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Iñaki Egaña | Historiador

El país del olvido

Hay un lugar en Astigarraga, sombrío pero cercano, donde se percibe un eco que más bien parece un susurro. El asfalto de la calle que lo cruza aún guarda el sonido de las balas que, en medio de la oscuridad, acabaron con la vida de Tomás Alba. Balas que dos mercenarios Ignacio Iturbide y Ladislao Zabala descargaron en nombre de un grupo paramilitar al que llamaban Batallón Vasco Español.

Tomás Alba era concejal independentista del Ayuntamiento de Donostia y había escrito un emotivo y premonitorio libro: «Dejad que los cometas vuelen por mí». Los dos mercenarios citados confesaron su crimen y fueron condenados en 1985 por el mismo. Sin embargo, la asociación Basta Ya y el grupo Vocento, a través de su diario «Abc», consideran a Tomás Alba víctima de ETA. Como lo oyen.

«El Mundo» escribió en 2008, en un artículo que más bien pretendía justificar su muerte, que «Tomás Alba fue uno de los pesos fuertes del entramado político de ETA cuando se gestó la mayor ofensiva criminal de la historia del abertzalismo asesino». Quizás por eso del libro de los cometas, el diario de Pedro J. añadió a cuenta del edil asesinado que era «uno de los ideólogos de ETA». La mentira es gigantesca. Pero ahí quedó.

Cuestiones de este tipo las padecemos un día sí y otro también. Hay una labor sistemática, de la que participan medios de comunicación (¿o propaganda habría que decir?) para denigrar al sector social vasco que durante décadas (¿siglos?) plantó cara al Estado. En el todo vale contra la disidencia se incluyen la falsificación de datos, nombres, situaciones, etc. Y la inclusión de las que ahora llaman «victimas colaterales» en el saco etarra. El relato español es una bomba fétida.

Fruto de estas manipulaciones descarnadas, la sociedad aparentemente neutral recoge el mensaje y lo recicla. Los resultados son espeluznantes. Llegué el otro día a la palabra «San Sebastián» de Wikipedia. En el último siglo han sido unos cuantos los concejales de Donostia ejecutados por grupos paramilitares franquistas. Ni una sola referencia. En la última época dos los ediles muertos de forma violenta: Tomás Alba y Gregorio Ordóñez (1995), este último en acción reivindicada por ETA. Wikipedia se recrea e interpreta de una forma muy singular la muerte de Ordóñez. Por el contrario la de Alba ni la cita.

No es excepción, ni como alguno supondría error. Se trata de manipulación, porque en esa misma entrada, la enciclopedia virtual, por cierto nada neutral, se queda tan ancha después de relatar la conquista de Gipuzkoa en 1200: «Guipúzcoa a partir del año 1200 rinde vasallaje al rey castellano Alfonso VIII, enemigo de Sancho el Fuerte. Para los comerciantes de San Sebastián este cambio será positivo, dado que pasa de ser el puerto de un pequeño Estado sin posibilidades de expansión territorial (Navarra), a servir de salida al mar de una monarquía, la castellana, mucho mayor, más rica y en plena expansión». Pocas veces he leído una apología del imperialismo tan notoria. Y créanme si les digo que soy un lector empedernido.

España ha sido tradicionalmente el país del olvido. Olvido para dar paso a la manipulación. Hace ya casi 20 años, el Estado se lanzó a la batalla de conmemorar los cinco siglos de la llegada de tres barcos subvencionados por la corona castellano-aragonesa a tierras americanas. El Quinto Centenario del Descubrimiento de América, decían. ¿Lo recuerdan? Vergüenza ajena.

Nos lanzaron fuegos de artificio para modificar la historia a través de un lema insultante: «Encuentro de dos mundos». Fue una razia y un expolio como jamás ha existido en la historia de la humanidad. Una auténtica matanza ni siquiera superada por la de los hornos crematorios de Hitler o las sarracinas coloniales de la Graciosa Majestad británica. ¿Alguna autocrítica? ¿Algún perdón desde los púlpitos de la iglesia? Olvido.

La guerra civil y el franquismo están repletos de muestras de olvido que aún hoy no hemos podido superar. Me voy a detener en el caso del miquelete Pedro Telletxea, cuya memoria su viuda, Benita Etxeberria, quiso recuperar para su familia. Telletxea era un carlista que fue fusilado por los franquistas «por equivocación». En Lazkao. Al parecer, le confundieron con su hermano que era abertzale.

Su viuda removió cuarteles y juzgados para que el nombre de su marido, ya que no le podía devolver la vida, fuera al menos reconocido. La respuesta de los tribunales, reconociendo «digno de todo encomio el natural deseo de la mencionada señora de rehabilitar la memoria de su indicado marido», fue la negación. Pedro Telletxea fue arrojado al baúl del olvido, con miles de republicanos, comunistas, anarquistas, socialistas y abertzales. Su «pecado»: haber sido ejecutado por los mercenarios de la época.

Ha existido desde que el papel y no la leyenda ejercen de notarios, un olvido sistemático. De razias, de violaciones y abusos sexuales, de vejaciones, de ejecuciones, de expolios, de secuestros, de robos de niños, de torturas y malos tratos, de amenazas, de detenciones arbitrarias, de trabajos forzados, de confiscación de bienes, de eliminaciones lingüísticas, de cautiverio, de reclusión en prisiones clandestinas, de exilios, de persecución religiosa, de racismo y xenofobia, de exterminio...

Todo ello ha ido a parar bajo la alfombra real que cubre los suelos de la Moncloa, la Zarzuela y la carrera de San Jerónimo. Hoy, España se jacta de conocer al instante quién fue el autor del tercer gol maño en el partido Zaragoza-Sabadell que se celebró el 18 de marzo de 1942 (y en qué minuto del segundo tiempo) y, sin embargo, desconoce la ubicación de un campo de concentración, para muchos de exterminio, desplegado en Miranda de Ebro, cerca de la muga vasca. ¿Han visitado los secarrales de San Juan de Mozarrifar donde decenas de miles de vascos y españoles sufrieron vejaciones infinitas? Un campo de fútbol lo cubre de olvido.

Un olvido histórico, transversal y multidisciplinar que ha unificado, sorprendentemente, a buena parte de la clase política española. La crítica al Quinto Centenario fue marginal, la reivindicación de las víctimas de la guerra civil y el franquismo llega con 30 años de retraso. Con millones de problemas y de zancadillas. Y, por lo que parece, la denuncia de que el sistema policial español tiene en la tortura una de sus patas fundamentales desde que Himmler visitó la Puerta del Sol es algo secundario, propio de los informes anuales de Amnesty International y de los manuales de la «banda» ETA.

Olvido.

Olvido para luego poder manipular.

Por eso llama poderosamente la atención que un país como España (o un estado si quieren), que ha echado raíces en su construcción institucional y colectiva con el olvido de las atrocidades que ha cometido a lo largo de los siglos (no me vale lo de «como todos», porque en este caso su impronta ha sido espectacular en relación al resto), marque su futuro más cercano a través de la «memoria de las víctimas de ETA».

Esta estrategia memorialística no es creíble. O lo que es lo mismo, es increíble. Que me dispense si alguien se siente aludido, pero en un lugar donde el olvido ha sido la base de la construcción política, centralista y a lo largo de su historia tremendamente sectaria convertir la memoria de las víctimas de ETA en el eje de la actividad política del Estado sobre el conflicto vasco-español me parece una contradicción. No diría que paradoja, aunque quizás en matemáticas lo fuera.

Las víctimas de ETA han sido convertidas, con su consentimiento o sin él, en parte de ese relato que unifica la vertebración de España, la conversión de los salvajes a las normas vaticanas, la conquista de Gipuzkoa por despecho a ese pequeño territorio navarro, la heroicidad de un nombre (José Bono, siempre Bono) frente a la intranscendencia de un proyecto menor y difuso. Tomás Alba y Pedro Telletxea yacen en el baúl del olvido. Y por ello, desde mi modesta opinión, mientras esa línea interpretativa continué anclada en el inconsciente colectivo español, no es tiempo de contrastes.

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