadounidense Abe Sipe.

Operación mediática

Un comandante talibán, el mulah Abdul Rezaq Ajund, denunció el pasado domingo el operativo como una «operación de propaganda» en torno a la «conquista televisada de una pequeña localidad».

Expertos y responsables de servicios de inteligencia occidentales coinciden en que Marjah no es más que uno de los muchos feudos talibán en el sur de Afganistán.

Todo apunta a que ni la agenda ni el modus operandi de estos últimos ha cambiado. Consciente de que enfrentarse a un contingente de 15.000 soldados con soporte aéreo es simplemente un suicidio, la guerrilla se ha diluido entre la población, lo que conlleva un gran riesgo para las tropas extranjeras e hipoteca cualquier plan de permanencia a largo plazo en la zona.

Los marines seguían ayer intentando consolidar sus posiciones pero eran atacados por francotiradores y por bombas colocadas en los arcenes. Armados con fusiles rusos dragonov, los talibán les disparan desde granjas abandonadas. Cuentan para ello con la ayuda de vecinos que hacen la labor de vigías señalando al enemigo. En cuanto las tropas invasoras toman una posición los vecinos asumen su papel. No han oido ni visto nada. No saben nada de los talibán.

Los cazabombarderos F18 abren la vía a los marines atacando desde el aire, pero cada uno de los bombardeos desmiente el plan de los estadounidenses para ganarse «los corazones y los espíritus» de los afganos. La muerte de civiles, «un revés muy grave pero superable», en palabras del general británico Jock Stirrup, desmonta los discursos.

Stirrup reconoce que «hará falta mucho tiempo para persuadir a los vecinos para que acepten al Gobierno afgano». Eso si lo consiguen.

«Los talibán son mejores que los policías»

Junto con el palo -la operación militar-, el Ejército estadounidense mueve la zanahoria convocando shuras o jirgas a medida de que va conquistando aldeas.

Ancianos barbudos y con turbantes y niños descalzos llegan a las mezquitas convocados a la fuerza por los militares. El mismo domingo, y nada más llegar a Haji Qari Saheb, Abdul Satar Mirzakawal, vicegobernador de Helmand, convocó una shura (asamblea) en la pequeña mezquita. Cerca, la bandera de color blanco de los talibán ondeaba en una casa.

«Una vez que la seguridad esté restablecida, os construiremos escuelas, clínicas y canales de riego», promete al auditorio, entre el que se hallan muchos jóvenes sin empleo.

Es la tercera shura que convoca en dos días. A su lado, Habibullah, jefe de la Administración del distrito, explica que «el objetivo es difundir el mensaje de que el Gobierno ha venido a ayudarles, no a matarles».

El Gobierno es aquí sinónimo de corrupción y los policías son vistos como el puntal del sistema corrupto. En la pequeña asamblea, Jasar toma la palabra: «Con ellos (los talibán), la seguridad era realmente buena. Nadie podía robar y si lo hacía los talibánlo juzgaban y lo castigaban públicamente».

Envalentonado, otro campesino coincide. «Los talibán eran mejores que los policías». En las aldeas conquistadas, los vecinos han formado consejos de ancianos para intentar minimizar en lo posible la represión contra sospechosos y controlar los registros de casas. Les preocupa especialmente que extranjeros entren en sus hogares. GARA

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