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Raimundo Fitero

Desesperada

La publicación de los documentos de Wikileaks se está convirtiendo en una fuente inagotable de argumentos y argumentaciones. Las reacciones de los que aparecen nombrados en los papeles actuales, demuestran que son verdaderos, o al menos auténticos, aunque podamos colocarles todas las prevenciones sobre probables manipulaciones, mutilaciones o selección de cada medio que los están dando a conocer. Es difícil asegurar que de esta convulsión informativa se lleguen a conclusiones o se abran los ojos a muchos crédulos de los discursos oficiales, pero las maneras con las que algunos han decidido silenciar este goteo de documentos es bastante significativo.

Los hay que sin ningún pudor proponen directamente que se mate a Julian Assange, y esta noción se repite en otras instancias, aunque con lenguajes más diplomáticos, pero que simultáneamente se curse una orden por Interpol de búsqueda y captura por unas denuncias de abusos sexuales, forma parte del plan de asesinato físico o social de la cabeza visible del portal. En la práctica, y tomando el asunto como una cuestión de Estado, se está presionando a todas las plataformas probables para que no se puedan colocar sus dominios, es decir se bombardea de manera bestial la sede virtual de la entidad para frenar las acciones de denuncias.

En la CNN estuvieron una tarde de esta misma semana durante cerca de una hora hablando de una inmediata salida de documentos sobre una entidad bancaria norteamericana de gran tamaño, en los que se podría poner en alerta a toda la sociedad sobre sus movimientos oscuros y actividades más que dudosas. Escuchando las especulaciones sobre los contenidos y sus repercusiones, entendí perfectamente que la orden de liquidación, «que parezca un accidente», estaba ya cursada. Uno no puede nada más que sentir solidaridad con el australiano Assange, entre otras cosas, por ser hijo de trabajadores circenses, de esos artistas que llamamos payasos.

De las últimas filtraciones conocidas, con cuestiones bastante impresentables y de injerencia, destaca la frase del fantasma Aznar con el embajador de USA: «si encuentro a España desesperada, quizás deba volver a la política». ¿Desesperada?

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