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«Tú le das mucho, pero lo que un niño de Chernóbil te aporta es incomparable»

Agurtzane Elordui dio el primer paso hace ya cinco años. Desde entonces, ha ganado una hija que vive en Ucrania y abraza cada verano. Si tuviera que animar a otros, no tiene duda, «al principio puede ser duro», pero si lo que «tú les aportas es mucho, lo que un niño de Chernóbil te aporta es incomparable».

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Nerea GOTI

El de Agurtzane Elordui es sólo uno de cientos de testimonios que podrían recabarse entre familias vascas que cada verano acogen a niños procedentes de Ucrania. Diversas asociaciones que trabajan en la gestión de estas acogidas tienen abierta la inscripción en busca de nuevos hogares. Su mensaje es claro: han pasado 25 años desde el desastre nuclear, pero los más pequeños crecen aún entre sus consecuencias medioambientales y sociales. Para esos niños, aunque sólo sea durante 50 días, «`limpiarse' de la radiación respirando aire puro y reponer fuerzas alimentándose con comida no contaminada» supone no sólo mejorar su salud, sino «abrirles las puertas a un futuro más ilusionante y esperanzador», resalta Chernobilen Lagunak.

Agurtzane Elordui dio el paso hace cinco años. Su compañero y ella son padres de un niño ucraniano que llegó a Euskal Herria con 20 meses. Cuenta que cuando escucharon las condiciones en las que vivían los niños, rodeados aún de contaminación, y la mejoría que para su salud suponía alejarse de ese ambiente durante al menos 50 días, de acuerdo a un consejo de la propia Organización Mundial de la Salud, decidieron coger el teléfono y ponerse en contacto con la organización Chernobil Elkartea, en este caso. Después de adoptar un niño en Ucrania, la posibilidad de ayudar a otro tenía en su caso un significado especial.

Así se encontraron un verano con una niña que entonces tenía ocho años. Esta vizcaina no oculta que «el primer año fue duro». «Todavía no entendía muy bien por qué estaba aquí, echaba en falta a su familia, sufría y nos hacía sufrir, su actitud no era buena» y el desconocimiento del idioma y las nuevas costumbres tampoco acompañaba, según relata. Pero las cosas fueron cambiando en los siguientes veranos y ahora el balance no puede ser mejor, tanto que anima, sin ninguna duda, a aquellos que se lo estén pensando. «Tú les aportas mucho, pero lo que ellos te dan a tí no tiene comparación», subraya categórica.

La experiencia, según subraya, ha sido enriquecedora para todos los miembros de la familia. De hecho, la acogida de la niña ucraniana les empujó definitivamente a una segunda adopción. Ahora que ya son cuatro en casa, explica que sus dos hijos cuentan con «una hermana mayor», con la que mantienen relación durante todo el año a través de llamadas telefónicas, el correo electrónico, en la medida de las posibilidades, y el envío de paquetes con el que intentan ayudar a superar algunas carencias.

Elordui resalta, además, que la acogida representa una serie de valores para sus hijos, el testimonio directo de una hermana que les ayuda a comprender que son unos privilegiados frente a las necesidades con las que viven en Ucrania.

25 años después la tragedia continúa

El próximo 26 de abril se cumplirán 25 años del accidente. Después de una catástrofe de tal magnitud es evidente que la contaminación persiste, lo hará durante décadas, pero hay problemas asociados al modo de vida que preocupan igualmente a asociaciones como Chernobil Elkartea, por lo que representan para los niños con menos recursos.

Al margen de los efectos de la radiación, la tragedia humanitaria tiene expresión hoy en día en forma de pobreza, enfermedades asociadas con el «modo de vida» en los países de la antigua Unión Soviética y problemas de salud mental, que «para las comunidades locales representan una amenaza mucho mayor que la exposición a la radiación», destaca la asociación afincada en la CAV, y subraya que «los mitos y las ideas equivocadas que aún persisten sobre la amenaza de la radiación ha generado un `fatalismo paralizador' entre los residentes en las zonas afectadas».

Lo que cientos de familias han podido certificar es que 60 días fuera del entorno contaminado supone para los niños ganar en salud. Aunque los menores que viajan con Chernobil Elkartea no tienen enfermedades desarrolladas, la alimentación y el estilo de vida que les proporciona su estancia aquí fortalecen su sistema inmunológico y les ayuda a afrontar el invierno de Ucrania.

Desde 1996, según destaca la asociación, 3.178 niños han participado en su programa de acogida. Este año, 261 menores pasaron el verano distribuidos en 69 municipios de Araba, Bizkaia y Gipuzkoa, pero aún son necesarias mas expresiones de solidaridad. «El pasado mes de setiembre hemos visitado a casi 200 menores que necesitarían salir de Ucrania el próximo verano. Hemos conocido en sus casas a 200 menores que necesitan 200 familias vascas que les acojan», subrayan.

El programa de acogidas temporales de cara al próximo verano ya está en marcha, bajo el lema «Acoge sus sueños». Una llamada a la asociación es suficiente, el siguiente paso es una entrevista personal para resolver las dudas que se presenten y en cualquier caso reflexionar antes de tomar una decisión, sin olvidar que la asociación pone a su disposición toda la ayuda que puedan necesitar.

Chernobileko Umeak ha lanzado, asimismo, un llamamiento en busca de familias que puedan acoger 37 niños. «La situación que están viviendo las familias ucranianas que hemos visitado es crítica, por eso es necesario que los pequeños y las pequeñas salgan de su país. Así podrán mejorar su salud debilitada por la continua radioactividad a la que están expuestos en el día a día y cargar para la vuelta», resalta Enrique Angulo, miembro de Chernobileko Umeak. Tal y como subraya, «los procesos administrativos son más lentos y complejos en el país eslavo. Un problema al que hay que sumar el duro invierno ucraniano, que añade dificultades a las familias de allí a la hora de realizar trámites».

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