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CRíTICA Quincena Musical

Y con Budapest llegó la fiesta

Mikel CHAMIZO

Hemos tenido que esperar hasta el último momento pero, finalmente, llegaron los conciertazos sinfónicos a la Quincena Musical. Imaginábamos que la Orquesta del Festival de Budapest nos regalaría una gran actuación, pero finalmente superó las expectativas, pues sus características técnica e interpretativas y las formas de su director Ivan Fischer resultaron idóneas para este primer concierto con obras de Brahms y Dvorak. Las dos breves “Danzas húngaras” de Brahms con que iniciaron la velada fueron ya todo un muestrario de la ductilidad de la orquesta para abordar ataques y fraseos con mil matices diferentes y, sobre todo, de la profunda conexión que tiene la orquesta con Ivan Fischer, su director desde 1983, que manipuló como si fuera goma el tempo de estas danzas, obteniendo siempre una exactitud asombrosa por parte de sus músicos. Tras este pequeño espectáculo de exhibición, la orquesta tornó a una actitud mucho más clásica en el célebre “Concierto para violín” de Brahms, que el violinista Nikolaj Znaider ofreció con pulcritud y lógica expositiva magistrales. Ya hemos dicho más de una vez (ha actuado varias veces a Donostia) que el violín de Znaider es más estilizado que apasionado, y este Brahms, en esa línea, fue sobresaliente. La última obra del concierto se convirtió también en la gran fiesta de esta Quincena Musical. La “Octava” de Dvorak es una de las sinfonías más positivas y alegres del siglo XIX y Fischer decidió que no había que abordarla con purismo sinfónico, sino con un toque desenfadado y divertido en cada frase y cada nota. El resultado fue excepcional, al público le encantó y los húngaros supieron todavía prolongar la fiesta con dos bises divertidísimos.

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