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Crůnica | Elecciones en Venezuela

Los irreductibles de la derecha se quedan solos al negar los resultados

Varias decenas de personas cortan los accesos a la plaza Altamira, emblemático feudo opositor. La mayoría no supera la veintena. No aceptan los resultados del domingo pese a que el propio Henrique Capriles los ha reconocido.

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Alberto PRADILLA Enviado especial

«Esto es una dictadura. Estar 20 años en el Gobierno... No es legal. Seguiremos aquí hasta que Chávez se marche». Así se expresa, casi entre lágrimas, una joven de 21 años que prefiere no identificarse. Lleva una camiseta con la leyenda «Yo rezo por la salvación de Venezuela, ¿y tú?». Junto a ella, menos de un centenar de personas se atrincheran en el cruce entre las avenidas Francisco de Miranda, Luis Roche y Sur de Altamira, junto a la plaza homónima. Cortan las vías con bolsas de basura ardiendo y traviesas de madera. Algunos enarbolan palos y banderas venezolanas. Su discurso va mucho más allá de los mensajes lanzados por Henrique Capriles, el candidato opositor. Este reconoció rápidamente la victoria de Hugo Chávez, pero los irreductibles de Altamira se niegan a admitir una derrota. En el momento álgido de la protesta, por la tarde, apenas alcanzan el medio millar de manifestantes. También había convocada una cacerolada, pero no se alargó más de cinco minutos. Conforme cae la noche, el número de participantes en la protesta decrece exponencialmente. Esto evidencia el escaso recorrido que se augura para este grupúsculo formado, en su mayoría, por estudiantes universitarios de barrios del este de Caracas..

La concentración había conmenzado a las 19.00. Jóvenes con carteles del candidato de la Mesa de la Unidad Democrática cantan fraude y exigen un recuento manual. «Estamos cansados de la demagogia, de aquí no nos movemos» promete Esteban Galíndez, de 19 años. Los argumentos para asegurar que los resultados son fraudulentos son dispares. Aunque todos coinciden en un razonamiento previo: estaban tan seguros de la victoria que no conciben los 8 millones de sufragios a Chávez. «A ese solo le votan los ignorantes, los que no saben leer», asegura uno. «Les dan comida y compran», afirma otra. Ni se molestan en disimular el clasismo instalado en la mentalidad del ala dura opositora.

A medida que cae la noche, los ánimos se encienden. Algunos chavales (no más de una quincena) se cubren el rostro y queman bolsas de basura. En uno de los carriles de la avenida Miranda, varios vehículos pinchan música opositora. «A Chávez no se le tumba con votos», proclama una mujer entrada en años, prácticamente la única componente del grupito que sobrepasa los 30 y que, casi mentando a Unamuno, se define como «una venezolana a la que le duele el país». Para entonces, los jóvenes ya se han hecho fuertes en el centro de la avenida. Entre ellos se extienden los rumores: que los disturbios se han ampliado a otras zonas del país, que «motorizados» partidarios del presidente están partiendo del 23 de Enero para atacarles, que Capriles fue amenazado... Lo único constatable es que, a medianoche, apenas un centenar de posadolescentes monta «guarimba» (sinónimo que se usa para las iniciativas desestabilizadoras) frente a la atenta mirada de varios policías de Chacao.

«Aquí los agentes los controla un opositor, así que estamos protegidos. Otra cosa será si viene la Guardia Bolivariana», asegura Román, estudiante universitario que afirma estar «dispuesto a la guerra». Claro que las ansias bélicas se desvanecen en cuanto se acercan tres motos. En un minuto, todo el grupo huye en desbandada. Creen que van a ser atacados. Hasta que se dan cuenta de que los motorizados son de los suyos y todo vuelve a su estado original.

Increpados

El corte de carretera se extendió hasta bien entrada la mañana. Finalmente, la propia policía de Chacao convence a los jóvenes de abandonar la barricada. Estos, que horas antes prometían concentrarse frente al Centro Nacional Electoral, permanecen en la plaza sin saber muy bien qué hacer. Varios desertan e incluso algunos opositores se acercan para afearles su postura, recordándoles que la propia Mesa de la Unidad Democrática ha rechazado la posibilidad del fraude. «Hay que saber perder; hubo un conteo y se aceptó», considera Edwin Borges. Sus críticas caen en saco roto.

«Capriles aceptó los resultados para evitar conflictos, porque hay cosas que se hacen por debajo de la mesa. Hay quien piensa que abandonó a sus votantes, pero yo estoy dispuesto a la guerra», reafirma Luis Eduardo Vivas, oriundo de Baruta y administrativo. Ni siquiera Globovisión, el principal canal privado y portavoz oficioso del antichavismo se ha acercado para cubrir la concentración. Todos, menos ellos, admiten lo obvio. «Tenemos que luchar hasta el final», promete Josefina Pragachanda. Mientras, por la avenida Francisco de Miranda vuelven a circular los vehículos.

 

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