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Las potencialidades de la transición en Egipto sólo se garantizarán a través de la presión popular

La presión contra Mubarak se acrecenta desde abajo y desde arriba. Su principal aliado, EEUU, parece haber comprendido que debe facilitar la salida -en primer lugar del Gobierno y quizá también del país- del que hasta ahora era su hombre fuerte en la región. Es una política destinada a minimizar daños, a controlar la evolución de los acontecimientos y a situarse en una posición fuerte de cara al nuevo escenario que se abre en la zona. Obama reivindicaba ayer que son los egipcios quienes deben decidir su futuro. Lo cierto es que no es ésa la política que la potencia mundial ha aplicado a su política exterior y a las relaciones internacionales. Ayer mismo, Noam Chomsky advertía que lo que teme EEUU no es el islamismo radical, sino la independencia. Mientras tanto, desde la sociedad egipcia se sigue manteniendo el pulso político contra un sistema injusto y obsoleto. Quienes se movilizan estos días aspiran no sólo a cambiar de régimen, sino a cambiar de sistema. La presión sostenida que está manteniendo el pueblo es la única garantía para que las potencialidades de una transición se mantengan intactas hasta que el pueblo pueda de verdad decidir.

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