GARA > Idatzia > Kultura> Musika

Análisis | Musika hamabostaldia

Una Quincena Musical de transición: menos dinero, más público

Los irregulares resultados de esta edición se justifican, seguramente, desde el proceso de readaptación que está llevando a cabo la Quincena para no desbordar los límites de sus nuevos y reducidos presupuestos.

p038_f01_148x80.jpg

Mikel CHAMIZO

Ha sido la Quincena Musical más breve y compacta de los últimos años, pero aun así se ha mantenido el nivel de actividad frenético a que nos tiene acostumbrado el festival. Un total de 77 conciertos, casi todos ellos de un buen nivel, pero entre los que se han echado en falta a las orquestas, directores y solistas extraordinarios de ediciones anteriores.

Esta noche, con los últimos acordes de la «Titán» de Mahler sonando en los instrumentos de la Orquesta del Festival de Budapest, habrá llegado a su fin la 72. edición del más antiguo de los festivales donostiarras, la Quincena Musical. Una edición marcada por la reducción presupuestaria que el festival arrastra desde el pasado año, que le he obligado a compactar su antaño inabarcable programación en un número menor de conciertos distribuídos en menos días de Quincena. Aun así, estamos hablando de 77 espectáculos en 24 días, y esta vez sin el parón acostumbrado por la Aste Nagusia, por lo que la vivencia para los melómanos ha sido tanto o más intensa que en años anteriores. No obstante, y a pesar de que sobre el papel las propuestas para este verano parecían muy atractivas, podríamos sentenciar que ha sido una de las ediciones más discretas de los últimos años. Y no porque el nivel general haya sido malo, en absoluto, casi todos los conciertos han presentado una calidad más que aceptable. Pero un festival ha de apoyarse en lo extraordinario, en lo que no tenemos durante el resto del año, y ha sido en este apartado, en el de los conciertos excepcionales, en el que más ha cojeado esta Quincena Musical.

El festival comenzó por todo lo alto con dos funciones de «El barbero de Sevilla» de Rossini, una ópera tremendamente popular que logró lo que no se había dado nunca antes en el Kursaal: que el público abucheara al director de escena. Parecía un buen primer paso, pues aunque el resultado artístico de las funciones fue discutible, la polémica avivó el interés por lo que vendría después. Pero ninguna de las restantes grandes citas sinfónicas terminaron de resultar redondas: la Filarmónica de Rotterdam se llevó al público de calle, pero artísticamente fueron mediocres; la Sinfónica de Frankfurt dio un gran concierto, pero al público no le gustó el repertorio; la Orchestra of the Age of Enlightenment comenzó muy bien con un exigente programa en torno a Liszt y Mendelssohn, pero una debacle de teléfonos móviles terminó descentrando al público y al propio Jurowski; y los tres conciertos que ofreció la Orquesta de la WDR de Colonia, que en teoría se contaban entre lo más potente del verano, llegaron acompañados de una visión demasiado subjetiva de su director, Jukka-Pekka Saraste, que dividió completamente al público en su opinión sobre los Mahler, Bartók y Beethoven que dirigió. Dicho lo cual, estamos por despedir esta Quincena sin ningún concierto sinfónico memorable, aunque al escribir estas líneas nos falta por escuchar a la Orquesta del Festival de Budapest, de la que es de esperar, si repite el trabajo de hace dos años, que nos traiga esos tan ansiados momentos.

Los mejores conciertos de este año, por tanto, ha habido que buscarlos en esa miríada de pequeños ciclos en que se bifurca la Quincena Musical. En el de Música Contemporánea, por ejemplo, que año tras año consigue reinventarse con propuestas interesantísimas y arañar un poco más de público, o el de Música Antigua, que acogió uno de los mejores conciertos del festival con la actuación de Al Ayre Español y María Espada. También han pasado buenos cuartetos de cuerda por esta Quincena, especialmente el Casals y el Arriaga, que fueron capaces de cautivar al público con repertorios tan inusuales como Boccherini, Bartók y Guridi. Hubo un gran recital de lied, protagonizado por el barítono Florian Boesch, y un magnífico recital de piano de Nikaloi Lugansky, aunque para muchos pianistas de la ciudad no fue del todo redondo. Hubo un precioso espectáculo de danza contemporánea, «To the ones I love» por la Compagnie Thor. Y también nos han ilusionado, por lo llenos de promesas que llegan para el futuro, los recitales de intérpretes jovencísimos como el pianista Jon Urdapilleta o el violinista Jonathan Mesonero. Sin embargo, nos sigue resultando irreal tener que buscar por estos lares los grandes momentos de esta Quincena Musical, y no entre las grandes orquestas, que son el verdadero espíritu del festival.

Si el ciclo sinfónico es el más representativo de la Quincena Musical, también la música que en él se toca cobra un valor especial en la imagen que proyecta el festival sobre la ciudad y en el exterior. Y este año, el primero en que entra en juego plenamente la programación de Patrick Alfaya, nos hemos encontrado con una situación atípica en la anterior etapa de José Antonio Echenique: ni una sola obra contemporánea en el ciclo sinfónico, y ni un sola obra de un compositor vasco, ni siquiera del Estado español, y eso a pesar de que este año se celebra el cincuentenario de la muerte de Guridi. Inicialmente había un proyecto para representar «Amaya», pero por motivos económicos fue sustituida por el «Barbero de Sevilla». En un ámbito cronológico, la composición más reciente ha sido «El concierto para orquesta» de Bartók, de 1942. Quizá es algo puntual, pero parece que se esté eliminando de un plumazo el compromiso anterior de llevar al gran público el repertorio vasco y la música contemporánea, algo que económicamente resultaba complicado pero social y culturalmente necesario y beneficioso. A cambio, se nos ha desbordado con un exceso de repertorio centroeuropeo difícilmente justificable, probablemente impuesto por las propias orquestas que han actuado. Si en el futuro se va a seguir colaborando estrechamente con orquestas alemanas y húngaras, la Quincena tendrá que encontrar un equilibrio en la programación para que Donostia no se convierta musicalmente en una colonia germánica.

Los irregulares resultados de esta edición de la Quincena se justifican, seguramente, desde el proceso de readaptación que está llevando a cabo el festival para no desbordar los límites de sus nuevos y reducidos presupuestos. También es una actitud prudente ante posibles futuros recortes por parte de las instituciones, que, a expensas de lo que pueda ocurrir el 20-N, pueden llevar al festival al borde de la quiebra y a su fin en el formato en que lo hemos conocido en las últimas décadas. Se trata, sin duda, de una difícil papeleta para Patrick Alfaya, que está trabajando por asegurar una calidad mínima de la programación y un mayor rendimiento de la taquilla, atrayendo al mayor número de público aunque sea a expensas de los puntos ya comentados. Por eso esta 72. Quincena Musical es una edición de paso, de la línea artística de Echenique a la de Alfaya, y de un festival de presupuesto mediano a uno de presupuesto medio-pequeño. Y, en este contexto, se puede calificar de una edición digna, con propuestas honestas y, sobre todo, con una respuesta del público donostiarra a la altura de las circunstancias. Las grandes citas ya volverán en el futuro.

Imprimatu 
Gehitu artikuloa: Delicious Zabaldu
Igo