
Desacreditar en p�blico, gestionar en privado
Transcurridos dos d�as desde que ETA decretara un alto el fuego �permanente, general y verificable�, se puede hacer ya una primera lectura sobre las reacciones que ha suscitado, y las pistas que �stas dan de cara a un pr�ximo futuro. No han sorprendido tanto las respuestas de manual, sino el hecho de que �stas sigan tan acr�ticamente el dictado de Rubalcaba. Salvo en Catalunya, donde la apelaci�n a ser sensibles y aprovechar la oportunidad fue mayoritaria, no se encuentran excepciones. El gui�n fue repetido a pi��n fijo: �Es un paso y una buena noticia que ni es suficiente ni es la noticia�; lo cual retrata hasta qu� punto en relaci�n a Euskal Herria el monocultivo del pensamiento y la consigna �nica est�n arraigados en la cultura pol�tica y period�stica del Estado. Fue revelador que el PNV se posicionara en id�nticos par�metros, lo cual concit� el aplauso un�nime de editorialistas y columnistas espa�oles. Tampoco pas� por alto que Aralar se alinease en el �bloque de la exigencia a ETA�, hecho resaltado desde los altavoces del mismo.
Desacreditar la iniciativa pol�tica de ETA y hacer bandera de la desilusi�n y la desesperanza era algo previsible. Pero ello no le resta gravedad, y aunque a corto pueda dar dividendos en t�rminos de revertir la presi�n a la izquierda abertzale y adquirir una r�pida superioridad sicol�gica, ni es una apuesta con argumentos persuasivos ni podr� ser sostenible en el tiempo. Y no lo ser� si las fuerzas comprometidas con un futuro de soluciones contin�an sumando, proponiendo en positivo y confrontando democr�ticamente. Asumiendo las dificultades pero con alta intensidad pol�tica, gestionando una oportunidad abierta que permite activar resortes, recomponer confianzas sociales quebradas en anteriores intentos -fallidos pero no bald�os- y plantear los pr�ximos retos de manera ofensiva.
Este tipo de procesos nunca son lineales, las iniciativas nunca generan autom�ticamente respuestas positivas de la otra parte. Pero hay que ser conscientes de que lo p�blicamente insuficiente deber�a ser lo suficientemente significativo para su gesti�n pol�tica.