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ensayo

Fenomenología de la miseria

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Iñaki URDANIBIA

Hay quienes eligen ser pobres, por diferentes motivos; luego escriben, o no, sobre dicha experiencia (Thoreau, Orwell, Weil). Estos son obviamente pobres temporales. Hay otros sin embargo, que son pobres involuntarios, desde que nacen, marcados por el sello de los menesterosos como si del código genético se tratase. El escritor norteamericano dedicó varios años de su vida a acercarse a la pobreza, a sus víctimas, y habló largo y tendido con ellas. Vollmann les presta la voz y recoge sus maneras de vivir la pobreza, soportada muchas veces como un inevitable destino: unos creen que es debido a la vida llevada anteriormente, otros opinan que es la voluntad de Alá y siendo así nada hay que objetar. El investigador distingue entre los criterios objetivos que sirven para delimitar dónde empieza la pobreza, y los subjetivos que hacen vivir tales situaciones como una decisión divina, o bien considerando que no son pobres sino ricos comparativamente, o todavía juzgando su situación como absolutamente digna.

Vollmann no juzga, ni se sirve de ningún código ético, sino que levanta acta de lo visto, de los escuchado, debatiéndose entre ciertas ideas preconcebidas y la realidad pura y dura; así puede considerarse su obra como un estudio fenomenológico ( «acercarse a las cosas», decía el padre de la fenomenología Edmund Husserl) que se aproxima al objeto estudiado, a quienes según las cifras estadísticas de los distintos organismos internacionales, son pobres de solemnidad, y les sonsaca sus opiniones sobre sus duras condiciones de existencia y les interroga sobre los motivos de su situación: desdichada para unos, para otros aceptada con sumisa conformidad.

El abanico geográfico abarcado es total: desde países del Tercer Mundo como Tailandia, Yemen o Afganistán hasta Japón o el propio EEUU; entre medio Bosnia, México, China, India, Rusia, Irak, Filipinas, Hungría, Congo Colombia, etc. Viaje por trabajos infames, prostituciones varias, alcohol sin límite, enfermedades... visita a los parias de la tierra.

La visita a los bajos fondos, a las cloacas, de la vida social es de indudable interés, dicho lo cual añadiré que la óptica metodológica adoptada por el escritor me parece absolutamente discutible («concibo mejor la pobreza como una sucesión de categorías perceptuales») y conducente a un relativismo absoluto, pues uno no es como se percibe a sí mismo sino lo que es, o como es percibido por los demás; cierto es que tampoco resulta aceptable recurrir mecánicamente a aquello de que no es la conciencia la que crea el ser sino éste el que crea la conciencia (en simplificadora versión de Engels: no se piensa igual en un palacio que en una chabola). La «falsa conciencia» que el autor desdeña como un invento marxista que no ha llevado, practicado por otras ideologías, más que a desastres al arrogarse unos el deber de salvar a los demás a pesar de sí mismos, sigue conservando en gran medida una neta pertinencia a pesar de los pesares.

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