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Ariane Kamio Periodista

Una razón más

El otro día, en una boda, una amiga: «¿Qué pasada lo de Bildu no? Está claro que ha arrasado en la mayoría de los ayuntamientos, sobre todo en Gipuzkoa. Ya le ha dicho mi madre a mi padre que pronto llegará la independencia y que se tendrá que volver a Zaragoza (Risas). Que aquí somos vascos y que no van a querer a nadie de fuera». Y otra amiga, en la misma mesa, en euskara: «Ez dakit zergait hitz egiten den hainbeste gai horietaz; honena ixilik egotea da, ez da hain garrantzitsua ere! Aurrekoan lagun baten izena ikusi nuen Bilduko zerrendetan, ez nuen uste bera ere halako kontuetan sartuta zegoenik. Harrituta gelditu nintzen».

Y de pronto, se hizo el silencio. De diez personas que compartíamos comilona en aquel bodorrio cinco éramos euskaldunes, la otra mitad no, aunque también eran nacidas en Euskal Herria. La amiga euskaldun tomó de nuevo la palabra, esta vez en castellano: «En mi pueblo se ha puesto de alcalde un chico jovencísimo. ¿No había alguien con más experiencia?», exclamó indignada. «Yo cada día entiendo menos de política». «Desde luego que no entiendes nada de política» pensé, mientras intentaba que no se me atragantase el bogavante. Nadie quería hablar del tema.

Tras la comilona, llegó el baile y la posterior jarana (no eran sanfermines, pero había gente de todas partes) y, mientras sujetaba el cubata con la mano izquierda y no sabía qué hacer con la derecha (¡ahora que no dejan fumar ni en las bodas!), eché un vistazo al mogollón que se agrupaba junto a la barra libre (con barra libre, éxito asegurado): ¿Cuántos de estos sabrán qué es el «caso Bateragune»? ¿Cuántos sabrán qué es Sortu? ¿Sabrá alguien que no hace falta empuñar un arma para pasar diez años en la cárcel?

Le pegué un sorbo desesperado a la bebida y volví a pensar. ¿Cuántos vascos hay en Euskal Herria que reniegan de informarse de lo que pasa en su propio país? Entonces me di cuenta de que, mientras unos vivimos expectantes una nueva era política, otros todavía no han despertado de un largo letargo que viene prolongándose desde los últimos cuarenta años. Una eternidad sin consciencia ni conciencia. Una razón más para ahogar nuestras penas en alcohol.

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